domingo 13/6/21
Los poblados mineros (6)

El poblado de la torre de piedra y la malagueña que ha vuelto a ver a su madre

Antracitas de Gaiztarro y el Ayuntamiento impulsaron en 1956 la construcción de más de 700 viviendas mineras en Toreno y en Matarrosa, a la sombra del antiguo ‘palacio’ de los Condes de Toreno
‘Geni’, comerciante de Toreno, posaba en torno a 1957 sobre una vespa con las viviendas del poblado de ‘Las Obras’ en construcción a su espalda, una promoción del Ayuntamiento y Antracitas de Gaiztarro. CORTESÍA DE PACO VUELTA

Dos poblados mineros entrelazados por las vetas de Antracitas de Gaiztarro. Un mecánico que combatió por la República y huyó de Asturias para no ser represaliado. Dos hermanas de ojos claros, sus hijas, que caminan ocho kilómetros todos los sábados. La sombra de una torre de piedra. La huella de un conde ausente. Una pareja de septuagenarios que usa las botellas de plástico como invernaderos improvisados. Y un comerciante sentado en una vespa, con la corbata en blanco y negro.

Y hay más. Un motero manco que fue picador antes de trabajar en otros oficios «de titiritero» y que le da de comer macarrones y arroz blanco a sus gallinas. Once mujeres de una misma familia, a punto de segar la hierba, encerradas en una fotografía. Una niña con trenzas y su hermano pequeño sobre el lomo de un asno, también atrapados por el paso del tiempo. Y una malagueña criada en el Bierzo minero que atraviesa España con el final del estado de alarma para reencontrarse, nueve meses después de su última visita, con su madre de 96 años, sana y salva en una residencia de Páramo.

Paco Vuelta, junto a la torre de los Condes de Toreno. L. DE LA MATA

Si la historia de los poblados de Toreno y Matarrosa del Sil —los barrios que todo el mundo conoce como ‘Las Obras’ y ‘Las Casas Nuevas’— fueran una madeja, estos son los hilos de los que vamos a tirar. Y el hombre que nos va a ayudar a hacerlo se llama Paco Vuelta y hace años que escanea viejas fotografías de los dos pueblos para publicar una crónica visual del municipio de Toreno. Vuelta, que de jovencito ayudó al investigador Francisco González a editar un trabajo etnográfico sobre El habla de Toreno — «llevábamos una grabadora que pesaba más que yo», recordaba ayer— repite ahora un paseo similar por las dos barriadas mineras con el periodista, que solo lleva un bolígrafo y una libreta.

Y el recorrido comienza a la sombra de una torre medieval, en mitad de una pradera cercada por un muro de bloques de cemento. Le llamaban ‘el palacio’ porque perteneció a los condes de Toreno. Tiene una puerta fortificada con arco de medio punto y «un tejado postizo» que sustituyó a las antiguas almenas después de un incendio hace un siglo. «Hoy es un palomar, propiedad particular», dice Vuelta antes de relatar cómo en los años cincuenta, cuando Toreno «era un hervidero de gente, andaluces y extremeños» que venían a trabajar en el carbón, el viejo torreón de piedra acogió a más de una familia ante la escasez de vivienda.

Agustín Liete y Dolores García, a las puertas de su casa en  el poblado de Toreno. L. DE LA MATA

La situación se volvió tan preocupante que la empresa Antracitas de Gaiztarro, la mayor de la zona con 1.500 mineros en sus años de esplendor, y el Ayuntamiento, que por entonces encabezaba el médico Manuel García Casas, se pusieron de acuerdo para construir el poblado. «La única condición que puso Antracitas de Gaiztarro es que sus mineros tuvieran preferencia a la hora de repartir las viviendas», asegura Vuelta, que trabajó durante 20 años en el economato de Alinos y otros 12 en las oficinas de la empresa.

El mecánico de Gaiztarro

Para 1958 el poblado Manuel García Casas —su nombre oficial es el de aquel alcalde— ya era una realidad. Junto a las viviendas de planta baja se levantaron también bloques de apartamentos de menos de cincuenta metros cuadrados como en el que viven desde hace medio siglo la pareja de jubilados formada por Dolores García González y Agustín Liete Da Nota. Agustín, que tiene 78 años y fue mecánico en Antracitas de Gaiztarro, procede de una familia portuguesa de la zona de Braga. Cuando se casó con Dolores ocupó una vivienda que ya es de su propiedad. «Pagamos 15.000 pesetas, vaya si me acuerdo», afirma Dolores García. Cuando los dos se encuentran con Paco Vuelta y el periodista, llovizna, y cobijados por sendos paraguas, se disponen a caminar hacia la huerta y el gallinero que tienen a las afueras con una bolsas llena de garrafas de plástico. «Mi hijo las corta por la mitad y las coloca sobre los tomates para que no se hielen», cuenta Dolores, que parece contenta.

Las hermanas Susana y Nieves Iglesias, tras el paseo de los sábados. L. DE LA MATA

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Una amiga le acaba de prestar a NIeves Iglesias tras el paseo el último Premio Planeta. C. F. C

—¿Y qué tal viven aquí?

Cerradas todas las minas de carbón, Toreno cuenta ahora con la mitad de la población que tuvo en su momento de mayor expansión, cuando rondó los siete mil habitantes. Pero Dolores García no se corta a sus 70 años.

«De puta madre, hablando en plata», responde con espontaneidad. Y como el periodista no puede evitar una corta carcajada, añade. «Tenemos nuestra pensión y aquí estamos tranquilos. Si digo lo contrario, miento, pero no ponga lo de ‘de puta madre’, que queda feo», se arrepiente. Al final, el periodista la convence para que no se moleste cuando lea el periódico.

