sábado. 28.01.2023

El carbón vuelve al vientre de la tierra. Así borran los cielos abiertos

La restauración de la cuenca del Bierzo Alto y Brañuelas con 11,5 millones de euros devuelve miles de toneladas de escombro a los lugares de donde se extrajo la antracita para tapar los excesos de los últimos años de la minería

El carbón, o el escombro que ha quedado del mineral, está volviendo en las últimas semanas a las montañas de donde lo sacaron durante un siglo en la cuenca del Bierzo Alto. Miles de toneladas con restos de antracita de algunas de las mayores escombreras de Torre del Bierzo y Brañuelas ya están cubriendo los grandes cielos abiertos que a finales del siglo XX alargaron la agonía del sector. La herida ambiental del carbón, sin embargo, nunca podrá cicatrizar del todo por mucho dinero que se invierta; solo en Torre del Bierzo y Brañuelas son 11,5 millones de euros de los fondos europeos Next Generation con un plazo de ejecución de 36 meses. Los acuíferos de ‘las llamas’ —antiguos prados de agua del ganado— y los juncales que salpican la toponimia de lugares como Santa Cruz de Montes, Santa Marina de Torre y Torre del Bierzo, sepultados durante cien años de actividad minera, son irrecuperables, advierten en Torre.

Después de las primeras semanas de trabajo, el enorme cielo abierto que Campomanes explotó a mediados de los años 90 en Santa Cruz de Montes, — había dejado un enorme acantilado de 40 metros visible durante un cuarto de siglo— ya está prácticamente cubierto con restos del mineral de la aún más gigantesca escombrera que los operarios de la empresa pública Tragsa han comenzado a restaurar.

«El agujero ya está lleno, pero en la escombrera hay cien veces más de lo que han echado para taponarlo», contaba este domingo el minero jubilado de Campomanes Antonio Vega. «Date cuenta que ahí han estado cien años echando escombro», añade. Y no oculta sus dudas sobre la restauración, porque en lugar de retirar todo o cubrir la ladera de tierra vegetal, opina, van a dejar la montaña con tres estratos. «Que limpien el río está bien, pero el resto va a quedar peor de lo que está».

La escombrera de la que habla, o más bien el paraje donde se encuentra, tiene un nombre que recuerda lo que fue antes de que comenzaran a volcar allí los restos del lavado del carbón; Las llamas. Y al cielo abierto relleno ahora de escombro se le conoce con otro topónimo parecido; Llamazón. «Las Llamas es un término del leonés para referirse a los prados que eran abundantes en agua, con fuente propia y dedicados al pasto», explica el que fue alcalde de Torre en  unos años en los que comenzaron a proliferan los primeros cielos abiertos en la zona, a mediados de la década de los ochenta, y todavía hoy concejal, Melchor Moreno. 

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Escombrera de 'Las Llamas' en Santa Cruz de Montes. L. DE LA MATA

Ordenanza rechazada en 1988

El ex regidor, que fue alcalde en minoría con el desaparecido Centro Democrático y Social  (CDS) de Adolfo Suárez, recuerda como en 1988 le tumbaron en una sesión plenaria un primer intento de regular con una ordenanza municipal  la apertura de cielos abiertos, y que no quedara únicamente en manos de la Junta de Castilla y León, previo permiso de las juntas vecinales cuando los terrenos eran comunales. 

«La presión del sector minero para abrir cielos abiertos más rentables era entonces muy fuerte y en los noventa llegaron a ser los comités de empresa, incluso, los que se reunían con juntas vecinales para pedirles permiso», rememora. Pero lo más inevitable es la situación en la que han quedado muchos acuíferos en la zona. «La destrucción de los manantiales no se puede compensar, ni se pueden recuperar ni con miles de millones de euros», se lamenta Moreno, hoy en las filas de la UPL.

En compañía del actual alcalde, de Torre, el bercianista Gabriel Folgado, una visita a la escombrera de Las Llamas, justo antes de que empezara a nevar a medidos de la pasada semana, muestra una imagen que es puro contraste; al pie del camino que delimita la enorme montaña negra, un grupo de terneros del ganadero de Santa Cruz Julio López pasta dócilmente dentro de un cercado. El escombro es una de sus fronteras.  Y si quieren beber, el agua tienen que rellenársela en una vieja bañera que hace las veces de abrevadero.

Lo ocurrido en Las Llamas de Santa Cruz, un prado de agua sepultado por el carbón, se repite en otros puntos del municipio. Cerca de Torre se asienta otra escombrera que también está previsto restaurar en esta fase. Localizada en el mapa con la letra E-4, perteneció al grupo del empresario Viloria y el paraje se llama... Prado de La Llama. 

