Diario de León

esqueletos de piedra

La memoria de Luna emerge en el pantano seco

Paisaje lunar. El embalse de Luna, con sus largas colas secas, cuarteada la tierra por el sol que, día a día, gana la batalla a la humedad, árboles muertos y piedras al sol dibuja un paisaje lunar más que de este mundo.

Un pueblo llamado San Pedro de Luna era la capital de la vega, ahora emergen las últimas piedras a escasos metros del puente colgante sobre la autpista.

Un pueblo llamado San Pedro de Luna era la capital de la vega, ahora emergen las últimas piedras a escasos metros del puente colgante sobre la autpista.

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ana gaitero | valle de luna

No hay agua pero hay algo que hace sentir que el agua es la dueña del pantano. Se nota cuando se desciende a su lecho seco y se camina unos pasos entre los esqueletos de las casas que hace seis décadas eran un pueblo llamado San Pedro de Luna.

Los pueblos sepultados entre 1951 y 1956 bajo las aguas del pantano de Luna emergen de nuevo con la sequía. Después de sesenta años de lodo y agua, sale a la luz lo que queda de su memoria material.

Se destapan las piedras y se secan al sol los últimos restos de Las Ventas de Mallo, Cosera, El Molinón, Miñera, San Pedro de Luna, Lagüelles, la venta de Campo de Luna... Las piedras aún mantienen en pie muros de casas, cuadras, puentes y fincas... Iglesias que asoman con su torre completa o ya segada tras las seis décadas expuestas al oleaje invernal.

Y como si las piedras que asoman en el secarral fueran imanes que atraen a los humanos, baja la gente al pantano a tocar la casa en la que nació, a pasear entre las calles fantasmales o hacerse una foto frente a la desolación o la grandiosa vista del viaducto cerrado porque tiene más barro que cemento.

La sequía avanza sobre el embalse. RAMIRO.

Personas que salieron de niñas de aquellos pueblos, vuelven a bajar a tocar sus raíces. Y derraman lágrimas sobre el secarral. «Vine con tristeza, tienes en la memoria las casas que estaban todas de pie y te parece que imposible que sea allí mismo», confiesa Adoración Quiñones Morán.

Salió con 12 o 14 años de Las Ventas de Mallo, uno de los primeros pueblos anegados por aquel pantano que iba tapando el valle al mismo ritmo que se levantaba la presa. Los últimos en salir fueron los de Láncara y Lagüelles. Muchos lo hicieron en barca, aquella embarcación de maroma que la Confederación llevó desde el Esla -Cabreros del Río- para rescatar a los del Luna.

Salieron en barca

«El barquero tenía la misión de llevar a la gente entre Lagüelles y Campo de Luna, a la altura de la pilastra del puente nuevo, para que sacaran sus enseres: un arca, una mesa, una cama y poco más», apunta Albito Suárez. Para los niños fue casi una diversión. «Nos subíamos y hacíamos el viaje, barca para allí, barca para acá, dos o cuatro veces al día». Los mayores se secaban las lágrimas con las manos.

La embarcación dio servicio a otros pueblos antes. «Cruzábamos con una barca de Confederación, íbamos a San Pedro a comprar cosas» porque había un colmado, el de Angelín «y una romería en la que se vendían madreñas, rastros...». Era la feria de San Pedro, la más importante antes del verano. En septiembre se hacía la del Cristo en Barrios de Luna.

«La gente no quería marchar y salieron cuando el agua les llegaba casi a las rodillas», comenta una de las hijas de Dora. Los abuelos de su madre, Casimiro y Josefina, subieron a vivir a Mallo de Luna, pueblo que por estar por encima de la cota de embalse no estaba en el listado de los que iban a ser sepultados, pero que, igualmente, se quedaba sin fincas de labor y aislado, así que a la gente le dieron la opción de expropiar su casa para irse. «Hubo una diáspora tremenda porque el pueblo se quedó sin fincas. Pero quedaron algunos.

Dora, con sus hijas Dulce y Cristina, salió de Las Ventas de Mallo con sus abuelos cuando era casi una cría. RAMIRO.

