domingo 25/7/21
| Crónica | Los jóvenes resistentes |

El 68 leonés, entre rejas

Los estudiantes y obreros leoneses procesados en el 68 por el TOP y en consejo de guerra por «subversión», sufrieron más cárcel que la estipulada en 1970 en la sentencia militar
Matías, Alfaro y Wences, en el patio de la cárcel de León
Mientras Francia se recuperaba de la reseca de su mayo del 68, León celebraba el XIX centenario de la Legio VII. Y algunos jóvenes leoneses pintaron su rebeldía contra el régimen dictatorial en la columna trajana erigida en la plaza de San Isidoro en homenaje a los orígenes romanos. Subidos a una grúa, remataron el monumento con una bandera roja y retrasaron su inaguración. El grafito era una de las pocas armas de protesta de aquella ciudad «oscura» y «demasiado recogida», como recuerda a León Carlos Alfaro, uno de aquellos desobedientes del statu quo . Pintando las calles se pusieron en conexión los pocos obreros y estudiantes que practicaban, de manera rudimentaria pero con vehemencia, la lucha por la libertad en medio de una balsa de aceite afín al poder. «Éramos unos críos queriendo hacer cosas...» Carlos Pérez Alfaro e Isabel Serrano, Chave , Matías Martínez, José Luis Gavilanes, Wenceslao Benito y Gerardo Gutiérrez se conocieron en abril del 68 y cayeron, uno detrás de otro, entre el 4 y el 10 de noviembre, cuando contaban entre 17 y 24 años. La prisión preventiva (atenuada o en casa, en algún caso) se prolongó durante dos años y diez días, medio año y diez días más que la condena dictada, el 20 de noviembre de 1970, por la sentencia del consejo de guerra del sumario 68/68. En aquella ciudad aún levítica de finales de los 60, como en el resto del territorio del dictador, era delito de rebelión militar asistir a «reuniones periódicas» y a las «asambleas de las comisiones obreras», repartir el Mundo Obrero y Nuestra Bandera , leer e incluso recomendar libros «de doctrina de inspiración comunista», así como la «siembra» de pegatinas antiimperialistas y en pro de la libertad sindical. «Me cambió la vida...» Los presos políticos tenían el privilegio de no ser humillados en la cárcel con el miserable traje de tela de saco con que uniformaban a los comunes. Pero vivir detrás de las rejas no fue ninguna anécdota para estos jóvenes: «A mí me cambió la vida, aunque seguí militando y tuve que escapar a Francia en otro momento». Carlos Alfaro reconoce que el paso por la prisión radicalizó sus posiciones políticas -entró en las filas del FRAP- que suavizaría en París durante el tiempo que convivió con Feliciano Fidalgo. «Después del 23-F tuve miedo por lo que había pasado atrás y decidí afiliarme al PSOE. No me arrepiento de nada», explica en una larga conversación telefónica desde su retiro de prejubilado en un pueblecito de Murcia. Alfaro decidió poner tierra por medio poco tiempo después de salir de la cárcel. «Me expedientaron y durante cinco años tenía prohibido matricularme en cualquier universidad del país», recuerda. Carlos y Chave fueron detenidos el 10 de noviembre de 1968 en Valladolid, donde estudiaba ella. Eran novios y el joven estudiante de Filosofía y Letras viajaba con frecuencia desde Salamanca. Era enlace del Sindicato Democrático de Estudiantes de Valladolid y Salamanca y también traía a León ejemplares del mítico Mundo Obrero editado en papel biblia. Según el auto de procesamiento, Juan Carlos Pérez-Alfaro Calvo fue «captado» en abril de 1968 por Matías Martínez para el Partido Comunista y además de su función de enlace del sindicato estudiantil el capitán Gerona destacó entre sus acciones la intervención en una asamblea de su facultad «en solicitud de ayuda económica a fin de conseguir la caución de para lograr la libertad de un preso político». Le acusaron también de entregar a su novia «numerosa propaganda comunista al objeto de que la custodiara en el Colegio Mayor de Valladolid (...), la leyera e incluso la entregara para el mismo fin a personas de su confianca». Asimismo, acusaban a Alfaro, «se dirigió varias veces a León con el fin de alentar a sus compañeros» y en los últimos días de octubre «les entregó una carta por él suscrita con el saludo de «queridos camaradas» en la que dirige frases de notoria irrespetuosidad a la actuación del Gobierno en materia de represión de la delincuencia político social». Se vanagloria del aborto, con la detención, de una reunión en Astorga. Los instructores no dejaron pasaron por alto en las imputaciones la «interesante reunión» celebrada «el día 12 o 13 de octubre en la ciudad de León, a orillas del río Bernesga» para constituir «un comité de Juventudes Comunistas, sin duda para dar un mayor impulso a sus actividades ilícitas». Madrid y León: doble juicio La presencia de Matías Martínez -ahora trabaja de taxista en Barcelona- en el congreso de las Juventudes Democráticas de Sofía (Bulgaria) desde finales de junio hasta septiembre del 68 fue otra de las acusaciones del consejo de guerra y del proceso 780/68 seguido de forma paralela por el Tribunal de Orden Público (TOP) de Madrid contra jóvenes de distintos puntos del país. Además de Matías y su hermano Clemente Martínez (éste en rebeldía tras exiliarse en París), fueron procesados por el TOP Carlos Alfaro y Wenceslao Benito. El relato oficial de los hechos prosigue así: «Al marchar éste (Matías) al festival de la Juventud de Sofía», Wenceslao Benito «se hizo cargo de la numerosa literatura marxista y de una maleta con útiles de imprimir», la vietnamita. «Una vez que Matías regresó a España recibió de este numerosos ejemplares de Mundo Obrero y de otras publicaciones comunistas, que guardaba en su casa y devolvía a medida que el citado Matías se los pedía para su distribución». No se probó que el entonces soldado Gerardo Gutiérrez se dedicara a captar afiliados entre la tropa, pero fue acusado como tesorero del comité de las Juventudes Comunistas: la policía le incautó 550 pesetas y «un amplio reperterio de literatura marxista». José Luis Gavilanes, hoy reputado traductor de portugués y catedrático en la Universidad de Salamanca, también cayó en aquella redada. El delito de estos jóvenes era, según el tribunal militar, promover «actividades que tenían por finalidad el desprestigio sistemático del Gobierno de la Nación, la oposición crítica en los proyectos legislativos más importantes y la consecución de reformas políticas y sociales». El proceso 68/68 fue el segundo consejo de guerra más importante de las dos últimas décadas del Franquismo en León, tras la caída de Manuel Llamazares en 1959.

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