lunes 01.06.2020
Sin parar

La alarma no descansa

Las empresas de mantenimiento, asistencia y seguridad tejen una red complementaria a los servicios públicos para que los vecinos puedan estar atendidos en sus necesidades diarias
Cristóbal Rodríguez, en el Puente. JESÚS F. SALVADORES
Cristóbal Rodríguez, en el Puente. JESÚS F. SALVADORES

Hay gente que no descansa. Por ejemplo, «los ladrones no paran», como avisa Carlos Lombo, mientras hecha un cigarro a la puerta de la central de alarmas de «Desecom», en la avenida de Madrid. El confinamiento se ha «notado bastante a la baja, porque la gente está en casa, pero aún así hay», comenta el técnico, quien abunda en que los reclamos que saltan se deben en su mayoría a «clientes que entran por donde no deben», como «puertas traseras de negocios que están cerrados y en las que no hay retardo», aunque también hay «otros casos» en los que tienen que dar «el aviso a la Policía». No hace falta en el portal de al lado, donde Mónica Gómez confirma que «se nota que los vecinos apenas salen». «Hay menos dedos en los cristales: avanzo más, por eso lo llevo bien», expone entre risas, sin dar tregua a la fregona porque va a «Santa Ana, Reino de León, Villaobispo y Trobajo». «Pero donde menos movimiento se ve es aquí», aclara.

ram2

Enrique Iglesias y Jesús Martínez prueban las máquinas, ayer. RAMIRO

Aquí, es Puente Castro. Más allá de un par de colas en las tiendas de alimentación y en la farmacia no se ve a nadie, ni coches pese a ser una arteria de entrada a la ciudad. Es «pequeñito, tranquilo» y los vecinos del barrio salen «lo justo y necesario», como subraya Lucía Serrano. «Sobre todo por las tardes, si miras por la ventana no se ve gente por la calle», apostilla Beatriz García. El movimiento se restringe «a la hora del pan y poco más», acota Luis Ángel Fernández. Aunque algunos ni siquiera. Cristóbal Rodríguez ha bajado hasta el portal para ayudar a «subir la compra» que trae su mujer en el maletero del coche. Se queda en casa, como establece el mandamiento, pero lo que le preocupa es su «hijo mayor», que es «enfermero, encima en el Monte de San Isidro». «Son jóvenes y están bien físicamente, pero el problema es el coco», apunta para acentuar que los sanitarios son los que sobre todo no tienen tregua y «lo duro es que no pueden atender como quisieran».

Borja Sánchez, repartidor. RAMIRO

Al oeste del río Torío, en el Polígono 10, hay más movimiento. El lunes madruga con un aumento de la presencia en la calle, motivada por las compras, dentro de una semana atípica marcada como festiva, aunque la procesión vaya por dentro. Aunque no paran tampoco Pablo Rodríguez, Julio Celada y Gustavo Santos, afanados entre el material que acumulan en los bajos de «Tecner». Llevan «el mantenimiento de calefacciones de cerca de 300 comunidades y residencias de la tercera edad y, ahora, que «se está más tiempo en casa» surgen «más llamadas». Unas veces por «el quemador», potras por «las válvulas o el agua caliente», el caso es que los cuatro operarios mantienen un ritmo sin freno, aunque marcado por «la distancia que marca la gente». «Te abren un poquitín la puerta porque tienen miedo. Nosotros intentamos hacerlo todos desde fuera y la mayoría de las veces vale con que comprueben el termo», detallan, antes de cargar la furgoneta para salir a un aviso.

Llueve con calma y los vecinos se cobijan debajo de los aleros de los edificios que conforman el perímetro del parque, convertido en decorado. En uno de los pasos se anuncia el quiosco «El Golosín». Andrés García. Sus ventas «no van mal», aunque ha notado un fenómeno curioso: «ahora, los fijos vienen y van, sobre todo por el cierre de los bares, pero, sin embargo, hay gente que no solía comprar a menudo porque ojeaba el periódico en la barra y estos días sí lo hace». «Una cosa me compensa la otra», concede, aunque el agujero lo tenga en el descenso de «los juguetes, los cromos, las gominolas e, incluso, las revistas». Los diarios ayudan porque lo duro es «hacer pasar el día», como reconoce José Losada, prejubilado, que lo lleva «con resignación». «Te mentalizas y ves que no es sólo por tu salud sino por la salud de todos», recalca con tres barras de pan debajo del brazo y la protección de unos «guantes de fregar» que lava cuando llega a casa. «No hay otra manera. Los del súper son finitos y no me ofrecen garantía», sostiene.

Cristóbal Rodríguez, en el Puente. JESÚS F. SALVADORES

Nos les llega con esa protección a Enrique Iglesias, gerente de «Arasol», y Jesús Martínez, responsable de «Naturfenix», que prueban en la calle «un equipo de nebulización para la limpieza en zonas comunes». La demanda de sus servicios ha crecido, pero «paradójicamente» han tenido que hacer ambos un Erte con parte de sus plantillas porque los encargos que surgen necesitan de «personal especializado» y ahora «es muy difícil formarlo». En el Polígono 10, atienden ahora el encargo de «un hijo para higienizar la casa» porque «el padre y la madre murieron» afectados por el coronavirus. Iglesias apunta que han hecho «esta semana cuatro domicilios, más una residencia de ancianos», mientras que Martínez admite que sólo han actuado en uno porque tiene «miedo» a que se «infecten» sus empleados. La intervención dura de media tres días: primero «para saturar la atmósfera» meten «cinco equipos de ozono, que al ser un gas entra en todos los sitios», y lo dejan «reposar 48 horas»; luego, pulverizan con «peróxido de hidrógeno estabilizado», hacen «una limpieza para retirar los restos»; y, por último, aplican otro «refuerzo con ozono». «Tengo dos pisos más pendientes», desvela Iglesias con la máquina arrancada para seguir.

Por delante, cruza Borja Sánchez. Va con tres cajas vacías subidas en el carrito de mano camino del camión de reparto de El Corte Inglés. Lejos de parar, su trabajo se ha incrementado. Lleva de media «unas 50 notas de comida, que no son paquetitos», cuando antes de la crisis atendí «unas 20 o 30 al día». La demanda, en la que destacan «la leche, el agua y las latas de conservas», se asemeja, «más o menos, a la de Navidad», cuando abundan «las cestas y los jamones». Acumulan «una lista de espera de casi siete días» y eso que hacen el reparto con «entre tres y cuatro furgonetas diarias». El encargo lo dejan «a la puerta» para que no haya contacto. «Algunos no te abren y ni les ves», revela el repartidor, que no tiene descanso.

La alarma no descansa