jueves 19/5/22

Hace ahora 300 años, cuando, gracias al comercio con América, Cádiz disfrutaba de su mayor esplendor económico y social, la ciudad comenzó a construir una nueva catedral, un icono que, desde su misma inauguración y hasta hoy, lucha contra un enemigo tan minúsculo como implacable, la sal. Tras 116 largos años construcción, el mal de la sal que sufre esta imponente catedral, única representante en España del estilo barroco moderno e inspiradora de muchas otras, dio la cara apenas fue inaugurada, en 1838.

El origen de su problema «congénito» forma parte también de su belleza, su cercanía al mar, porque pocas catedrales hay tan próximas a la orilla del océano. Tan próxima que el pozo del que se extrajo el agua para su construcción, ubicado en su cripta, era de agua dulce o salada dependiendo de las mareas.

En su construcción también se emplearon arenas de playa para fabricar los morteros, impregnadas de sal, con lo que la cal no acaba de fraguar nunca. El gran almacenamiento de sal que por ello tienen las paredes y bóvedas de la Catedral Nueva, como se la conoce, se hace más dañino aún con un clima como el de Cádiz. «La sal en estado sólido es inerte. El problema es que la humedad de la ciudad la disuelve, y al secarse de nuevo con sus vientos, vuelve a estado sólido, con un aumento de volumen, lo que produce roturas», explica a Efe el arquitecto Juan José Jiménez Mata.

La catedral de Cádiz continúa su batalla contra la sal
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