viernes 3/12/21
Antonio Gamoneda cumple 90 años

«Un mundo equilibrado en términos de justicia y solidaridad me haría feliz»

Antonio Gamoneda sigue escribiendo todos los días. Ahora está embarcado en un ‘libro de los olvidos’, lo que podría ser una continuación de sus memorias. Solo le interesa la Feria del Libro para apoyar a los libreros que lo están pasando mal. Se queda con los clásicos. Y explica que revisa continuamente su poesía porque cambia como el cuerpo humano.
Imagen de archivo del poeta leonés Antonio Gamoneda, que el domingo cumple 90 años. DAVID FERNÁNDEZ

—¿Qué le hace feliz a los 90?

—Tanto como hacerme feliz.... En este Planeta, y quizá no voy a tener otro, no aspiro a la felicidad, que es una idea. A conformidad con un número aceptable de momentos en lo que me queda de vida, sí. Ahora mismo, me hace feliz la salud y la bondad de quienes más cerca están de mí, lo que es mi familia carnal, que son ya tres generaciones. Tanto la felicidad, como el motivo de la felicidad, no pasan de ser una idea. Un mundo equilibrado, en términos de justicia y solidaridad, me haría feliz, pero no hay de eso.

—¿Sigue escribiendo todos los días?

—Sí. Y con esto del ‘bicho coronado’, incluso la única manera de defensa de este enclaustramiento feroz, para mí ha sido trabajar mucho. Eso ha creado una especie de centro de interés en la intimidad y en las cuatro paredes de la casa y disminuye la nostalgia del aire libre y las relaciones con los amigos, aunque no la elimina completamente. El trabajo es, quizá, la única defensa en una situación como esta. Quien no lo entendiera así y se acomodara en la holganza, andará muy cerca de la depresión.

—¿La pandemia nos cambiará en algo?

—Sí, pero no va a volver las cosas del revés. Las relaciones humanas no van a revertir a un estado natural de justicia y solidaridad. Algo va a ocurrir, sí; está ocurriendo ya. Nos hemos acostumbrado a delegar este asunto en las instituciones —y unas las hacen mejor que otras—, pero no es eso lo que sería un paso que podría compensar tanto sufrimiento y tanta muerte, sería un regreso a la naturalidad humana, que pienso yo que es el mundo de la empatía, pero creo que no va a producirse una vuelta de la sensibilidad y la conciencia tan acusada. Hubiera merecido la pena, pero no. Algo va a dejar, y puede que no sea malo, pero será poco.

—¿Con el libro de la ‘La pobreza’ se acabaron sus memorias?

—Tengo una edad que no parece propicia a proyectar muchos libros en futuros inmediatos o lejanos, pero dentro de esa perspectiva, que yo sé que no es larga y que puede ser cortísima —y todo sería natural—, he iniciado un libro que no sé cómo lo titularía, porque es un libro de olvidos. Lo que voy recuperando, que se escapó de las memorias y que tiene un sentido, es posible que vaya creando un original. No sé qué extensión tendría ni cuánto tiempo necesitaría para recuperar una cantidad estimable... pero algo hay, al menos la voluntad.

—¿Es posible y necesario olvidar y perdonar?

—El olvido es muy difícil. Cuando se habla de olvidar, es una especie de figura retórica. El olvido no existe así como así. Y perdonar, depende de qué. Perdonar a los que nacieron explotadores de sus compatriotas y murieron explotando o a los dictadores, como nuestro viejo caudillo, que bien se pudra, ¿habría que perdonarle a ése? Creo que se puede perdonar a quien realmente lo merezca y no se oponga con su personalidad siniestra él mismo a los perdones. Olvidar, no se olvida, pero sí se puede perdonar; es un acto de voluntad.

—¿Cuál es la obligación moral del poeta?

—La misma que la de cualquier ciudadano honorable, estar en este mundo de una manera que sea justa, ecuánime y solidaria. Esa es la primera obligación, pero el poeta también tiene obligaciones secundarias; y una de ellas es la de no falsificar su poesía, en términos tendenciosos. En otro terreno, pero al mismo nivel de exigencia, que su poesía no sea una invitación al mal, a la violencia. En los fascismos y en el nazismo hay una poética que está más cerca de la crueldad que de la solidaridad. Esa poética es falsa, no es verdadera poesía. —¿El poeta debe ser inocente?

—No estaría mal, pero generalmente no lo es. Es cierto que los grandes poetas, de alguna manera, en las situaciones creativas, tienen un estado de conciencia que se aproxima mucho a ser inocente. Como si la información cultural que existe sobre las realidades no fuera poéticamente válida toda ella. Aunque ocurra solo provisionalmente, puede que el poeta, en ese momento de la creación, sea inocente. No creo que haya poetas que sean inocentes las 24 horas del día.

—Tanta lucha, ¿para qué?

—El poeta también es padre, compañero, amigo, ciudadano. La poesía no espera retribución alguna, ni en términos económicos ni, desde luego, existenciales de lograr algo. Cabe que existan personas cuya obra ha conseguido algo especial. El poeta es creador gratis absolutamente. No hay que aspirar a nada. La poesía es una donación.

—¿Le asusta el auge de la ultraderecha?

—Me desagrada muchísimo, pero tanto como asustarme, no. Me desagrada no solo por las repercusiones cívicas y políticas, sino por lo que tiene de degradación de la conciencia, degradación hasta algo que puede llamarse una ignorancia folclórica. Esa ignorancia y la crueldad que suele llevar añadida el pensamiento de la derecha extrema o extrema derecha, me disgusta terriblemente.

