sábado. 26.11.2022
Ahora sabemos que Alemania también es un equipo que sabe perder finales. Creíamos que la derrota era una desgracia que siempre frustraba a los otros. Pero no es así. Y eso que nunca nos hemos identificado tanto con unos jugadores impasibles, de un talante casi despreciativo que nos hacía sin mucha justificación convertirnos en seguidores de cualquier rival con que se enfrentaban. Vaya por delante, además, que, salvo los goles, nuestros pronósticos en relación a la marcha del partido nos descalifican como augures, porque nada de lo que vimos se ajustó a pronóstico alguno. Ni Brasil fue la selección dominadora ni Alemania aceptó su papel de víctima. Desde el principio acertó con las premisas. La fundamental aconsejaba mantener el ataque brasileño lo más alejado posible del área. El buen trabajo de una defensa expeditiva y de un centro de campo metido de lleno en la presión alcanzó el objetivo de tener fuera de zonas de peligro a Ronaldo, Rivaldo y Ronaldinho. Clave esencial que hasta los últimos minutos de la primera parte no se resquebrajó sólo fruto del esfuerzo realizado. A pesar de ello, la diferencia la hacían las ocasiones de los hombres de Scolari. Suyas fueron las mejores de los primeros cuarenta y cinco minutos. Era lo que temía Alemania, muy preocupada en sacar de su fortaleza física una cierta ventaja que le permitiera poner el peso en el contragolpe. Como quiera que esto no ocurría, su juego insistió por donde más flaqueaba Brasil, sin bien nunca dio la sensación de controlar el resultado del todo. Incluso al comienzo de la segunda mitad, las bases seguían siendo las mismas. Pero con los brasileños había un presentimiento de justicia. Hace cuatro años perdieron contra Francia y para su mejor hombre, Ronaldo, empezaba un periplo de maldiciones y hospitales que nos hizo temer por el futuro del mejor jugador del mundo. Esta era su ocasión para cerrar bocas y desmentir a los que le aseguraron el final de su carrera. Y puede que Ronaldo no sea el mismo de antes, pero sigue siendo el hombre intuitivo, oportuno y firme en los últimos metros. Esta final nos dejó el sabor amargo de felicitarnos por el vencedor y lamentarnos por el perdedor. No siempre hemos podido comulgar con sentimientos tan encontrados.

La incuestionable lógica del talento
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