«Como no tenían casa se tuvieron que ir a vivir cada uno con un hijo, mi abuela murió de pena al mes y mi abuelo poco después», añade. La historia se repite. Las víctimas de la tristeza y del desarraigo son incontables en la memoria olvidada de los pantanos.

No podían rechistar

«Les dieron lo que quisieron darles y se tuvieron que marchar», apostilla Dulce, la hija de Dora. Algunos ni siquiera han vuelto desde el destino americano que eligieron. Eran los años 40 y 50 y «no había quien rechistara». España vivía bajo la dictadura de Franco.

El pantano de Luna nació oficialmente en 1945. El 7 de septiembre de 1951 comienzan los desalojos en Barrios y Láncara, pero el vaciado de los pueblos se termina en 1954. Fueron tres años largos de agonía. Cerca de 1.600 habitantes salieron de los 16 pueblos y barrios anegados o abandonados posteriormente al quedarse sin prados y fincas para subsistir con la actividad tradicional. Poco más de 700 residentes oficiales pueblan hoy los municipios de Barrios de Luna y Sena de Luna, herederos del ayuntamiento extinto de Láncara de Luna.

Pueblos cuyos nombres quedaron sumergidos en el pozo del olvido, hasta que hace dos años los rescataron en Bustillo del Páramo. «Nombradles y no habrán muerto», dice el monumento erigido como tributo al sacrificio de Arévalo, Campo de Luna, La Canela, Casasola, Cosera, Lagüelles, Láncara de Luna, Miñera, Mirantes de Luna, El Molinón, Oblanca, San Pedro de Luna, Santa Eulalia de las Manzanzas, Trabanco, Mallo y Ventas de Mallo. Falta el nombre de Truva, que, al igual que Trabanco, era un barrio de Barrios de Luna. En cuanto a Mallo, es el único que pervive como núcleo real. El pantano de Luna, con ser el cuarto de la provincia en capacidad, es el primero en cuanto a número de poblaciones sumergidas: 16 en total.

En el lugar donde desaparecieron sólo hay piedras sin nombre. Ninguna placa ni monumento recuerdan los nombres de los pueblos anegados en la presa o en los paneles turísticos. Como si aquello en lugar de embalse, fuera un lago natural. El rastro se pierde un poco más cada año, aunque resisten numantinamente los puentes e incluso el trazado de la carretera que venía desde León y llegaba hasta Villablino, atravesando la vega del Vago, así la llamaban las gentes que poblaban el valle. Aquellas tierras en las que cultivaban desde lentejas hasta trigo y en las que pastaban vacas y ovejas.

La fresquera donde se guardaba la mantequilla. RAMIRO.

El desarraigo y el tiempo lo van borrando todo. Lo explica bien Dora: «Vivíamos de la leche. El pantano trajo mucho extravío, quitaron la escuela, echamos a los chicos a La Magdalena a estudiar y mucha gente, con el poco dinero que nos dieron, se situaron en otros sitios y se perdieron las raíces».

Durante algunos años, un puñado de aquellos niños de entonces, ya con cierta edad, organizaron una romería en el último domingo de julio. Fue muy emotivo. «Acudió gente que no había vuelto nunca hasta desde América», comenta Albito, uno de los organizadores. Pero también se perdió. Cuando bajan las aguas, de vez en cuando se acerca alguien su casa o a la que cree que fue de su abuelo y se lleva alguna piedra o unos tablones.

Poco a poco, el agua y la nostalgia han mermado las viejas construcciones. «Cuando salió la gente tenían que entregar la llave o avisar al encargado de que marchaba; sólo se podían llevar los muebles, porque las casas ya no eran suyas», relata el hombre. Se cuenta que la CHD encargó a una empresa concesionaria para que aprovechara cocinas, tejas, y otros materiales... Y al final del todo, antes de que el agua lamiera las puertas y se encaramara en las tejas, «llegó la rapiña». Gente que aprovechaba la noche y el abandono para recoger lo que quedaba.

Los restos de casas que salen a la luz con la sequía del embalse ya no tienen ventanas. La gente se llevó los tablones. Sólo quedan algunas que se ven como interiores y que eran «las que se usaban para guardar la mantequilla», aclara el hombre.

