jueves. 09.02.2023
Al alza

La uva del pasado que da vinos de futuro

La variedad autóctona Merenzao encara una nueva etapa tras ser reconocida como parte de la DO Bierzo y el primer vino monovarietal ya está en el mercado Cantariña es la primera bodega en pujar por él y ampliará en 2021
Santiago Ysart, de Cantariña Vinos de Familia, en la plantación de Merenzao, en Villafranca del Bierzo. L. DE LA MATA

Si algo ha quedado claro en los últimos años en el Bierzo es que el vino es mucho más que vino. Es patrimonio en el sentido más amplio de la palabra. Y ese sentido es lo que está detrás del auge que la Denominación de Origen Bierzo ha experimentado.

El secreto está en la tierra, en la raigambre, es el respeto a la tradición en el cultivo y el cuidado de la vid. El camino hacia el futuro pasa por volver al pasado y ese plan está blindado en el nuevo pliego de condiciones del Consejo Regulador.

Un reglamento que recoge, entre otras cosas, el reconocimiento de la variedad autóctona Merenzao como parte de la deó. Y el primer vino monovarietal ya está en el mercado. Cantariña Vinos de Familia ha sido la bodega más madrugadora para darle a esta uva el lugar que merece, más allá de un añadido a la Mencía imperante.

300 botellas

Es la producción que ha salido de la añada de 2019 y se vende principalmente a restaurantes exclusivos

La uva tinta que en el Bierzo quedó relegada a un segundo plano por su delicadeza y su baja productividad encara ahora una nueva etapa como símbolo de lo que la comarca quiere hacer en el sector vitivinícola. Hasta ahora, han salido 300 botellas de algo más de un tercio de hectárea cultivado en la viña de los Pinos, en el paraje de Las Gundiñas de Villafranca del Bierzo, al pie del Camino de Santiago; pero el proyecto crecerá en 2021 con la plantación de una hectárea más y hay otras bodegas en proceso de hacer lo mismo. Lo que un día fue visto como una debilidad, se ha convertido en una fortaleza por la nueva forma de concebir el vino, la que da un peso mayor a la calidad que a la cantidad.

«El Merenzao aporta ese patrimonio histórico que se refleja tanto en la manera de hacer las cosas, como en la propia identidad de lo que tenemos en nuestras viñas. Desde ese punto de vista, recuperarlo es fundamental, aunque sea en viñedo nuevo como hemos hecho nosotros. Mantener esa variedad dentro del portfolio de nuestros vinos es algo que nos da identidad y nombre», explica el gerente de Cantariña, Santiago Ysart.

Empezar de cero

Entre sus viñedos a penas quedan un par de cepas centenarias de Merenzao, como sucede a nivel general; por lo que la apuesta por esta uva ha exigido empezar de cero, con una plantación nueva en espaldera. «En 2016 hicimos la plantación y la primera añada en salir al mercado es la de 2019», explica.

Hace tan solo unos días, un estudio de calado nacional avalado por la Universidad Complutense de Madrid ponía de relieve el trabajo realizado en la DO Bierzo para ligar el vino a la tierra y profundizar en el arraigo que permite vender más botellas en el mercado exterior. Esa es la base de la labor del Consejo Regulador y de las bodegas y el Merenzao es parte del camino andado.

«El futuro es el pasado, no en cuanto a que haya que volver a prácticas de la Edad Media, pero sí en entender el potencial que tiene la tierra, sí en descubrir que haciendo algunas cosas de manera más basada en el pasado se consigue mejor calidad. Y en el caso del vino en el Bierzo, que esa calidad sea el motor de una nueva generación que se enganche a un trabajo tan sostenible si se hace bien como es la agricultura. Para eso hay que subirse en una rueda de calidad», defendió Ysart, que pone de relieve la importancia del nuevo pliego de condiciones en ese reto.

«Quedan muy pocas cepas de Merenzao centenario y la mayoría están desperdigadas en medio de los viñedos de Mencía. Básicamente, pensamos que fue abandonada en la segunda mitad del siglo XX porque tiene dos características que la hacen más débil. La primera es que produce poco. Es una variedad poco productiva con racimos muy pequeños y, desgraciadamente, en aquellos años a la gente le importaba más el volumen que la calidad. Además, es bastante sensible a enfermedades. Tiene la piel muy fina y eso hace que los hongos le ataquen más fácilmente», explicó el gerente de Cantariña.

No obstante, los contras no empañan los méritos de una uva emparentada con la variedad Trousseau, originaria de Francia. De hecho, su presencia en el Bierzo está ligada a los peregrinos que atravesaban la comarca hacia Santiago. «Los vinos de Merenzao son más delicados que los de Mencía. Tienen un potencial aromático distinto, más fragante. A parte de mucha fruta, en particular fresa, tienen muchos toques florales, de pétalos de rosa en concreto. Luego, tiene un perfil más agradable y suave en el paladar que la Mencía», explicó Santiago Ysart. «Sabe a piruleta y eso lo hace muy apetecible», resumió.

De momento, la pequeña producción de Merenzao de Cantariña Vinos de Familia está destinada a canales concretos y muy exclusivos, principalmente restaurantes que «se preocupan por buscar vinos únicos y ayudan a contar la historia que representa el vino del Bierzo», subrayó Ysart. «Nos gustaría haber hecho mucho más porque la acogida está siendo muy buena, pero es lo que hay».

Si bien el cultivo de esta variedad histórica exige un esfuerzo mayor para asegurar que los racimos están bien aireados y evitar, en la medida de lo posible, el daño por hongos —en eso ayuda la conducción en espaldera—, la elaboración del vino sigue el mismo proceso. En el caso de Cantariña, «sigue una mentalidad de respeto total a la viña. Lo que hacemos es obsesionarnos por conseguir la mejor calidad de uva para hacer lo menos posible en bodega. Eso incluye fermentaciones espontáneas, con levaduras autóctonas, sin aditivos más allá de sulfitos», afirmó el cuarto de cinco hermanos que en 2015 decidieron recuperar las riendas de las viñas familiares para hacer vinos con identidad propia.

La uva del pasado que da vinos de futuro
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