jueves 1/10/20
Lola Pons Rodríguez | Catedrática de lengua española

«Las palabras son capaces de expresar lo peor y lo mejor de nosotros mismos»

El árbol de la lengua es «un libro sorprendente sobre las fascinantes aventuras de nuestra lengua» y su autora, Lola Pons Rodríguez, «una maga de las palabras». Así se expresaba Rosa Montero al terminar la lectura de este libro. Y en efecto, enseguida comprobará el lector que sus páginas rezuman magia, mucho conocimiento lingüístico y sentido del humor.
La catedrática Lola Pons Rodríguez. ARPA

Utilizamos anglicismos porque suenan más modernos, porque son más concretos o para ocultar realidades incómodas? ¿Suenan bullying, mobbing o minijob más inofensivos que «acoso escolar», «acoso laboral» o «empleo precario»? ¿Cuánto dice el diminutivo que usas sobre el lugar al que perteneces? Si la hache es muda, ¿por qué no es inútil? ¿Cuánto nos enseñan los nombres de los colores sobre nuestros prejuicios lingüísticos? Preguntas como estas se formula e intenta responder Lola Pons Rodríguez en El árbol de la lengua, un hallazgo sobre la vida del español que acaba de publicar la editorial Arpa. La autora, catedrática de Lengua Española en la Universidad de Sevilla, ha ejercido como docente de Dialectología e Historia del Español en las universidades de Tubinga y Oxford. Su investigación se centra en la historia del español y el cambio lingüístico, con especial atención a fenómenos de sintaxis. Defiende que la pureza lingüística es tan peligrosa como la pureza racial, que la palabra tiene la capacidad tanto de prender como de apagar el fuego, que quien engaña con el discurso va a ser capaz de trampear con las cuentas y las leyes y que los escaños son, por etimología, pero, sobre todo, por lo que implica ser político, un asiento para compartir. El árbol de la lengua es un libro delicioso e inteligente dirigido a aquellos que no confunden pedantería con riqueza lingüística, ni imprecisión con llaneza. Lola Pons Rodríguez es también autora de Una lengua muy muy larga, editado por Arpa y que va por la cuarta edición en tres años.

—El libro es una maravilla, pero mi favorito es ‘Vendrá un año nuevo’. ¿Por qué tendemos a utilizar el lenguaje para atacar a los que no piensan como nosotros?

—Gracias por sus elogios. Las palabras sanan pero también hieren, son capaces de expresar lo peor y lo mejor de nosotros mismos. Después está quien ataca a otro por cómo habla, algo que en sociolingüística llaman «acentismo», un tipo de racismo en definitiva.

—Dice que en junio, miles de niños habrán aprendido qué es el modo verbal subjuntivo, pero no sabrán expresar ni defender sus opiniones subjetivas. ¿Podría extenderse un poco en esta idea?

—Insisto en que la educación en lengua en el nivel de Primaria debería centrarse más en enseñar a los niños a escribir correctamente y con soltura así como a expresarse oralmente con gusto y con seguridad. Con siete años ya están aprendiendo qué son los verbos y las personas verbales y ese es un contenido que tiene mucho más sentido en Secundaria.

—¿Hablamos idiomas, dialectos, los dos?

—La lengua se manifiesta a través de dialectos: geográficos, sociales, profesionales... Todos hablamos, como mínimo, un dialecto, porque hablamos una variedad.

«En castellano decían ‘hilo’, con la h sonando, y en leonés ‘filo’, de donde sale este filandón en que nos encontramos»

—Hasta que leí su ensayo no sabía que las letras pudieran tener tanto sentido del humor.

—Y del amor, amor se escribe sin hache, que decía Jardiel. En el libro explico de dónde salen la eñe, el signo de interrogación de apertura, el yeísmo...

—En el capítulo de la H cuenta que su origen puede ser vasco. ¿Podrías explicarlo?

—La H es latina y nunca sonó en castellano; pero la F latina sí se aspiró en la Edad Media; y este cambio lingüístico fue atribuido por Menéndez Pidal al influjo vasco y representado mediante H. En castellano decían ‘hilo’, con la h sonando, y en leonés ‘filo’, de donde sale este «filandón» en que nos encontramos usted y yo.

—¿ Por qué desaparecen las palabras?

—Porque dejamos de usarlas, bien porque caduca la realidad a la que designan (pasó con los nombres de muchos aperos que hoy se han mecanizado) o bien porque empezamos a reemplazarla por voces nuevas .

—¿No crees que el español es más feo sin ‘cuyo’?

—Por supuesto, soy sevillana y pienso en Cernuda, que decía que era el amor era estar preso en alguien «cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío». Viva toda la poesía del cuyo.

—¿Se puede ser laísta y leísta al mismo tiempo?

—Sí, por ejemplo hay gente que tiene el leísmo que llamamos «de respeto» (preguntan a alguien: ¿le acompaño a la puerta?) y simultáneamente el conocido laísmo de «la dije que se viniera»). Los recientes estudios dialectológicos nos han permitido explicar mejor la génesis de estos –ismos en el castellano medieval.

«La salud de una lengua se mide más por el número de situaciones en que se puede emplear que por el número de hablantes»

—¿Perdemos léxico o es sólo una impresión?

—Perdemos y ganamos. Nuestro sistema lingüístico es competente ahora como lo fue antes.

—¿Cree que nos entendemos mejor por afinidad de edad, de país o de cultura?

—La lengua es un primer gran componente de afinidad, a mí me emociona escuchar en el español americano palabras que el español de España perdió hace tiempo: las arracadas en México para los pendientes, la talega para la bolsa...

—¿Cuáles son las peores palabras del español?

—Hay una riqueza amplísima en palabras que ponderan lo bueno o condenan lo malo, son procesos muy sujetos al cambio lingüístico. La ponderación con eso de «bueno no, lo siguiente» no me gusta mucho, y, en cambio, me encanta ponderar con –ísimo, que llegó al español tardíamente, a fines del XV.

—¿Venga, hombre o venga, mujer?

—Venga es un marcador discursivo (lo que coloquialmente llamamos ‘muletilla’) mucho más extendido en español europeo que americano. Así que, venga, todos.

—Dice que la lengua es libertad. ¿Por qué hay tantos lobistas del lenguaje?

—Orwell dijo que la primera corrupción siempre era lingüística. Cuando un político llama reajuste a una subida de impuestos, está usando esa libertad para mal.

—¿Se defiende un idioma cuando se habla o cuando se habla de manera correcta?

—De ambas formas. Pero la salud de una lengua no se mide tanto en su número de hablantes como en el número de situaciones en que se puede emplear. Si el dominio de la ciencia, por ejemplo, lo desarrollamos íntegramente en inglés, estamos perdiendo el español científico. Y eso sería una enorme pérdida para una tradición científica de siglos en español.

«Las palabras son capaces de expresar lo peor y lo mejor de nosotros mismos»
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