sábado. 04.02.2023
la restauración de la casona

La casa en la que cabe León

La historia de la ciudad en un edificio. En un solo edificio cabe la historia entera de la ciudad. La restauración de la Casona de Puerta Castillo permite ver la evolución de la ciudad desde los barracones del primer campamento romano de la Legio VI hasta la actualidad. Todo entre sus muros.
Acristalamiento que permite contemplar los restos de un barracón de la Legio VI y un almacén de la Legio VII.

Allí está la vida de Aemilio Flavio y su familia. Él, soldado romano. Ellos, leoneses actuales. La historia entera de León en la vieja Casona de Puerta Castillo. Entre sus paredes y en su patio excavado. Un solar sobre el que se fundó y se extendió la ciudad. De los primeros romanos a la actualidad. Todo en ese edificio misterioso y abandonado durante décadas que el Ayuntamiento de León ha rehabilitado para ser el Centro de Interpretación del León romano.

Su puerta principal abre el acceso a la historia de la ciudad. Ha estado allí desde siempre. Bajo tierra o detrás de las paredes encaladas. Oculta salvo para los arqueólogos. Ignorada por la ciudad entera. Ahora, la casa que contiene el relato histórico de León al completo muestra su gran tesoro: del campamento romano a la ciudad actual. La fundación y todas las épocas históricas, incluida la actualidad.

Durante años, la Casona fue más conocida por ser vivienda y taller del escultor e imaginero de la Semana Santa leonesa Víctor de los Ríos que por sus riquezas escondidas. Es el mismo solar en el que la Legio VI colocó los barracones de sus soldados. El primer ‘hogar’ de los primeros habitantes de León. No consta que en este espolón entre los ríos Bernesga y Torío hubiera algún asentamiento anterior. Ni siquiera prehistórico. Ningún rastro arqueológico antes de los soldados romanos que se instalaron aquí para vigilar el territorio y garantizar la paz tras las guerras cántabras.

Como un fuerte del Oeste

Corría con probabilidad el año 10 a.C. La Legio VI Victrix, la ‘Victoriosa’, fundada por César Augusto, el primer emperador romano, el heredero de Julio César, se acantona entonces en esta semi colina desde donde se divisa un territorio que había sido enemigo. Junto al llamado Arco de la Cárcel levanta los barracones para sus soldados y también la primera de las cinco murallas que tuvo León. Una empalizada a semejanza de los fuertes del Oeste americano. Una especie de cajones de madera rectangulares que se rellenaban con la tierra excavada para asentarlos en el terreno. Usando pilotes y rastreles. Apenas se conservan restos, pero los hay. En Pallarés aparecieron. Sólo en donde la madera permaneció inundada, pues lejos de pudrirla el agua la estratifica.

En el interior de la fortificación los soldados romanos se alojarían inicialmente quizá en las tiendas de campaña de piel, lo único que transportaban, junto con los víveres, las mulas. Luego se levantaron los edificios con habitaciones simples que compartían ocho soldados. Los ‘contubernia’, estancias con literas equipadas con jergones de paja y mantas, una mesa para las partidas del gran juego de los romanos, los dados, y un espacio para dejar el equipo de cada legionario, simple y eficaz, una espada corta, de 50 centímetros, dos ‘pilum’, una para luchar cuerpo a cuerpo y otra para arrojar al enemigo, un escudo, el casco, la coraza, ropa, calzado y una capa de abrigo. Entre 30 y 40 kilos que llevaban a cuestas desde Roma a los confines del Imperio, al Limes romano, el límite, la frontera con los bárbaros. A Germania, África, Arabia, Hispania... De la gran urbe a León con el petate a cuestas.

No habrá ya que imaginar cómo vivían los legionarios romanos porque la Casona muestra la reproducción a tamaño real de uno de esos dormitorios para la tropa.

Los cimientos de esos barracones se conservan en una estancia que está a la derecha de la entrada de la Casona, cubiertos con un suelo acristalado que deja ver la traza de las primeras ‘casas’ que hubo en León, los barracones. Sobre ellos, superpuestos o simplemente compartiendo espacio, los restos de los almacenes de la Legio VII Gémina, que usó, hacia el 78 de nuestra era, los cimientos de los primitivos dormitorios para guardar víveres y utensilios.