—¿Sigue las redes sociales?

—Poco. Tengo una suscripción a un periódico digital que es conciso y en diez minutos estás informado. Los mecanismos mediáticos que oigo nombrar y que ni sé cómo se llaman, ahí no llego. Puedo utilizar las redes para buscar un dato, pero en términos de relaciones no creo en ellos y no los frecuento.

—¿Sigue revisando su poesía pasada?

—Sí. Me parece bien el que cree que su poema está escrito en bronce y es para la eternidad. Yo, sin embargo, tengo la sensación de que, como el propio cuerpo humano, como nuestro magma biológico, la poesía sí puede cambiar. Como es una cosa tan radicalmente subjetiva, una palabra hace 30 años tiene un valor para el que la dice y para el que la escucha, pero ahora tiene otro. Y me importa un pepino que los editores protesten.

—¿Cómo cree que acabará el capitalismo?

—Es muy fuerte, pero también eran así las monarquías absolutas o la Iglesia y ya no lo son. Creo que el capitalismo desaparecerá de una manera progresiva; eso es más posible que por un tremendo hecho revolucionario. Las pequeñas revoluciones pacíficas, más las actitudes frente al mercado libre modificarán el capitalismo cuanto más acertemos a no ser consumistas. No digo prescindir de lo que es subsistencialmente necesario. El consumismo es vicioso y viciado. Cuanto antes sepamos medir primero y prescindir lo más posible del consumismo, conseguiremos un capitalismo más suave y hasta puede que una cuesta abajo del capitalismo. Creo que así van a ser las cosas más o menos.

—¿Le ofrecieron alguna vez ser académico de la RAE?

—Sí, antes de recibir el Cervantes y antes que nuestros académicos José María Merino, Luis Mateo Díez y Salvador Gutiérrez, que lo son merecidamente y les gusta. A mí, no me gusta. Creo en la Academia y creo también en la necesidad de piratear la Academia. No quiero ser correcto en el sentido lingüístico. Mi lenguaje no es el de la Academia, es el mío. Yo quiero adoptar mi sintaxis, porque pequeño, pero soy un creador. Me lo estuvieron ofreciendo un par de años. Me llamó primero Claudio Guillén y luego Víctor García de la Concha y más tarde Luis Mateo y les dije que no. Yo llevo mi aventura por otro lado.

—Ha sido candidato al Princesa de Asturias de las Letras y ha aparecido en varias ocasiones en las quinielas del Nobel de Literatura...

—Estuve muchas veces en las candidaturas al Princesa de Asturias, pero sé también que hubo un jurado que me boicoteaba. En el Nobel habré estado en las listas y otros 2.000 también. No me ha ido mal con los premios pero no creo mucho en ellos. Al día siguiente de que me dieran el Cervantes yo no escribía mejor que el día anterior. ¿Y qué es lo que interesa?

—¿Le interesa la Feria del Libro?

—No mucho. Me interesa en el sentido de que pueda ayudar a los libreros a sacar unos beneficios, porque hay muchos que lo pasan muy mal. En ese sentido, hágase la fiesta del libro; pero como mecanismo cultural, no me interesa. Habrá algún librero que lleve algún libro de interés, pero los que compran y los que venden van a coincidir en best sellers...

—Tomás Sánchez Santiago dijo que usted ha tenido imitadores, pero no discípulos...

—No lo sé. Santiago es un chico estupendo de cabeza, como persona y como amigo. No he pensado en ello, no me he ocupado de si tengo discípulos o no. Es una opinión de Santiago y me vale mucho, porque tiene muy buen juicio, es un hombre muy inteligente.

—¿Lee a los clásicos o prueba suerte con jóvenes escritores?

—Leo clásicos. Eso puede tener un precio: que me pasen desapercibidos contemporáneos muy interesantes. La crítica me va certificar un genio o un casi genio dos o tres veces al mes o cinco o veinte, pero yo no puedo leer todo eso. Pero hay mucho desengaño. Y, de repente, un día te encuentras un libro interesante del que nadie ha dicho nada. ¿Qué guía hay para ser certero con los contemporáneos? La prensa y las revistas especializadas no son imparciales o ecuánimes o no saben serlo. Los clásicos que vienen desde la protohistoria, desde que apareció la escritura, son muchísimos los interesantes, y no hay tiempo en la vida para leer. En lugar de meter el hocico en ocho libros todos los meses de no se sabe quién, creo que tengo mejor material desde el siglo pasado a muy cerca de ahora mismo que en las novedades. De las novedades son aceptables una de cada diez, son muy buenas una de cada cien y son geniales una de cada cien mil.

—¿Cree que su poesía es vanguardista o le molestan las etiquetas?

—No me molestan. La gente tiene que opinar. No hago grandes diferencias entre vanguardismo, clasicismo, realismo, hiperrealismo... Tengo un instrumento y toco con él como me viene. La cuestión es si es poesía o no es poesía, el resto me trae sin cuidado. Las etiquetas no las desprecio, incluso animan a alguna gente a leer, pero no yo no me atengo a ellas y no son para mí certificados de interés, incluso a la hora de escribir yo mismo.

—Sigue siendo una persona comprometida, ¿no se cansa?

—¡Cómo va a cansarme! Todos los seres humanos tenemos que estar comprometidos con nuestra conciencia y con la conciencia generalizada que realmente es valorable de verdad. Por qué me voy a cansar si no estoy más comprometido de lo que pueda estarlo el vecino de la izquierda. Comprometido, sí; y mi hija y mi mujer y todo cristo.

«Un mundo equilibrado en términos de justicia y solidaridad me haría feliz»
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