martes 12.11.2019
EL PUEBLO QUE NO ES LA ESPAÑA VACÍA

Matavenero, 30 años de utopía... escondida entre las montañas

El pueblo enclavado en las montañas de Torre del Bierzo celebrará el 27 de septiembre tres décadas desde su repoblación como comuna ecológica
Nina Schaer, en la escuela de Matavenero con su hijo Pablo, el primer niño que vino al mundo en la aldea en 30 años. CORTESÍA DE NINA SCHAER
Nina Schaer, en la escuela de Matavenero con su hijo Pablo, el primer niño que vino al mundo en la aldea en 30 años. CORTESÍA DE NINA SCHAER

Con una población de más de 60 habitantes, incluidos 10 niños, Matavenero y Poibueno le han dado la vuelta al mito de la España vacía

«Me encantó la luz», decía ayer Nina Schaer en su casa de Requejo de Pradorrey mientras recordaba el momento en que —se cumplen ahora treinta años— pisó por primera vez la aldea abandonada de Matavanero, asentada en la rodilla de una roca de los Montes de León, en Torre del Bierzo. Nina venía de trabajar ocho horas al día en una oficina en Suiza donde realizaba resúmenes de prensa. «Pero me faltaba el contacto con el suelo», le contaba ayer a este periódico. «Yo tenía un piso en Basilea y un trabajo. A las 5.40 de la mañana me iba de mi casa al trabajo en Zürich y volvía a las seis de la tarde. Mi economía iba bien, pero me faltaba lo elemental. Toda mi familia se echó las manos a la cabeza cuando les dije lo que quería hacer».


Algo más de dos años después, y en mitad de una temporal de nieve que mantenía en jaque a toda la provincia de León, nacía en una casa en ruinas de Matavenero su hijo Pablo, convertido en el primer varón que venía al mundo en el pueblo en tres décadas. (Dos meses atrás también había nacido una niña, pero sus padres se habían ido porque el bebé «no estaba bien», recuerda Nina).

Era el 7 de diciembre de 1990, los primeros habitantes de la aldea repoblada se preparaban para pasar su segundo invierno, y Nina, que acabaría siendo la primera maestra del pueblo, ya tenía hecha la maleta para trasladarse a Asturias, donde quería tener a su hijo de parto natural, pero en una vivienda que no estuviera metida entre las montañas. La joven, sin embargo, empezó a sentir contracciones cinco semanas antes de lo previsto y todos sus planes saltaron por los aires.

A las ocho de la mañana de aquel día nevado —guarecidos sus compañeros en la aventura de repoblar Matavenero dentro de sus tipis de tela, o en lo que quedaba en pie de las antiguas casas del pueblo después del incendio que había sufrido una década atrás durante un festejo de cazadores— se hizo evidente que la parturienta iba a necesitar al menos la ayuda de una matrona.

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Uli y Ana Tazgern en su casa de siete esquinas. L. DE LA MATA

A Germán Duce, canario que venía de residir en Valladolid y primer alcalde del nuevo Matavenero, y a Lotsche Hartliep, ya fallecido, no les quedó más remedio que descender las montañas cubiertas de nieve hasta Bembibre. Siete horas tardaron en volver con ayuda. Siete horas en las que tuvieron que cambiar de vehículo porque el todoterreno de la Cruz Roja que los subía con una matrona y una auxiliar —y no dos médicos, como publicaría después la prensa— tenía los neumáticos en mal estado.

 

«Eran dos chicas muy asustadas. El médico les había dicho que me sacaran de allí, pero yo no me podía mover. Se miraron la una a la otra y se preguntaron; ‘¿Y qué hacemos con ella?». Al final, la matrona hizo lo que le habían enseñado y Pablo, que hoy vive en Madrid y es traductor como su madre, nació sano.

 

Aquella utopía, porque lo ha sido, y quizá todavía lo sea de alguna forma, había comenzado en el verano de 1988, durante la celebración en la campa de Fasgar, por encima de Colinas del Campo, del Encuentro anual Raibonw; un movimiento internacional vinculado con comunidades alternativas como la de Christianía en Dinamarca, o la de Santa Bárbara en Alemania, herederas del pacifismo y el ecologismo hippie de los años sesenta.

 

«Leímos una lista de pueblos abandonados en el periódico», contaban esta semana en su casa edificada sobre una antigua cuadra de Matavenero el músico alemán Uli Wuttke, uno de los pocos pioneros que siguen viviendo en la aldea después de treinta años, y su pareja la austriaca Ana Tazgern, para recordar el momento en que tomaron la decisión de repoblar uno de aquellos lugares de lo que hoy llamamos la España vacía.

 

Camino de su trabajo actual en una finca ecológica de Menorca, Germán Duce —que se fue de Matavenero en 1995, frustrado porque la comunidad no se ponía de acuerdo para crear una cooperativa forestal que sirviera de autoempleo al pueblo— también le cuenta por teléfono a este periódico cómo el movimiento Rainbow hizo un llamamiento internacional que reunió a doscientas personas interesadas en participar en una hipotética repoblación. Puso en alquiler su piso de Valladolid y se unió a un primer grupo junto a Nina, Uli y Lotsche, los alemanes Henning Bethge y Heinz Vzwecr, y, procedentes de Christianía, el suizo Martin Brandli y el norteamericano Jeff Blossom, para empezar a localizar aldeas deshabitadas. Nina realizó el trabajo de campo y todavía guarda un cuaderno con aquellas localizaciones, cuenta el que por entonces era alcalde de Torre del Bierzo, el hoy concejal Melchor Moreno, uno de los mayores valedores de aquellos jóvenes entusiastas.