La muralla de tapines

De la Legio VI hay más rastros en el patio. Están pegando a la muralla, en el cubo donde murió Genarín atropellado la madrugada del Jueves al Viernes Santo de 1929 por el primer camión de la basura que hubo en León, ‘la Bonifacia’. Son los restos de tres murallas romanas más de León. Bajo tierra, protegida para evitar su destrucción mientras llegan más fondos para recuperar el yacimiento, la muralla de tapines. Usaban una pala cuadrada, cortaban los tapines de unos 10 centímetros de espesor y los colocaban dados la vuelta, con la hierba hacia abajo. Uno encima de otro. Ingeniería romana sin usar una sola piedra.

Al lado, la construida de barro y bolos, que separaba el espacio militar de la incipiente ciudad extramuros donde vivían las familias de los legionarios, las prostitutas y los comerciantes asentados para abastecer a la legión. Mediría entre cuatro y cinco metros de altura aunque en la parte interior tenía un terraplén de 45 grados de inclinación que permitía a los soldados acceder con facilidad desde el suelo al ‘paseo’ superior. Y justo detrás, la muralla de sillarejo, la tardorromana que se conoce como los Cubos. Originalmente, de 12 metros de alto. En su cara interna, la misma rampa que permitía el acceso a su parte alta. La muralla que los leoneses actuales atraviesan por el Arco de la Cárcel, en origen la puerta decumana romana, llamada también Puerta Castillo pues en el edificio aledaño, sobre la muralla, al lado de la iglesia de los Descalzos, donde se celebró la primera procesión de la Semana Santa leonesa hace medio milenio, levantó su puesto de mando, casa y prisión el gobernador medieval de León. El Castillo, el símbolo del poder real, hoy convertido en Archivo Histórico de la Provincia tras una profunda remodelación. Sería posible acceder a él desde la Casona si el arco-puerta sobre el que se erige Don Pelayo no interrumpiera el paso.

La santa que trajo Pelayo

Hace bien en seguir allí el hombre que reinició la Reconquista pues, si la historia no lo avala sí la leyenda, hasta el cuarto cubo de la muralla trajo desde el mar tierra adentro a la Santa Marina y la depositó en una hornacina excavada en la piedra romana. Justo donde se erigió primero una ermita y luego una iglesia, la primitiva de Santa Marina, un cenobio documentado al menos desde el año 1032, una construcción rectangular y maciza que en el siglo XIII se convierte en parroquia del barrio. Su planta se conserva pegando a la muralla romana, en el solar de la Casona. Todo a simple vista.

La iglesia fue derribada después de la expulsión de los Jesuitas, en 1767, cuando su antiguo centro de estudios, incipiente Universidad, el Colegio de la Compañía de Jesús de San Miguel, en la calle Serranos, fue vaciado primero y ocupado después como nueva parroquia de Santa Marina, la actual iglesia.

La santa tiene calle en una de las fachadas de la Casona, a la que daba la famosa puerta roja sin género de duda de la CNT, el sindicato anarquista que encontró allí , en la casa, local durante gran parte del siglo XX. Es uno de los pocos elementos que no se han recuperado. Niega el Ayuntamiento motivaciones políticas y alega la podredumbre del portalón. Una puerta con historia que ha sucumbido a estos tiempos pues habiendo técnica para recuperar restos de hace dos milenios, ninguna para la memoria reciente.

Del emperador Galba a la CNT

De esa calle de la puerta de la CNT partieron los soldados romanos que conquistaron Roma, derrotaron a Nerón e hicieron emperador a su jefe militar, Galba, que les arengó ante la casa del pretorio o quizá en los Principia, enterrados hoy en un solar frente a la Catedral, en la calle San Pelayo. Partió Servio Sulpicio Galba con la VI Victrix camino de Roma y dejó en León un pequeño retén hasta que en el 74-75 d.C. llega la Legio VII Gémina al solar leonés para no irse jamás. La única legión romana acantonada en Hispania durante todo el período altoimperial. Creada para hacer emperador a Galba, llegada para vigilar el oro. Una legión de ingenieros, de soldados técnicamente muy cualificados que idearon la forma de derumbar la montaña de Las Médulas construyendo una estratégica red de canales, algunos de más de cien kilómetros, para captar el agua de los ríos leoneses y usarla como un martillo de aire a presión, auténtica ‘dinamita’ romana.

