domingo. 27.11.2022
Con 0,5 de margen

«El comercio tiene que infundir ánimo a la gente»

La posibilidad de poder abrir ya las puertas, sin cita previa, anima al 80% de los comerciantes a apostar por ponerse en funcionamiento como estímulo para que la clientela pierda el miedo a salir a comprar
Brenda Moreno, en su tienda de Gil y Carrasco. FERNANDO OTERO

La normalidad implica 20 minutos para encontrar aparcamiento en el centro. No es nueva, ni vieja, sino una normalidad que se ajusta a la apertura de puertas que se adivinan en las calles donde se concentra la mayor parte de la oferta comercial de León. Si se toma como indicador, la entrada de la ciudad en el limbo de la fase 0,5, que se traduce en no tener que reservar cita previa para comprar, supone el paso a un estadio superior al que todavía esperan llegar los hosteleros. Se notó en la calle con entre un 70 y un 80% de aperturas, como certifican los datos aportados por la Cámara de Comercio, que incide en que, por ahora, hay menos trabajadores por negocio y en buena parte en horario de mañana solo. Pero sobre todo denotó la tendencia que busca cómo retroalimentar el sector mediante el entrelazado de los escaparates abiertos.

El truco pasa por «infundir ánimo», como apunta Lucas Cepeda. Hace días que abrió Rambler con cita previa, al igual que las tiendas de En Marcha y Muñoz, todas de su grupo, y asegura que incluso ha entrado gente a darle «las gracias por empezar a funcionar». El consejo se lo da también a sus «competidores» por «lo que se necesita es animar a la gente». «Empezaré a recuperar ya gente del Erte porque me hace falta y en junio a ver si puedo tener ya a todos otra vez», concede, mientras le prueba un par de zapatos a Judith Montes, quien llevaba «dos meses» de espera. Si no se los queda al final, pasarán al almacén «un par de días», aunque el protocolo de higienización ya pasa por los guantes que da a los clientes al entrar, la bolsa de plástico para meter el pie y la mascarilla.

DL19P8F1-17-31-28-2Lucas Cepeda, de Rambler, le prueba ayer por la mañana un zapato a Judith Montes. FERNANDO OTERO

Más complejo se le presenta a los comerciantes de textil. En el grupo Unileo, que agrupa a Kadal, Fruela, Diéguez y Leyko, han optado por hacer a la vez dos de los protocolos de desinfección que marca la orden estatal para las prendas que se prueba un cliente: «pasar una plancha de vapor vertical a más de 60 grados y aplicar un nebulizador virucida para eliminar los virus», como detalla José Alija. Si no hicieran ninguna de estas dos, tendrían que retirar el producto «48 horas pero eso complica mucho la logística y la manipulación», reseña el comerciante, que presenta un extenso catálogo de medidas en sus instalaciones, donde incluso marcarán «circuitos con flechas para que no haya transversalidad entre clientes».

DL19P8F4-17-33-39-8José Alija, en Leyko, flanqueado por Elsa y Carolina. FERNANDO OTERO

La apuesta por las medidas de protección la exhibe Alfredo Martínez en Adam’s, la tienda base de un grupo que suma a Yalex y Domani. Parece un exhibidor. «Si es una camisa en cuatro minutos está; si es un americana, en seis; si es un traje, en ocho o diez», detalla, con las perchas en la mano, mientras las cuelga y descuelga de la máquina de ozono que ha cogido para desinfectar las prendas. A mayores, reserva una parte del almacén para «retirar uno o dos días lo que se prueba la gente». A la entrada, el felpudo se higieniza cada vez que entra y sale alguien, se ven botes de gel hidroalcohólico, guantes... «Pedimos que nos dejen de imponer todo. Llevamos unos años ya en la profesión como para que nos dirijan en todo», lamenta, a la vez que detalla que ha empezado a «sacar a la gente del Erte» y, «en función de cómo vaya respondiendo los clientes a la oferta», espera que «en junio» esté la plantilla completa. La gente «viene con miedo la primera vez, pero la siguiente ya no», detalla su hija Paula. «Hay que darles confianza», resume el patrón.

