miércoles 21.08.2019

En los carteles han puesto un nombre...

El debate sobre la posibilidad de que los rótulos de las vías públicas figuren también en leonés evidencia otros detalles y faltas relacionadas con el callejero capitalino: son pocos los que proporcionan información sobre aquello a lo que aluden, la diversidad de tipologías es enorme, abundan los errores ortográficos no subsanados....
En los carteles han puesto un nombre...

e. gancedo | león

Quien pase por delante del escaparate de cualquier librería o curiosee en sus estantes puede toparse, estos días, con un libro de potente título, Por qué perdimos la guerra, firmado por Diego Abad de Santillán. Lo ha reeditado el sello Almuzara con el subtítulo de Una contribución a la historia de la tragedia española y, si el lector bucea un poco más en la biografía de su autor, sabrá que nació en Reyero, en la Montaña del Porma, en 1897, y que fue uno de los ideólogos más importantes del anarquismo en España, con una treintena de obras publicadas y un aparato teórico que hoy sigue siendo objeto de estudio y debate.

En la capital leonesa tiene una calle a él dedicada aunque la placa lleva más de veinte años, desde su misma colocación, ostentando un error, ‘Abad de Santullán’, se lee, quién sabe si por confusión con el Santullano ovetense, y además carente del nombre propio, lo cual parece indicar un cargo eclesiástico; nada más lejos de la realidad de este intelectual del anarcosindicalismo que eligió esa firma para ocultar sus patronímicos: Sinesio Baudilio García Fernández.

Un fallo que hace ya trece años denunció la asociación cultural Raigañu junto a otra veintena de rótulos capitalinos con confusiones e inexactitudes de diverso tipo, pocos de los cuales han sido enmendados hasta la fecha. Abundan los equívocos ortográficos pero en algunos casos se yerra tanto en nombres como en apellidos. «Estos términos son parte de nuestra historia —reflexionaban, en aquel entonces, desde el colectivo—, de modo que cambiarlos supone un atentado a la historia y a la identidad de la ciudad». El caso de Abad de Santullán es también significativo en torno a un déficit muy propio del callejero leonés: la ausencia de información, aunque sea escueta, sobre el personaje, el territorio, la batalla, la fecha, el monumento o el topónimo al que aluden, algo que muchas otras ciudades evitan, por ejemplo, con una o dos palabras entre paréntesis. Así, en Pamplona, capital de otro viejo reino, bajo el nombre de un monarca se suele indicar ‘rey de Navarra’ y su fecha de nacimiento y muerte. El ejemplo viene al caso dado que en los carteles de la capital navarra también consta ‘kalea’, calle en euskera (o ‘etorbidea’, avenida). Aquí, el pleno municipal del pasado mes de julio aprobaba que las placas que se renovasen o creasen de nuevo irían en color púrpura y, además de en castellano, también en leonés, aunque aún no hay acuerdo en torno a qué término equivalente a ‘calle’ en el idioma romance se escogería (cai, cal.le, caleya...). Parece que, antes de esa cuestión, existen otros problemas y situaciones que se arrastran desde hace tiempo. Unos son los errores y otro, la extrema variedad en cuanto a formas, colores y tipologías: a los viejos carteles azules —algunos muy defectuosos— se suman los de bronce, relacionados con el Camino de Santiago; los de cerámica de tonos claros de El Ejido y los barrios en expansión; el ‘callejero histórico ciudad de León’ cuyos textos redactara el ya fallecido cronista Luis Pastrana y hasta antiguas tipografías estampadas en la propia piedra.

También se cuentan placas singulares instaladas con algún motivo concreto, como la que se refiere a la famosa Calle de la Sal, ‘la de los treinta pasos’ que cantara el poeta Pérez Herrero, y que añaden diversidad a un panorama ya de por sí múltiple. Además, hay casos extremos: una de las calles más angostas de la ciudad recibe hasta tres o cuatro nombres diferentes: el oficial es calle Don Gutierre (pero arranca en la calle Corta, que es realmente corta, y hay quien cree que se refiere a ella), aunque ostenta otros dos muy populares, producto de su antigua condición prostibular: Apalpacoños y El barranco.

«Las ambigüedades y confusiones —aseguraban desde Raigañu— causan malestar en los vecinos que viven en estas vías. Hay gente que ha visto cómo, de un día para otro, el nombre de su calle ha variado». Y así, en el inventario que habían diseñado y enviado al Ayuntamiento sin que se les haya hecho caso alguno, figuraban las calles de las Cantarranas, del Santo Tirso, de la Batalla del Clavijo, etcétera.

De todos modos, el mundo del callejero tiene muchos más recovecos y trastiendas de lo que parece. El archivero e investigador Alejandro Valderas, que fue concejal de Cultura hace una década, recordaba a este periódico que no resulta cosa demasiado fácil ni rápida modificar el nombre de una calle, aunque se trate de una simple letra: «El cambio tiene que tener el visto bueno del Gobierno central, dado que afecta a la estadística general y, por tanto, a la información contenida en las declaraciones del IRPF. Eso sí, el Ayuntamiento tiene que iniciar el trámite», explicaba quien en su día ya avisó de estos fallos. Pero también quien propuso, desde el grupo municipal de su partido, la UPL (y quien apoyó ciertas propuestas de otros) nuevas denominaciones para vías recién abiertas o calles privadas que no tenían bautizo: entre los que se aconsejaron y no prosperaron, los de la etnógrafa Concha Casado, el actor Viggo Mortensen, el pintor José Vela Zanetti, el diputado regionalista Francisco Molleda, la Región Leonesa, el empresario David Álvarez, el ciclista Senén Blanco, el erudito José María Fernández Catón... Además, Valderas denuncia que no todos los carteles históricos diseñados por Pastrana se llegaron a instalar: por problemas económicos, hasta 40 de ellos, ya creados, quedaron en el almacén.

En los carteles han puesto un nombre...
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