miércoles. 08.02.2023
Mi tío Celso López Gavela llegó a Ponferrada en 1956 y abrió un bufete con su hermano José Ramón en la avenida de España, en una vivienda que había alquilado mi padre a un señor misterioso llamado Palao, del que sólo recuerdo su bastón y el bronce de su calva. Este Palao debió morir poco después del nacimiento de aquel bufete, y también de un periodo de muchos mimos y regalos para mi hermano Carlos y para mí, pues éramos los únicos niños de aquel hogar-despacho donde vivían mis padres, mis dos tíos y mi tía Loly. Era un tiempo en que Ponferrada era pura ciudad del Dólar, y la avenida de España su calle más «chic», aunque en su trasera sonaba el estruendo de un taller de chapa y pintura, regido por un anciano de peto azul y camisa de cuadros blancos y rojos que parecía un veterano de la conquista del Oeste. Mi tío Celso fue un abogado muy cuidadoso y escuchador. Le gustaba el sosiego del derecho civil y era poco propicio al tráfago de los juzgados. Atento lector de la jurisprudencia, me confesó alguna vez que su vocación no era la abogacía, sino la judicatura, y de ahí nos pasábamos enseguida a hablar del mundo y de la infancia, de la política y las letras a la vez que contemplábamos por la ventana de su despacho las obras del polígono de las Huertas, cuando ya convivían el primer cemento y la grava con las últimas acequias y los bancales de hortalizas. Luego vino la política, y ahí Celso López Gavela encontró un nuevo y solidario modo de expresarse. De realizar su vocación pública con imparcialidad y rigor, con energía y eficacia. Y todo ello sin dejar de ser nunca ese hombre cálido y secreto que ama la soledad y los libros. Mi tío Celso se encontró Ponferrada a medio hacer y al resto del municipio como una demarcación del tercer mundo. Manos a la obra, le tocó la tarea más dura y menos lucida, aunque también la más imprescindible: pavimentos, colectores, canalizaciones, alumbrados, etc. Luego ya vinieron los parques, los edificios comunitarios, el palacio de justicia y muchos otros logros, amén de librar a Ponferrada de la camisa de fuerza de la MSP: un latifundio de piedras que cercenaba la expansión más natural de la ciudad. Mi tío Celso fue el primer alcalde democrático después de la larga noche de Franco y ganó cuatro veces seguidas las elecciones municipales hasta que se retiró en 1995. Por todo ello, y porque siempre ha sido un hombre de bien y de la memoria, de la rectitud y del buen consejo, del sentido del humor y de la independencia, acaban de rendirle un homenaje en Ponferrada al que me adhiero algo tarde, pero creo que todavía a tiempo.

Mi tío Celso
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