DL19P8F2-17-32-05-4Alfredo y Paula Martínez, con la máquina de desinfección. FERNANDO OTERO

Confianza con la clientela le sobra a Mari Ángeles Aparicio. En la esquina de Burgo Nuevo con Gil y Carrasco lleva 32 años la tienda de Magel. Después de «dos meses ya era demasiado tiempo», concede para justificar la apuesta por la apertura de una «autónoma» que tiene que «salir adelante». «Con todo el dolor de mi corazón, lo que no dejo a la gente es probarse nada, aunque aquí la mayoría es talla única», apostilla, sin dejar de atender a Feli Vidal, que acaba de entrar apoyada en un andador, porque acaban de operarla, y busca «una falda con volantes».

Por la acera de Gil y Carrasco adelante, donde hay apenas tres comercios cerrados de los catorce operativos antes de la crisis, se ve el cartel de B&B complementos, Brenda Moreno espera la entrada de clientes. Con cita previa, la semana pasada, apenas tuvo «tres o cuatro personas». «Cómo no vamos a abrir. Hay que comer, hay que vivir», señala, con la mascarilla, los guantes, los botes de gel y el desinfectante que pasa cada vez que se va alguien. «El escenario lo veo complicado por el miedo de la gente, pero a ver poco a poco cómo salimos de esta», se resigna la joven. En frente, en Equinoccio, Diana Lobato comparte la sensación de que «no aparece el final del túnel», aunque se apunta a la apertura dentro de un horario que han pactado varios de los negocios del entorno: de 11.30 a 13.30 y de 18.30 a 20.30. «Si vemos que la gente se anima, abriremos más», plantea.

El movimiento provoca un goteo en las tiendas, donde los comerciantes incluso se muestran «gratamente sorprendidos» de la respuesta de la clientela, como trasladan desde el grupo de comercio de la Cámara. A algunos les ha pillado «con el cambio de temporada», como a Alejandro Gómez, en Hache. «Esperemos que la gente se incorpore a sus trabajos, que cobren los Ertes que hay pendientes, que haya movimiento y que le quiten el miedo a salir, aunque con precauciones, para que empiecen a comprar», anhela el joven comerciante a media mañana, en Burgo Nuevo, donde la tienda de carcasas y aparatos para el móvil presenta cola. Aquí, en el centro, las únicas que quedan por abrir son casi tan sólo las franquicias, que no pueden por sus dimensiones.

En el Crucero, el tránsito se sucede de manera constante. A la puerta de Asia Moda, en la avenida Doctor Fleming, se alista una espera para entrar a comprar. El aforo lo controla Lin Hong para que no se sobrepase el límite permitido. Cuando uno sale entra el siguiente. En la cristalera, un cartel avisa de que de 15.00 a 15.30 horas cierran «para desinfectar». Al otro lado del antiguo paso a nivel, Gabriel García tiene abierta la puerta de K2 Planet. La ha mantenido así, para evitar que la toque la gente al entrar, durante las dos semanas en las que funcionó con cita previa. La experiencia le ha reportado «una docena de clientes». No se trata de una tienda de barrio al uso porque no restringe la clientela a los que viven cerca. Esopecializada en ropa de montaña, con exclusivas de varias marcas, recibe gente «de todos lados» como fruto de sus «31 años» de y tengo una clientela de todo León. «Es la ventaja o los inconvenientes de contar con una oferta tan técnica», plantea con la determinación de recuperar las ventas perdidas durante los dos meses del confinamiento ahora que se anuncian los avances en las fases de salida.

El clima de actividad se repite en todas las zonas de la ciudad. En San Mamés, a la hora del cierre de mediodía, no hay descanso todavía. En confecciones Pelayo, Florentina Toma repasa un porto en el que hay colgadas perchas bajo el cartel de mitad de precio. La semana pasada no tuvo apenas nada. El sábado fue «mejor». Ahora que se puede, ha dejado la puerta abierta. «Es la una y media de la tarde y no he parado. Uno que pasaba paró el coche porque no le quedaba ya ni ropa interior», desvela antes de echar el cierre al primer día de apertura casi normal.

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Florentina Toma, en Pelayo, en San Mamés. FERNANDO OTERO

«El comercio tiene que infundir ánimo a la gente»
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