Manuel Blanco y Pedro Gallego, con el brazo impedido tras su accidente de moto, a punto de dar de comer a sus gallinas en Matarrosa. L. DE LA MATA

En otro bloque de pisos, las hermanas Nieves y Susana Iglesias están a punto de entrar en la casa donde vive la primera, vestidas con ropa deportiva después de su paseo de los sábados. Son dos de los 11 hijos de Rodrigo Iglesias, ex combatiente republicano que emigró de Mieres después de la guerra —y de pasar por dos campos de prisioneros y la Legión para ‘limpiar’ su expediente— por el miedo a sufrir represalias. Rodrigo fue mecánico, sobre todo, en la mina de San Luis, pero se le daba tan bien que a menudo le llamaban de otras explotaciones para sacarles de un apuro. «Era un manitas», recuerda Susana, el pelo rojo, los ojos claros, cuando rememora el día en que su padre le arregló la cintra transportadora a Antracitas de Gaiztarro.

Recién llegado de Asturias, Rodrigo Iglesias conoció a Amelia Díez, poco más que una adolescente de San Pedro Mallo, en la mina de San Luis, donde ella acarreaba cestas. Y su historia de amor comenzó con unas «notitas» que Rodrigo le hacía llegar a Amelia. ‘Me gustaría hablar contigo —le puso en una—. Si es que sí, me envías una flor’. Y Amelia le envío una flor amarilla sin que Rodrigo supiera que «el amarillo significaba calabazas», cuenta Susana. Y el periodista la imagina sonriendo —los ojos le brillan— debajo de la mascarilla.

Once mujeres de la familia Álvarez, a punto de segar la hierba en la pradera donde poco después edificarían el poblado de Matarrosa. CORTESÍA DE PACO VUELTA

El hilo del poblado de ‘Las Obras’ nos lleva ahora a la carretera principal que conduce a Matarrosa. Allí posó, en torno a 1957, el comerciante Eugenio —en Toreno todo el mundo le conocía por Geni, pero Vuelta no recuerda su apellido— en una foto en blanco y negro donde se aprecian ‘Las Obras’ del poblado en construcción. Y Geni, que tuvo tienda de ultramarinos «donde vendía de todo», y moriría años después en un accidente de tráfico, se fotografiaba aquel día con traje y corbata a lomos de una vespa que «no era suya», comenta Vuelta. Las familias que iban a habitar aquellas casas, sin duda, eran los futuros clientes de su próspero establecimiento.

En Matarrosa del Sil

Y en moto se movía, hasta que un accidente de tráfico le dejó impedido del brazo derecho, el antiguo picador de Antracitas de Gaiztarro Pedro Gallego Pérez, sorprendido mientras camina por el poblado ‘gemelo’ de Matarrosa del Sil con un caldero de sobras para alimentar a sus gallinas. Gallego se define a sí mismo como «un titiritero» que ha trabajado en el carbón y en la pizarra, en la obra civil y en una empresa de reparación de maquinaria. Hasta que durante un paseo en su Suzuki 600, un coche le dio en la rueda trasera, se fue al suelo y se golpeó el brazo con una guardabarreras, el gran enemigo de los motoristas. Gallego, que a sus 53 años vive solo y paga un alquiler en el poblado, echa de menos la moto. «En cuanto oigo una se me engachiflan los pelos, para un día que iba bien...», se lamenta con la mascarilla en la barbilla y sin perder la sonrisa.

La niña Gelines y su hermano Juanjo, a lomos de un asno, recién construido el poblado de Matarrosa. CORTESIA DE PACO VUELTA

El poblado de 300 viviendas en Matarrosa —casi se podría considerar una continuación del de Toreno— se edificó sobre un campo de hierba. En una de las viejas fotos que recopila Vuelta, once mujeres de la familia Álvarez sonríen al fotógrafo antes de la construcción. Sus nombres son de otra época. Bertila (que sostiene un botijo), Felines, Felicidad, Encarna, Virtudes, Ernestina, Isabel... Vuelta apenas conoce, sin embargo, los nombres de la niña de las trenzas, Gelines, y su hermano a lomos de un asno, Juanjo, que solo unos años después aparecen en otra fotografía tomada en el mismo lugar con el poblado ya construido.

Mari Carmen Doña ha recorrido 900 kilómetros desde Málaga junto a su pareja, Bernardo Martín, para ver a su madre de 96 años tres el estado de alarma. L, DE LA MATA

Los que sonríen bajo la mascarilla, ya estamos al final de la madeja, son una pareja de Málaga que, acabado el estado de alarma, ha conducido durante nueve horas para plantarse en Matarrosa. Se alojan en la casa familiar donde Antonio Doña, barrenista de Antracitas de Gaiztarro natural de Nebrija, vivió con su familia. «Hemos venido a ver a mi madre Ana, que está en la residencia de Las Nieves en Páramo», dice Mari Carmen Doña, criada en el poblado, desde donde hizo el viaje de vuelta a la tierra de sus padres cuando creció. Mari Carmen, que trabaja en una panadería, no veía a su madre, de 96 años, desde agosto. Y confía en que en la próxima visita ya pueda estar con ella sin distancias, sin mascarillas.

La pareja se va. Entonces suena un claxon, aparece una furgoneta que vende fruta. Suena otro claxon. Y el final del hilo nos lleva a un panadero ambulante —parece un guiño al oficio de Mari Carmen—mientras los vecinos salen a la calle a comprar y el periodista descubre toda la vida que brota de Las Casas Nuevas.

El poblado de la torre de piedra y la malagueña que ha vuelto a ver a su madre
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