domingo. 29.01.2023

«El vigilante me dijo una vez que no valía ni para tacos de escopeta», cuenta Amparo Castro, un domingo de lluvia en Santa Marina de Torre. «‘Tienes menos carne que un telegrama urgente’, me decía». Sentada junto a su hermana Nieves en la antigua Casa del Cura del pueblo, convertida hoy en un centro cultural, Amparo recuerda el tiempo que pasó paleando carbón en el cargue y en lavadero de la vieja Mina Amilivia de Torre del Bierzo. Con ella y con su hermana, media docena de mujeres de Santa Marina junto a dos o tres hombres, retiraban a mediados de los años sesenta la pizarra de los vagones de antracita, se subían a la tolva para llenar los camiones de mineral y al final de la jornada se encargaban de la labor más ingrata; limpiar los baldes, de nuevo pala en mano, de los restos más menudos. 

Todas ellas —hasta 46 tiene contabilizadas la asociación Carqueixa— serán las protagonistas de las próximas Fiestas de Santa Bárbara en uno de los pueblos de tradición minera más marcada del Bierzo Alto,. ‘La mujer y la mina’ han titulado un homenaje que dará voz a las mineras que todavía viven —Carqueixa ha invitado a una veintena, aunque no todas podrán estar presentes— y que servirá para colocar una placa de recuerdo junto a la iglesia del pueblo, al lado de la que está dedicada desde el año pasado a los hombres fallecidos durante el siglo del carbón. 

Con 72 y 71 años hoy, las hermanas Castro eran adolescentes, casi niñas, cuando comenzaron a trabajar en el lavadero a los 13 y 14 años de edad. Y era la edad en la que ya se fijaban en los chicos «Los padres no nos dejaban estar con novios, pero sí valíamos para ir a la mina», ironiza Amparo. 

Y las dos cuentan cómo se las arreglaban para cartearse con sus novios, también mineros con los que después se casaron, cuando bien temprano unos se adelantaban a otros camino de las explotaciones de Torre. Si no había ocasión de rozarse las manos disimuladamente en el trayecto, las cartas quedaban entre dos piedras, en un lugar convenido. «Así nos cortejábamos», cuenta Nieves, que trabajaba en la mina Los Panaderos.

Amparo y Nieves, y su hermana mayor Marina, ya fallecida, ayudaban  a su padre, jubilado, a completar un sueldo entre los cuatro y entregaban en casa las dos mil pesetas que ganaban al mes. «El día de la paga, en casa nos dejaban veinte duros y bajábamos a Torre a comprar plátanos y pan, para comernóslos en  un bocadillo, y chocolate de almendras». Ese era su capricho.

La jornada empezaba temprano para ellas. A llegar a pie a la mina, lo primero que hacían era ponerse los guantes y frotarse las manos con las brasas de una hoguera. Se pasaba frío en invierno  a la intemperie hasta que el trabajo físico las hacía entrar en calor.

Las dos tienen buenas palabras para los hombres que trabajaban junto a ellas, más allá de aquel vigilante, aunque no dejan de contar una anécdota que les ocurrió el día en que las chicas de la Mina Amilivia fueron a trabajar con los rulos puestos en el pelo porque al salir del trabajo tenían una boda. Las pusieron a laborear «debajo de donde caía el menudo» y en seguida se llenaron de carbonilla. Adiós al peinado. Adiós a los rulos. «No pudimos ir guapas a la boda», cuenta Amparo.

En otra ocasión hicieron valer su fuerza. «Nos negamos a limpiar la balsa si no nos dejaban salir antes para ir a la fiesta del Cristo en Bembibre», cuentan las hermanas, que ya vestían pantalones y en eso se diferenciaban de las mujeres de la generación anterior. «Las que llevábamos pantalones éramos más pendejas», bromea de nuevo Amparo.

—¿Volverías a la mina?, le pregunta el periodista en la Casa del Cura.
—Volvería, porque era joven —responde.

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Nieves y Amparo Castro. L. DE LA MATA

Todas aquellas chicas que se carteaban con sus novios y comían bocadillos de plátano en una tienda de Torre de Torre del Bierzo dejaban la mina cuando se casaban, salvo que fueran viudas como Gumersinda Silván, de las primeras —junto a Nieves Silván, que tiene 94 años y trabajó en la mina de Silván en 1943— y también de las últimas en retirarse; junto a Elena Fernández, que lo dejó en los años setenta. Sinda, que siempre vestía falda en la mina, sacó adelante a dos hijos y trabajó durante toda su vida en los lavaderos de Virgilio Riesco. Cuenta su hijo Saturno Oya el mismo domingo de lluvia en Santa Marina que su madre fue una mujer tenaz y con el tiempo logró tener y mantener su propia casa a pesar de que el sueldo que recibía era inferior al de los hombres. A Saturno, quizás en un acto de justicia poética —la fortuna es así de caprichosa— le tocó algo más de un millón de euros en la Bonoloto en el año 2009. Hoy conduce un todoterreno con una tracción envidiable y una amortiguación a prueba de los desniveles más exigentes con el que traslada a las dos hermanas Castro, al periodista que las escucha y al fotógrafo de Diario de León hasta los accesos a  vieja Mina Amilivia, cerrada hace muchos años, para repetir la fotografía que sirve de cartel a las jornadas de 'La Mujer y la mina'; la del abrazo que en 1966 Amparo le dio a su amiga Sara Fernández, hermana de Elena. Vestidas las dos con pantalones y calzadas con botas de agua.

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Sara Fernández y Amparo Castro, en 1966. DL

Como Sara vive en Madrid y no podrá venir a la fiesta de Santa Bárbara, la hermana de Amparo se pone en su lugar. Al fin y al cabo, Nieves paleó el mismo carbón que Sara y en los mismos años. 

Así es como Amparo Castro, bajo la lluvia fina, en mitad de un camino de montaña solo apto para un tototerreno casi de competición, rodea con su brazo a su hermana, mete la mano izquierda en el bolsillo —las dos visten pantalón—y deja que asome el mismo dedo desafiante, como hizo en aquella icónica imagen de 1966. Aquí estoy yo. Aquí estamos las dos, cincuenta años después, parece que le cuenten al fotógrafo y a todo aquel que vea la foto en Diario de León. Aunque aquel vigilante le dijera que no valía ni para tacos de escopeta.

Las 46 mujeres del carbón de Santa Marina de Torre
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