Albito Suárez en el puente en San Pedro de Luna. RAMIRO.

En Mallo de Luna, pueblo que quedó por encima de la cota de embalse, construyeron un salón de baile con las maderas que sacaron de Cosera. Mucha gente marchó al perder las mejores tierras de labranza, otros se quedaron y hay quienes han vuelto y han recuperado la casa. En verano, la chavalería casi llega al medio centenar.

En 1956 Franco en persona paseó por encima de la presa durante el acto inaugural del pantano. Empezaba una nueva era en los pueblos del Páramo y terminaba otra en el valle del río Grande.

El pantano de Luna marca un antes y un después en la transformación de la provincia. El lugar elegido no podía estar mejor preparado para el prpyecto que diseñó, entre 1935 y 1936, el ingeniero de la Confederación Hidrográfica del Duero Luis de Llanos y Silvela. La presa se asienta en una zona geológica excepcionalmente rica, que es pasto de estudios extranjeros, y que fue un lugar estratégico en la defensa del reino de León.

El castillo de Luna en la presa

La presa se asienta sobre lo que queda del castillo de Luna, una fortaleza enrocada de la que ya hay noticias en el reinado de Alfonso II (s. IX), que se cuenta entre los fuertes inexpugnables para las tropas sarracenas junto al de Alba y el de Gordón. «El castillo de Luna formó parte del sistema defensivo que recorría gran parte de la Cordillera Cantábrica para proteger la calzada de Asturias a León a través del puerto de la Mesa», como apunta Sánchez Badiola.

La obra de la presa arruinó la fortaleza. La gente del lugar cuenta la historia de cuando el rey Alfonso II encerró en sus mazmorras a Bernardo del Carpio por tener relaciones con su hermana Jimena y los historiadores lo señalan como un lugar donde se esclarecieron muchos conflictos del reino de León.

Hoy el lugar, la histórica presa, por el castillo y por las piedras del Cámbrico que tanta fama geológica dan al lugar, es tan importante como que los riegos del Páramo y el Órbigo, o sea la comida de muchas personas y animales, dependen de las reservas que acumula del río Luna y todos los regatos que atraviesan la anegada vega.

Aspecto fantasmagórico del vaso del embalse. Al fondo, el viaducto anulado. RAMIRO.

Una sequía histórica

A finales de agosto, el embalse guarda apenas el 8% del total de sus reservas de agua: 26 hectómetros cúbicos de los 308 hm3 de su capacidad. Hace diez años por las mismas fechas, el agua embalsada se multiplicaba por tres y pico y el año pasado era cinco veces superior al volumen actual, superando el 50% del vaso. Se comprende que el problema de los riegos, algunos ya suspendidos, es de alcance.

Las aguas de los ríos, al contrario que las gentes, no se extraviaron. En el trayecto que discurren sobre el lecho del pantano, siguen su curso igual que antaño. El río Grande —Luna— recoge a estos pequeños afluentes a su paso y llega hasta la presa. «Me han explicado que a medida que el nivel va subiendo a medida que sus aguas van llegando a la presa», apunta Albito Suárez.

Este año, apenas unas briznas de nieve y las escasas lluvias dejaron el pantano muy por debajo de sus históricos llenos. El primer pueblo en asomarse, en la cola occidental del pantano, es Lagüelles. En sus riscos aprendió a andar Albito, nacido ‘por accidente’ en Barrios de Luna, se crió hasta que su familia se fue con las vacas a otra parte, en concreto a Trobajo del Cerecedo, y él al internado a estudiar con nueve años.

El pueblo que ahora emerge por completo tiene la iglesia y la espadaña íntegras. Este templo nunca llega a ser cubierto del todo por el agua. Albito señala los barrios y aún puede distinguir bien el que era de «los más pobres». A la izquierda de Lagüelles, si se mira desde la carretera que sube a Babia, está el cementerio.

