lunes 25.05.2020

Un Picasso en el vertedero

Un coleccionista adquiere una simbólica litografía rescatada en un basusero de la montaña leonesa. El artista regaló originales a Marcos Ana y el ex preso político los fue donando entre sus protectores.
Un Picasso en el vertedero

Pocos trozos de papel retienen tanto dolor y gratitud al mismo tiempo. Pudo descomponerse entre basura y escombros, pero un ambulante habituado a rastrear vertederos se lo quedó sin saber que durante más de diez años conservaría una litografía original de Picasso, que en su día fue regalada y dedicada a un intrigante «Pepe» por parte de Marcos Ana, el preso más simbólico del franquismo. Desde su creación en 1959 hasta que hace escasos días fuese adquirida por un coleccionista leonés, la estampación ha viajado en la clandestinidad en muchas maletas, la última desde París hasta el pueblo de la montaña leonesa donde fue desahuciada. Las pistas y los testimonios narrados por los principales protagonistas reconstruyen el atribulado viaje de esta cárcel de papel.

Todavía se vivían días en blanco y negro cuando Marcos Ana estaba a punto de regresar a España desde su exilio parisino. Era 1976. Tras morir Franco, en julio del siguiente año, Adolfo Suárez firmaba el real decreto que suponía la libertad para los aproximadamente 500 presos políticos que había en España y hacía desaparecer los llamados delitos políticos y de opinión. En definitiva, arrancaba el retorno de muchos exiliados. «En ese momento me pasaba el día en el Centro de Información y Solidaridad con España (Cise), que estaba cerca de la Sorbona, y viajando. En vez de compensarme de lo que había sufrido, nada más salir de la cárcel me puse de gira en apoyo de los presos políticos del mundo. Recorrí toda Europa y América Latina», relata el poeta Marcos Ana. 92 años, dos condenas a muerte y 23 años en prisión, siete decenios de militancia en el Partido Comunista y símbolo de la represión en las cárcelesfranquistas por ser el preso político que más tiempo pasó en prisión ininterrumpida.

Neruda, Nenni, Palme

Y un día de 1976 que el tiempo ha evaporado, probablemente en su despacho de París, escribió unas palabras de agradecimiento en el reverso de una litografía original de Picasso. La dedicatoria agradecía la colaboración de alguien llamado Pepe y su «honesta contribución» al Cise, dirigido por Ana. «Picasso, aunque no le conocí personalmente, me hizo llegar una serie de litografías de ese dibujo que él había hecho en 1959 en apoyo a mi libertad. Yo tenía unas quince o veinte y las utilicé en darlas a gente que se había comportado con nosotros de una manera muy especial». Recuerda que entregó litografías a Olof Palme, primer ministro de Suecia, a su amigo el poeta chileno Pablo Neruda, y a Pietro Nenni, entonces ministro italiano de Asuntos Exteriores. «El resto se la di a gente que se había ocupado de mí y de todos».

Intrigante Pepe

De todas ellas, una fue entregada a Pepe, sin apellidos. No recuerda exactamente su identidad, pero cree posible que se trate de un fiel colaborador originario de Galicia que ayudaba en logística e intendencia. «Era un manitas y nos ayudaba a montar todo, pero ni siquiera puedo asegurar que se llamara Pepe». José, debía ser su nombre original, es el último rastro. No hay más eslabones de esta pieza antes de que apareciera en el vertedero, circunstancia que se produjo «poco antes de que apareciera el euro», recuerda un descendiente del anticuario que la descubrió entre otros muchos papeles y telares que parecían haber sido arrojados al basuero tras una demolición, puesto que aquel día también había escombros entre el vertido. «Lo cogimos sin saber lo que era y recuerdo que fue antes del euro porque un chaval me ofreció de aquella 30.000 pesetas por el dibujo. Entonces no había necesidad, pero la cosa ahora es distinta».

Esa necesidad puso la litografía en manos de un coleccionista amigo, que ha cerrado el trato hace escasas semanas. Casi más cautivado por la intrahistoria que escondía el propietario original de la lámina que del valor de la obra artística, indagó para acercarse al nombre de Pepe, pero el rastro de aquel hombre se perdió en aquel París de 1976. Se especula con que, a pesar de su origen gallego, tuviera parientes en la montaña leonesa.