La VII levantó la muralla de los Cubos y en la Casona instaló sus almacenes. La fortificación se puede ver, y tocar, dentro del edificio recuperado por el Ayuntamiento. Forma parte de sus paredes. De abajo a arriba. Junto al zócalo y pegada al pasamanos de la escalera. Millones de piedras traídas desde Boñar y las zonas próximas de León. Una caravana ingente de soldados-obreros perfectamente adiestrados y preparados con una durísima instrucción que levantaron el paredón que circunad el viejo León en menos de cuatro años. Cobraban unos 225 denarios, en esa época equivalentes a 3,4 gramos de plata cada uno.

Una muralla que se agujereó en el interior de la Casona para permitir siglos después a la monjas recoger a los niños abandonados. Los depositaban en un torno que daba a la fachada principal. Un vano que la rehabilitación del edificio ha respetado. Porque la Casona fue eso, casona medieval, como demuestra nparte de construcciones aledañas, y después Obra Pía de los Niños Expósitos, fundación que en 1776 compró el solar de la antigua iglesia de Santa Marina y que hacía años que ocupaba el edificio.

Entonces se debió edificar un pequeño oratorio en forma de torre circular y el solar donde están los restos de las murallas romanas se convirtió en cementerio.

La casa que siempre tuvo agua

La Casona tuvo su abolengo. Lo demuestra que fue la única casa de León que siempre dispuso de agua corriente. Desde los romanos, que hicieron entrar por el Arco de la Cárcel el acueducto semi elevado que traía el agua captada en los pozos artesianos de los Altos de Nava, al pozo medieval que está en mitad de la entrada, cubierto con un cristal, justo donde cuentan que jugaba el escritor Leopoldo Alas Clarín, incluida la llegada de la traída moderna. Se conserva uno de los viejos pilones de mármol de la cocina, colocado ahora en el patio.

En el siglo XIX, el orfanato se va al edificio levantado en San Francisco para hacer una fábrica textil que fracasó, donde actualmente está el Conservatorio y Correos, y en 1846 la Casona pasa a manos de la familia Blanco Sierra y Pambley. Por herencia familiar, llega a los Fernández-Llamazares y a Catalina, la esposa del escultor Víctor de los Ríos, que se instala a vivir allí y ocupa parte de las estancias como estudio. A la muerte de ambos, algunos inquilinos continúan residiendo en la Casona y parte del piso superior lo ocupa el mítico CCAN y su bar, centro de reunión de la progresía intelectual leonesa durante décadas.

Pero el edificio contiene en su interior no sólo toda la historia de la ciudad, también las diferentes formas constructivas. Y se puede ver, por ejemplo, las construcciones de ladrillo visto que durante siglos permanecieron enfoscados, las vigas de madera empleadas en los siglos XVII y XVIII o el armazón de madera usado en León para levantar tabiques de barro hasta principios del siglo XX. Y, como muestra de los nuevos tiempos, la restauración y las técnicas de rehabilitación y conservación del siglo XXI.

Todo en un mismo edificio. En el solar donde se instaló la Legio VI Victrix y luego la VII Gémina. En la vieja Casona de Víctor de los Ríos. Con su paseo sobre la muralla y sus ventanales desde donde se contempla la ciudad y su evolución. El trazado romano, la urbe medieval, San Isidoro, la torre de Santa Marina, la Catedral y la ciudad nueva que se extendió desde los 60 por San Mamés y luego por Eras. Y a lo lejos, las montañas nevadas. Las mismas que contempló Aemilio Flavio. Las que divisan ahora sus descendientes leoneses.

La casa en la que cabe León
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