jueves 19.09.2019

¿Por qué huye la oveja del lobo?

La opinión pública es un elemento esencial de cualquier sistema político. Su libre conformación, es uno de los pilares sobre los que se debe asentar un orden democrático. La existencia de instrumentos exteriores de configuración de la opinión ha terminado por modificar el alcance de la soberanía. Los fabricantes de opinión. En ningún lugar una sociedad se gobierna a sí misma; siempre la gobiernan unos pocos. La voluntad general no existe, y la opinión pública es cambiante, sujeta a manipulación, y no puede ser representada de manera estable.

Es relevante el nuevo contexto tecnológico. No sólo supone que se multiplican los instrumentos de participación. Implica, también, una transformación cualitativa de los mismos. Por la simplicidad y universalidad de acceso. Algunas de las barreras más significativas que se habían erigido alrededor de la democracia directa, desaparecen. Junto a esto, la inmediatez. La tecnología hace posible que se pueda participar de forma inmediata sobre cualquier acontecimiento. El tiempo real es una realidad política.

La representación política, que nació para establecer relación entre ámbitos, esferas y personas distantes entre sí —hacer presente es representar—, y para aportar datos y aspiraciones donde correspondiera, sigue, en esencia, bajo la concepción anterior a los nuevos fenómenos de comunicación. En pocas palabras: mientras la ciencia ha revolucionado montones de cosas directamente afectantes al hecho político, las formas políticas han permanecido invariables, nadie se ha dado por aludido. No es éste un alegato contra la representación política. Nada más necesario que su existencia. La vida social es conflicto, y requiere la ortopedia de las instituciones. Pero cabe pensar que el cambio tecnológico la ha de afectar de alguna manera en cuanto a su concepción, fines y formas.

Hace años presencié un experimento significativo. Se trataba de que, en una clase, los alumnos comparasen entre sí varias líneas trazadas en la pizarra. En un determinado momento, la mayoría de los alumnos, menos uno, dijeron que la línea A era igual a la C. Esta discordancia no se basaba en que el disidente de la opinión mayoritaria estuviese equivocado, sino en que la mayoría estaba de acuerdo con el profesor en «afirmar el error» para poder observar la reacción del discordante: éste era, en efecto, el fin del experimento. La reacción del discordante variaba; nacía una cierta angustia al disentir de la opinión de la mayoría en algo que a él parecía evidente, apoyado en la comprobación de los sentidos. Por una parte, no podía dudar de lo que veía claro, clarísimo; por otra, cabía pensar que los demás también veían bien. Cuando al final del experimento el profesor explicaba al sujeto el truco, aprovechaba para hacerle ver la posibilidad de que uno esté en la verdad, aunque la mayoría esté en el error.

¿Por qué huye la oveja del lobo? La estimativa no sólo conoce lo sensible externo, sino también ciertas realidades que no se perciben por los sentidos, por ejemplo, la amigabilidad, la enemistad, la utilidad, la nocividad, que el sentido externo es incapaz de percibir. La oveja huye del lobo no por su color o figura —cosas sensibles a los sentidos externos—, sino porque-es-su-enemigo. La vida humana es constitutivamente deseo. El problema no se reduce a querer o no querer, sino a querer esto o lo otro, a preferir. A veces, los términos de una opción no se suelen excluir mutuamente; hay que tomar los dos, y poner el acento sobre uno de ellos. La vida es cuestión de énfasis. La prudencia, en cambio, descubre los medios acertados, la verdad operable por el hombre en cada circunstancia para llegar a ese fin. El objeto de la prudencia consiste en descubrir en cada caso cuál es la verdad particular operable. Ya San Isidoro, en sus famosas Etimologías, definía al prudente como «porro videns», como sujeto perspicaz, que-ve-de-lejos.

¿Por qué huye la oveja del lobo?
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