«Es una historia bonita», comenta Marcos Ana al conocerla. Sobre todo porque la litografía tiene una carga de dramatismo que no se puede obviar. En 1959 Picasso acababa de comprar el castillo de Vauvenargues. Allí se estableció hasta 1961, año en el que se casa con Jacqueline, su última esposa. Vauvenargues es un pequeño pueblo francés entre la Provenza, la Costa Azul y Alpes, un inspirador lugar desde el que Picasso se implicaba con la lucha por los derechos humanos y las libertades en España. «La campaña por mí fue muy grande. Intelectuales franceses como Yves Montand, que participaba en la campaña, o Luis Aragón tocaban a Picasso». Su otro contacto con la vida real era su barbero y amigo Eugenio Arias Herranz, exiliado comunista como él. A Arias le regaló otra de las 200 litografías que editó para el Comité Internacional de Ayuda a las Víctimas del Franquismo, de título El prisionero y la paloma. Recuerda Ana que el barbero era el enlace que utilizaba Picasso para enviar su apoyo al Cise. «Cada mes venía con una maleta con el dinero que mandaba Picasso».

El papel llega a la cárcel

La historia de este trabajo que representa a un preso entre rejas solapadas por la picassiana paloma de la paz también tiene su singular trayectoria. La primera vez que Marcos Ana la vio fue en prisión. Había iniciado su creación poética en la adolescencia. Aprendió a construir memorizando. Un día se decidió a pasar sus poemas al papel y todos le animaron a sacarlos al exterior. Eso hizo. Pasado un tiempo, un paquete clandestino traía, entre otras cosas, un pequeño libro que le dejó sin palabras. La portada, en sepia, era el dibujo de Picasso La paloma y el prisionero. Debajo, el título del libro: Poemas desde la cárcel, firmado por Marcos Ana. Aún conserva esta primera obra. «Era un librito pequeñito hecho en un país latinoamericano. Luego se ha utilizado mucho en cosas mías», recuerda.

Presos de conciencia

Esta imagen también guarda relación con el nacimiento de Amnistía Internacional. En 1961, el abogado británico Peter Benenson funda la organización inspirado en las personas encarceladas por sus convicciones políticas, religiosas u otros motivos de conciencia, y que no habían recurrido a la violencia. Lo que empezó como una campaña local inspirada en unos estudiantes portugueses que habían sido encarcelados por sus ideas pronto se convirtió en un movimiento internacional para la defensa de los derechos humanos, con misiones en varios países. En España tomaron a Marcos Ana como símbolo y consiguieron su liberación ese mismo año.

El Comité Internacional de Ayuda a las Víctimas del Franquismo pidió a Pablo Picasso un cartel para la recién fundada Amnistía Internacional y éste cedió La paloma y el prisionero, que había sido estampada dos años antes y creada por el autor malagueño para defender la libertad de los presos de conciencia en España. Esta litografía es uno de los carteles más representativos que ha tenido Amnistía Internacional en su más de medio siglo de lucha.

La implicación de esta entidad permitió la salida de España de Fernando Macarro Castillo, nombre con el que en realidad fue bautizado Marcos Ana. Firma así en homenaje a su padre y a su madre. Ana nació en el municipio salmantino de Alconada, en la pedanía de San Vicente. El régimen franquista le incriminó en varios asesinatos y le condenó a muerte, pero le conmutaron esta pena por 60 años de prisión, en parte porque era menor de edad cuando se habían producido los asesinatos que le imputaron.

En la cárcel fue sometido a vejaciones y torturas. «La cárcel fue una universidad. No hay nada tétrico para mí, sólo aquellos compañeros a los que le dí el último abrazo cuando iban a enfrentarse a la última madrugada de su vida», describe sin resentimiento. «El rencor no sirve para nada, es un sentimiento un poco bajo. Nunca he pensado en encontrarme con el policía que me torturó y romperle la cabeza. He aprendido a ser feliz en la felicidad de los demás. Tengo como lema que vivir para los demás es la mejor manera de vivir para uno mismo. Cuando piensas en los demás no sólo quieres hacer de tu pellejo el epicentro del mundo». Hoy vive muy cerca de aquella cárcel y muchas veces se para en un bar que hay frente al edificio, actualmente reconvertido en el colegio Calasancio. «No lo recuerdo como una pesadilla, sino que me vienen a la mente los compañeros que murieron. Sabía que tenía que pagar un peaje por mis ideas, pero no son pesadillas para mí».

El viaje de Ana entra ahora en otras esferas. El director de cine Pedro Almodóvar acaba de renovar hace muy pocos días, y por otros tres años más, la cesión de los derechos sobre las vivencias del preso político más representativo de las cárceles franquistas para adaptarlas a un guión cinematográfico. «Le impresionó una contraportada de El País en la que yo contaba que mi primer amor fue a los 41 años y con una prostituta. Aquello le impactó».

Los barrotes, el rostro esperanzado y la paloma de aquel dibujo de Picasso aún asoman en una última litografía que Marcos Ana nunca entregó a nadie. «Aquí la tengo, en el salón de mi casa».

Un Picasso en el vertedero