Diario de León

«Esta trinchera puede ser un complemento al turismo invernal»

Restos de la trinchera hecha «a hueso» en Castiltejón.

Restos de la trinchera hecha «a hueso» en Castiltejón.

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ana gaitero | león
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El patrimonio «mueve gente y dinero», afirma Eduardo González al plantear la musealización y puesta en valor de los restos de la Guerra Civil en el cueto de Castiltejón como «un recurso complementario al turismo invernal» que atrae la estación de esquí de San Isidro a la zona de Puebla de Lillo.

La trinchera, así como los búnker-refugio y los fortines que se conservan en la zona «tienen suficiente entidad, están ubicados en un buen sitio, desde donde se realza el paisaje y es de fácil acceso», subraya el arqueólogo que ha codirigido los trabajos de campo para investigar la vida en las trincheras durante la Guerra Civil española en el Frente Norte.

Ya no es fácil encontrar personas que participaran en la cotienda, pero es una zona con una arraigada tradición oral, al margen del hecho bélico en si mismo, que también se ve como un punto de atracción para los visitantes. La leyenda del vellocino de oro que, según cuentan, enterraron los moros en la época de la Reconquista en Castiltejón aún permanece arraigada en la memoria popular.

Los investigadores resaltan el carácter «único y exclusivo» de cada uno de los restos de esta zona del frente. El manual de fortificaciones se descabala al ser confrontado con las soluciones que encontraron los milicianos para resistir en Castiltejón. Por un lado, se encuentran los parapetos hechos «a hueso», piedra sobre piedra, sin argamasa siguiendo las técnicas constructivas tradicionales. Estas obras se atribuyen a las gentes de la zona que se sumaron a las tropas republicanas.

Los fortines de hormigón, como el que se conserva en Arboleya, «seguramente fueron construidos por compañías que venían expresamente a realizar esta labor» ya que requerían materiales y mano de obra más especializada. Este fortín es el más grande del Frente Norte y en su interior hay una inscripción que señala que fue construido en agosto de 1937.

La envergadura de las trincheras del bando republicano no es comparable con las huellas del paso del ejército sublevado por zonas como el pico del Águila. «Para las tropas nacionales el objetivo era avanzar, además tenían la base en el pueblo y la zona donde se encontraban era muy difícil tomarla por las condiciones orográficas», explica el arqueólogo.

En cambio, las tropas republicanas tenían como principal objetivo «resistir», frenar la avanzada del enemigo hacia el norte. Con los restos encontrados es posible hacer un estudio más global de la línea del frente y contribuir a conservar este patrimonio.

De la importancia que actualmente se le da al patrimonio de la Guerra Civil quedó constancia este año en el acuerdo de la Comisión de Patrimonio de la Junta que no dio paso a las normas urbanísticas de La Pola de Gordón hasta que no fueron incluidos en el catálogo de elementos protegidos los vestigios de la Guerra Civil existentes en este término.

Las líneas defensivas de Valgrande-Pajares forman parte de esta memoria olvidada. En Aralla de Luna aún se mantiene en pie un búnker tipo iglú que sirvió de refugio a los milicianos. En Peña Laza, Villamanín, hay cuevas en las que también estuvieron refugiados los milicianos. Fue el último bastión del Frente Norte en la montaña leonesa: «En el pueblo de Busdongo todos miraban al cielo. Las piedras de Peña Laza estaban que echaban fuego», reza una copla popular.

Al inicio de la guerra la línea del Frente Norte estuvo marcada, de este a oeste, por los enclaves de Riaño-Lillo-Boñar-La Vecilla-La Robla-La Magdalena-San Pedro de Luna-San Emiliano y Puerto de Leitariegos. Las dificultades orográficas de la provincia marcaron la divisoria.

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