sábado 4/12/21
león lucha por la minería. una sola voz para llegar a madrid

Azul pálido, verde esperanza

Villablino despide con vivas y lágrimas a los mineros que llegarán dentro de 19 días a Madrid. Los 47 mineros de las cuencas de Laciana y Babia se unen mañana en Riello con los del Bierzo.

En la mina, antes de que otras tecnologías ocupasen su lugar, había que estar pendiente de la lámpara. Si la llama se tornaba azul pálido, hasta llegar a apagarse, tocaba salir zumbando. Si hubiese que interpretar hoy el futuro de la mina con una lámpara, seguramente la llama tendría un premonitorio débil tono azulado, como de anuncio de explosión final. Después de décadas palideciendo, la llama parpadea ahora adelantando el inminente apagón.

Otra forma de escudriñar gases y fugas en las minas de antaño era llevar al tajo un canario en una jaula. Si el animal la palmaba, también tocaba evacuación. Pero en la marcha negra del siglo XXI cuando hablas del carbón y el canario nadie piensa en el pájaro. El canario que sopla la llama de la lámpara minera está en un despacho en Madrid, ciego y sordo al drama que le gritan las cuencas.

Podría suponerse así que la marcha minera que ayer orientó su brújula hacia Madrid camina entre la desesperanza y el escepticismo. Pero no. Realismo sí. Conciencia de las dificultades también. Pero sobre todo confianza. En que hay futuro. En que existen soluciones, aunque sean distintas a las que conocen hasta ahora. En que no pueden hacer para siempre oídos sordos al lamento de las comarcas, de las mujeres, de los hijos. De una sociedad que «no pide más que lo que es suyo».

Por eso la marcha que ayer arrancó de Villablino, con los mineros de las cuencas de Laciana y La Robla, no es sólo negra. Monos azules y cascos blancos, el sello minero. Camisetas negras, que rezan «No al cierre de la minería del carbón». Pero también verdes: «Sí a la reactivación de las comarcas mineras». La marcha negra también es verde. Verde esperanza.

Los 47 mineros que en la mañana de ayer arrancaron un camino que mañana unirán al de los compañeros del Bierzo, y el lunes confluirá con el de los asturianos, formaron en fila de a dos para despedirse de sus mujeres que, arrodilladas enfrente, les encomendaron a Santa Bárbara. En el casco, el espíritu que les dará fuerza para no desfallecer: «Por el pan de nuestros hijos». Aaron, Merce, Aitana, Aitor,...

Pero también por la memoria de quienes les precedieron, de los que les criaron con la vista puesta en la mina. José Manuel Valle lleva el casco negro con el que su padre bajó durante años al célebre pozo María Luisa de Hunosa. Él lleva doce años en la Vasco.

El legado del pozo corre por las venas de estos mineros durante generaciones. Ahí están los Dacosta. Cuatro de ellos participan en esta marcha. Rubén lleva desde hace 16 años en la mina, y los últimos meses han sido especialmente convulsos. Su puesto está en el cielo abierto de Nueva Julia. Su futuro, quién sabe. «Siempre hemos tenido que luchar, pero nunca nadie había estado tan sordo como este Gobierno».

Por eso le llevan su voz a las puertas del ministerio. «Llegaremos hasta donde haga falta, ojalá tengamos que darnos la vuelta cuanto antes, porque se ha pactado una solución». Jonathan González es el más joven de los mineros que caminan desde Laciana. Diez de sus 28 años los ha pasado en la mina, en la Vasco, como su padre o su abuelo. «Hay que pelear. Esto tiene que tener futuro». «Bien dicho, Johnny», le jalean sus compañeros.

También de la mina de la Montaña Central es Fernando Fuertes, el más veterano de esta caminata, con 44 años. Barrenista, lleva 16 años bajando al tajo. El actual Plan del Carbón no va a prejubilarle, pero se pregunta por el futuro de toda la comarca si desaparece el carbón. «La Hullera puede ser rentable, no tiene sentido que la cierren. Pero nunca he visto una situación tan complicada como esta».

Los mineros están de acuerdo en muchas cosas, una de ellas en la desconfianza en los políticos. «Ahora hasta recortan la educación, para crear catetos que no puedan responderles», lamenta Marcos Flecha en una reflexión que va más allá de la minería.

Pero los jóvenes lo tienen también claro. Lo resumió el niño que despidió a los mineros en Villablino. «Sus pies y su alma son también los nuestros en la carretera hacia Madrid». Un emotivo comunicado que arremetió contra un «Gobierno que pretende enviar a las cuencas y a las familias a la más absoluta de las miserias». Pero los mineros «no somos simples números rojos, como pretenden hacer ver a la opinión pública. Lo que tenemos rojo es el corazón y la sangre que muchos de los nuestros han dejado en el negro de la mina durante más de un siglo».

«A la minería la tratan como un enfermo terminal, van dando remedio poco a poco, cada vez menos». Lo lamenta Enrique Fernández. No está en la marcha, pero acompaña en el primer trecho a los mineros. Ocho años en interior y doce en cielo abierto, lleva nueve meses de ERE, siete trabajando, otros dos en ERE, dos trabajando, ahora la huelga... «Hay que seguir».

Con el apoyo de la gente. «Lo vamos a tener». Carlos Vera, barrenista de rampla, cree que no tendrán que llegar a Madrid. Quince años en la mina, desde los 22; su padre 27 años en el tajo. «Ahí estamos todos. Si nos dejan tenemos futuro. Más allá del 2018».

Un futuro que será distinto a lo vivido hasta ahora. «Tiene que serlo. ¿Dónde están los fondos mineros? Repartidos por toda Castilla y León, ni Dios habla de eso. Eran para hacer industrias, no aceras, ni edificios en Valladolid. A las comarcas mineras sólo llegaron las migajas». José Ignacio López cree en que una economía alterantiva al carbón es posible. «Que piensen ellos, yo soy minero. Pero si se cargan también el I+D, que son los que tienen que decir qué puede funcionar...».

El orgullo minero campa en Óscar Valle. «Soy calderero, trabajé en la construcción, tengo el carné de transportista,... Pero llevo nueve años de ayudante minero, y nunca encontré trabajo mejor. Es un orgullo. Aquí hay compañeros de verdad, estás como en casa. Defendemos lo nuestro, no queremos pelearnos con nadie. Iremos hasta las puertas de sus casas a pedírselo».

De momento, la primera jornada terminó a primera hora de la tarde en Murias de Paredes. Una casa rural en la que los afortunados pillaron cama, y el resto se acomodaron en el suelo. Por la noche, caldereta omañesa y a reponer fuerzas.

Próxima parada, Riello. «¿Dónde vamos a dormir mañana, habrá tele? ¡Hay que ver el partido1». Juan Manuel Menéndez sueña en la Eurocopa con una final España-Alemania. «Para ganarles. Esto no es fútbol, es la vida».

En esta Europa en crisis son demasiados los candidatos a saldar las cuentas «a los alemanes de Merkel» con el fútbol. Debe ser cierto. Es la vida.

Azul pálido, verde esperanza
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