miércoles 21/10/20
Día 49

El tren que venció a la gripe

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Una semana más encerrados en casa y se cumplirán cuarenta años desde que el último tren correo recorrió las vías entre Ponferrada y Villablino. El último convoy de vapor partió de la vieja estación de Ponferrada un 10 de mayo de 1980 después de seis décadas de servicio, avanzó a no más de cuarenta kilómetros por hora a través de los raíles, de los túneles y los puentes que jalonan los sesenta y cuatro kilómetros del trayecto, dejó atrás el pantano de Bárcena, las estaciones de Cubillos, de Toreno, de Páramo, y llegó hasta el final de la línea para regresar después al Bierzo en un viaje irrepetible. Sentado ante el ordenador, a la hora en la que los mayores de 70 años tienen que volver a sus casas después del primer paseo permitido en cuarenta y ocho días de confinamiento, el portavoz de la Asociación Cultural Ferroviaria Berciana, Daniel Pérez Lanuza, me cuenta por teléfono que aquel día la locomotora 31 que solía tirar del tren correo estaba retirada del servicio y fue otra máquina recién reparada la que engancharon. La vieja dama de hierro no pudo despedirse.

Le digo adiós a Lanuza, levanto la vista de la pantalla y echo un vistazo a la calle. Un anciano rezagado regresa a casa mientras atraviesa el Puente de Hierro, que también lleva la coletilla del alcalde que lo inauguró casi por las mismas fechas en las que dejaba de circular el tren correo; Celso López Gavela. De todos los puentes de Ponferrada es el que más cerca tengo de mi casa. Y cuando dejo de mirar por la ventana leo un texto que nos envía Gregorio Esteban Lobato, hijo de un fundidor que trabajaba en los Talleres Generales de la MSP, donde la empresa reparaba el material rodante. «Se nota fresco al entrar en el vestíbulo» escribe mientras rememora, o reconstruye quizás, el momento del último viaje del vapor a Villablino. «Huele a briqueta quemada», dice. Y describe el quiosco donde vendía regalices, chicles de perrona y rosquillas pequeñas, el reloj de la pared, la campana brillante. Nos cuenta Lobato, en un arrebato de nostalgia, cómo retumbaban los pistones al ralentí y el fogonero alimentaba la locomotora. Cómo cargaban los bultos en el furgón de cola, el maquinista soltaba el vapor y el factor usaba el silbato para anunciar la salida del tren.

De eso hace cuarenta años. El tren correo es un recuerdo. El tren turístico del que debe tirar la vieja 31 restaurada, una promesa. Y en estos días de movilidad limitada, de paseos reducidos a franjas horarias (y es un alivio), en estos días de incertidumbre ante la ‘nueva normalidad’ a la que debemos acostumbrarnos, me resulta sencillo sentir la misma nostalgia que Lobato, aunque soy demasiado joven y entonces vivía demasiado lejos como para haberme subido al tren correo.

La nostalgia, menuda trampa. Y entonces recuerdo que el año pasado celebramos el centenario del primer tren que circuló entre Ponferrada y Villablino. Era 1919, en plena pandemia de gripe española. Y aunque la enfermedad provocó una desbanda de obreros, ansiosos por regresar a sus casas, los trabajadores que quedaron y los vecinos de los pueblos consiguieron lo imposible y terminaron el trazado antes del plazo previsto. ‘El tren que venció a la gripe’, titulé aquel reportaje. ¿Podrá el renqueante proyecto del tren turístico vencer hoy al coronavirus?, es la pregunta que me hago mientras decido si a la caída de la tarde saldré a dar un paseo por el Puente de Hierro.

El tren que venció a la gripe