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Máquinas en la escombrera de Calvo en Brañuelas. L. DE LA MATA

Según el proyecto que ejecuta Tragsa, en la zona de Torre hay media docena de escombreras en fase de restauración, la de Campomanes en Las LLamas (E-19) dos Virgilio Riesco (E 11 y E-12 que son las de Las Torcas y La Osera), la E-3, no demasiado lejos y dos de Viloria (la E-4 o Prado de Las Llamas y la E-5 o del Alto de las Cabañas). Y los topónimos siguen dando pistas. «Las Torcas hace referencia al oro de los romanos», explica Moreno. El proyecto contempla labores de desmonte y relleno solo en la enorme E-19 de Las Llamas de Santa Cruz. En el resto habrá una «remodelación y perfilado» de la montaña.

Hay que salir del municipio, aunque no de la cuenca, y entrar en Brañuelas para, desde la ladera donde se asienta la vieja mina de Malabá, comprobar como camiones y palas de Tragsa desmontan otra gran escombrera que explotó otros empresarios de la zona, la familia Calvo. La zona también recibió escombro del vecino cielo abierto de Antracitas de Brañuelas Santibáñez de Montes (otra vez en Torre), que en los años 90 devoró literalmente al pueblo abandonado donde se asentaba. Ese desmonte, cuenta el pedáneo de Montealegre, Manuel Viloria, va en parte al cielo abierto de Las Baragañas. 

«Una barbaridad» de dinero

«Es una barbaridad gastar once millones y medio de euros», es lo primero que le dice al periodista por teléfono. Eso no significa que se oponga, todo lo contrario. De hecho, Manuel Viloria  espera que la restauración le de lustre al Camino del Manzanal, el ramal del Camino de Santiago que desciende el puerto, y se cumpla el compromiso, «que figura en el proyecto», de construir un puente sobre el río de La Silva para que crucen los pereginos.  No será un cambio menor que lo primero que vean del Bierzo quienes caminen a Santiago por la ruta alternativa no sean laderas negras con el escombro del carbón, como hasta ahora.

Gabriel Folgado, al pie de la escombrera de Santa Cruz, también se muestra esperanzado porque la obra incluye acondicionar una ruta circular desde Torre por Santa Cruz y Santa Marina; una oportunidad para senderistas y aficionados a la bicicleta de montaña. Pero Folgado, que en su faceta como cineasta abordó el mundo de la mina en el documental Paisajes interiores, no quiere que se borre del todo la huella del carbón. «Las escombreras son un foco de contaminación que hay que atajar», dice. «Pero tampoco es necesario borrar toda huella de nuestro pasado minero». Y se refiere, sobre todo a lavaderos como el de Salgueiro, última mina que cerró en el Bierzo en 2019 o castilletes como el de Malabá .

Falta de avales para restaurar

Quizá en el asombro que al pedáneo de Montealegre le produce que sea necesario invertir 11,5 millones en restauraciones se encuentre una de las claves de una obra mayor que ha obligado recurrir fondos europeos del programa Next Generation; 70 millones de euros si se incluye la Gran Corta y la cuenca de Fabero y las escombreras del municipio de Igüeña. Pero es Melchor Moreno el que lo expresa con palabras: «Todas estas restauraciones las tenían que haber pagado los empresarios mineros con avales y si ahora se recurre al dinero de Europa es porque no lo hicieron».

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Ganado en una explotación anexa a la escombrera de Santa Cruz de Montes. L. DE LA MATA

Manantiales sepultados y petroglifos perdidos: la otra herencia de la mina

Las primeras restauraciones de minas en el Bierzo Alto se remontan a finales de los años ochenta, aunque es ahora cuando se afronta la eliminación de las escombreras y los cielos abiertos más grandes. Y han sido obras desiguales. Un siglo de actividad minera ha sepultado muchos manantiales que ahora son irrecuperables , pero también ha traído algunas pérdidas, como la de un petroglifo en Santa Marina que casi era una seña de identidad, según cuenta Melchor Moreno. «Cuando en 2013 descubrimos los petroglifos del paraje de Las Arribas nos dimos cuenta de que lo que le habían llamado ‘la Patada de Nuestra Señora’ y que algunos consideraban que era el pie de la Virgen, no era ni patada ni pie, sino otro petrofligo  de hace tres mil años que el cielo abierto de Boisán destruyó en torno al año 2000», se lamenta. Hoy Santa Marina ha pedido protección para el yacimiento donde también han aparecido fósiles más antiguos.

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