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Cristina Voces, única berciana de Matavenero, hace conservas. L. DE LA MATA

 

Después de comprobar que en Los Montes de la Ermita, los antiguos propietarios de las casas se oponían a su desembarco, probaron con Matavenero y Poibueno, deshabitados desde 1965 y, sobre todo el primero, convertidos en refugio de cazadores. Así fue como un buen día se plantaron a la puerta del despacho del entonces vicepresidente de la Diputación de León, Matías Llorente, con competencias en desarrollo rural, convencidos de que había un plan para repoblar aquellas aldeas abandonadas que aparecían en la lista del periódico. «Nos agarramos a este hilo, pero no había ninguna convocatoria, ni ningún presupuesto detrás», recuerda Germán Duce.

 

«En realidad era un estudio sobre la despoblación», puntualizaba ayer Llorente, que entabló amistad con aquellos hippies de pelo largo, desaseados y a veces descalzos —aunque Nina cuenta entre risas que «unos kilómetros antes de León» solían parar el coche y se ponía ropa de vestir para dar buena impresión— que tantos prejuicios causaban en otros miembros de la Diputación. Llorente les orientó. «Les dije que la propiedad en este país es sagrada y que tenían que ver la posibilidad de que los dueños renunciaran a ella o la cedieran». Y a continuación citó en su despacho al alcalde de Torre para pedirle ayuda.

 

«Llorente quería evitar que hubiera problemas con los antiguos vecinos», explicaba esta semana Melchor Moreno. «Yo tenía 31 años, también era un poco hippie y me gustaba el proyecto», añade. Había que convencer a los antiguos propietarios de que la idea del movimiento Rainbow era buena y sus miembros gente de fiar. Y lo consiguieron, sin necesidad de comprar ninguna propiedad —lo que hoy no deja de ser una debilidad para la comuna, admite Duce— y con la ayuda de Moreno, que dejaría de ser alcalde en 1991, y del concejal Nicanor Calvete. «El resto de la corporación se oponía», recuerda el antiguo regidor.

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Alba Torre, visitante, haca malabarismo. L. DE LA MATA

A los cazadores tampoco les gustó que Matavenero volviera a estar habitado. El 27 de septiembre de 1989 la comuna había empezado a andar y a veces se oían disparos muy cerca de la aldea para amedrentarles. Durante el primer año, la Guardia Civil también subió a verles, pero esgrimieron, recuerda Nina, el anteproyecto que habían presentado en la Diputación. «Nos sirvió de escudo». Con el permiso de los antiguos pobladores —en San Facundo vivían los dos ultimos habitantes de Matavenero, Avelino Morán ‘Patazumba’ y Luis Morán ‘Picalinas’, que se habían ido del pueblo en 1965, y también la señora ‘Maruchina’, que les cedió su casa abandonada y a la que recuerda con mucho cariño Uli Wutkke— el siguiente paso fue reflotar la Junta Vecinal.

 

«En la asistencia a municipios de la Diputación jamas me dieron una información correcta», asegura, muy crítico, Germán Duce, el único español de aquel grupo de pioneros, que se echó sobre la espalda la responsabilidad de todo el papeleo y acabó por ser el primer alcalde de Matavenero. Y en Torre, hubo quien les hizo creer que la Junta Vecinal, titular de las tres mil hectáreas de montes comunales se había disuelto. No era cierto. «Las administraciones nos mintieron como a bellacos. Rechazaban nuestro aspecto. Si hubiéramos ido con doscientos mil euros de inversión para hacer un hotel no nos hubiéramos encontrado con tantos prejuicios», se lamenta Duce.

 

Al final lograron crear una agrupación electoral, apolítica, y se presentaron a las elecciones de 1991. Desde entonces, Matavenero y Poibueno son una Junta Vecinal legalmente constituida, con escuela —estos días construyen una casa exagonal para la maestra actual—, biblioteca, ropero, comedor comunal y panadería. «Un pueblo más de la provincia de León», recalca Matías Llorente. «Solo aceptaron una subvención para la traída del agua», asegura Melchor Moreno. Y hoy Matavenero cuenta con agua corriente, electricidad —prácticamente todas las casas tienen paneles solares—, un teleférico para bajar los materiales y la Diputación ha cumplido la promesa que les hizo Llorente. «Me pidieron que nunca asfaltáramos la pista del pueblo».

 

En Matavenero y Poibueno —que ya preparan una fiesta de tres días para celebrar su 30º aniversario— viven ahora más 60 habitantes de forma permanente, calcula Wuttke. Y en estos años han nacido más de 50 niños, aunque la nueva generación prefiera acudir ahora al hospital, reconoce el músico que se gana la vida en el grupo celta Rapax. Lejos quedan los días de la nieve, cuando llegó Pablo. O los del tipi donde seis meses después nació Kevin, el primer hijo de Uli —hoy esquilador profesional que ha pasado temporadas de trabajo en Nueva Zelanda— y fue el músico, orgulloso, el que se encargó de cortarle el cordón umbilical que todavía le unía a su madre.

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Biblioteca de Matavenero. JESÚS F. SALVADORES

Matavenero, 30 años de utopía... escondida entre las montañas