Se llevaron los muertos

«Dicen que lo sellaron con hormigón, pero como fuera de la misma calidad con que hicieron el puente que se cayó...», apostilla Albito. El viaducto del que habla, que tuvo que hacerse de nuevo, se vino abajo la noche del 15 al 16 de agosto de 1973, como si no hubiera podido soportar el peso de la fiesta más sonada del verano.

Por suerte nadie circulaba en aquel momento por el puente, pero «pagó los platos rotos un hombre que acarreaba el cemento con un carro cuando la obra y que, como barría el carro al terminar la faena, le encontraron un saco de cemento en casa». Luego se rehizo.

El puente gemelo, que comunica la otra parte del valle, fue cerrado inmediatamente y ahí sigue. Como un monumento a la chapuza (y a al corrupción). Sus pilastras se deshacen cada año un poco más y no sólo por efecto del agua.

Cuando anegaron los pueblos la gente no quería marchar sin sus muertos. Se hicieron cementerios nuevos en los pueblos que no se sumergieron y «cada uno los llevó a donde marchó». Donde no dejaban abrir las tumbas hubo quien lo hizo clandestinamente y se llevó a los restos de sus antepasados cargados en el carro para juntarlos en otra tumba.

Tal vez por eso dicen que hay un fantasma en el pantano de Luna. O quizás porque aún se escuchan los lamentos de los paseados en el Pico de la Muerte, una montaña en la que cuentan que el jefe del cuartel de la Guardia Civil de San Pedro de Luna mandó ejecutar a unos cuantos cuando en 1937 se hicieron con el control de estos pueblos.

Bajo el pantano hay sepultados secretos que ahora emergen como los esqueletos de los árboles dormidos bajo el agua y que antaño daban sombra en la carretera de León. La carretera del pantano está, por fin, en obras después de varios años de reivindicaciones y protestas. Estaba en el limbo legal y nadie quería saber de su arreglo. En dos semanas se completarán unos 12 kilómetros de su trayecto, desde el acceso de la autopista a Asturias en dirección a La Magdalena.

Partiendo desde el Club Náutico, una concesión de 100 años para estimular los usos turísticos del pantano, que conserva la única casa de Mirantes de Luna lo primero que se ve, al otro lado del pantano, son los últimos restos de Las Ventas de Mallo que dicen que era más grande que el pueblo del que era barrio, Mallo de Luna.

La isla de las Culebras, donde dicen que quedaron aisladas miles de culebras y les echaron conejos para matarlas, se ve antes de atisbar desde el mirador los últimos restos de Cosera, con su puente de San Lorenzo.

Una escalera al cielo

Hasta hace pocos años se asomaba bastantes meses bajo la lámina de agua, la torre de de la iglesia de Miñera de Luna. Se fue desvaneciendo poco a poco, como los recuerdos. Desde la carretera se observa a gente que camina entre las calles fantasmales de lodo y a otro grupo de personas que toman el sol en los antiguos prados que reverdecen con la humedad y la luz al bajar el nivel del agua. Aún se mantiene el cilindro de piedra que guarda el acceso a la torre inexistente. La escalera comunica directamente con el cielo.

Albito Suárez señala ahora los restos de El Molinón. Piedras y más piedras que conviven bajo el agua y algunas salvadas para tener de recuerdo en la casa que se rehabilita, como esas pilas de fregar que tenian un coladero que salía bajo la ventana.

Y después, San Pedro de Luna, que era la ‘capital’ de la zona, con sus casas enfiladas a ambos lados de la carretera que llevaba a León y a Villablino. Es el punto de encuentro de ambos valles con el Cueto Negro al fondo. «Lo llamn túnel del Negrón, por manía de los asturianos de cambiarnos los nombres». En este valle, hoy cola del pantano, fue anegado Oblanca y se salvaron Caldas, Robledo y La Vega, y el que trae al río Grande, el Luna, hacia la vega del Vago.

El valle de Láncara es la otra cola del embalse, al oeste. Arévalo se salvó de las aguas, pero murió de pena, como los abuelos de Dora. El puente colgante sobre la autopista es la imagen del nuevo tiempo. Ya no hay vuelta atrás aunque la pertinaz sequía saque (y seque) al sol los esqueletos de los pueblos olvidados de Luna.

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