sábado 8/8/20

Las matrioskas de izmailovo

Uno de los símbolos con los que siempre se identifica a Rusia son sus matrioskas, esos seres de madera tan característicos y referenciales sobre los que tanto se ha escrito. Lo curioso es que estas muñecas que llevan a otras tantas en su interior no son de origen ruso sino japonés
ALFONSO GARCÍA
ALFONSO GARCÍA

No sé por qué, lo cierto es que se identifica Rusia con matrioskas, esos seres de madera tan característicos y referenciales sobre los que tanto se ha escrito: al margen del ya clásico Matrioska, de Dimiter Inkiow, Ana Alonso escribió recientemente un libro con el mismo título. En él se habla de la muñeca Matrioska, que se siente muy sola y quiere tener una hija. ¿Podrá el fabricante de muñecas concederle su deseo? Además, Matrioska quiere tener a su hijo en la barriga. No hacen falta más explicaciones. Y, sin embargo, qué curioso, el origen de estas muñecas que contienen progresivamente unas dentro de otras –hasta setenta y cinco al menos en un caso conocido— no es ruso, sino japonés, en cuyo país se mostró un conjunto de muñecas que representaban a los siete dioses de la Fortuna. La representación del dios Fukurokuju contenía en su interior a las otras deidades. Este viajero tiene especial querencia por las artesanías de la madera y por las matrioskas en concreto, por eso lo dicho está escrito con todas las cautelas y reservas del mundo. Para completar la idea, lo hago con unas palabras de la viajera Eva Rodríguez Braña: «La matrioska comenzó a desarrollarse con identidad rusa, tal y como la conocemos hoy en día, gracias a Savva Mamontov, quien llevó las muñecas japonesas a su estudio de arte cerca de Moscú. El hermano de Mamontov creó un taller de juguetes para niños en Sergiyev Posad [¿recuerdan lo de El Vaticano ruso?] donde Sergei Maliutin diseñó y pintó una réplica rusa de las muñecas japonesas por primera vez. De esta manera se le atribuye a Maliutin la creación de la primera matrioska en 1890 en Rusia. En 1900 las matrioskas lograron gran notoriedad al ser expuestas en la Feria Mundial de París y ganar la medalla de bronce».

Con estos supuestos, y lo que me habían comentado, quería llegar al mercado de Izmailovo, seguramente el más notable y más grande de Moscú y de precios más ajustados, en el que además, con los límites de la prudencia, está permitido el regateo. Está a las afueras de la ciudad, y en buena medida fuera de las rutas turísticas habituales, lo que garantiza un sabor más genuino y auténtico. Aunque abre todos los días, el domingo es el más indicado puesto que el número de puestos es mayor y el ambiente, como consecuencia, más festivo y vivo. Es bueno acercarse hasta él en metro, que ya es en sí un museo y un verdadero espectáculo. Se dice que es con diferencia el metro más hermoso del mundo. Por si no ha viajado aún en él, tome nota: línea 3-azul, hasta la parada de Partizanskaya.

Pronto estará frente al kremlin de Izmailovo.

-Aquí hay mucho kremlin –le digo a Tatiana Lobánova.

Sonríe con esa sonrisa misteriosa que me parece descubrir con frecuencia entre los rusos.

-Kremlin –dice casi dando por hecho que debería conocer tal circunstancia— significa en ruso muralla, ciudad amurallada, aunque en este caso tenga mucho de ficticio.

El espacio era una antigua finca de caza de los zares. Hoy es más bien un parque temático con tiendas, restaurantes, eventos de todo tipo, lugar de muchas bodas, museos (entre ellos el interesante del vodka, que a buen seguro habrá probado ya por encontrarse donde se encuentra), servicios, la curiosa Catedral de la Intercesión…

Y, claro, y sobre todo, el mercado.

Es interesante recorrer sin orden este enorme galimatías de calles y sus estructuras de madera que resulta muy atractivo. Cientos de puestos permiten contemplar todo lo que seguramente puede encontrar en Moscú, aquí multiplicado.

-Y más barato, por supuesto, si sabes negociar.

Tatiana sabe. Aunque no entendí ni una palabra de la conversación, muy cordial al menos en las formas, me lo demostró con números.

Le hice una venia de sorpresa. Y me ayudó, agradecida por el gesto, en una pieza de curioso porte navideño por la que me interesé.

Allí se pueden encontrar las cosas más insospechadas. Subrayo el adjetivo.

Sería imposible la enumeración, pero tome algunas notas: temas navideños, artesanía local, arte, libros, monedas, antigüedades, postales, ropa, alfombras, lanas, los típicos fulares de seda…

-Pero la estrella de Izmailovo son las matrioskas, las mamushkas… Tienen varios nombres, y en realidad hoy son un icono de la cultura rusa.

No hace falta más que mirar para comprobarlo.

Las matrioskas de Izmailovo, llenas de color. De todos los colores y tamaños, clásicas en su mayoría y un número impar en sus entrañas de madera. Nadie me explica la razón, que tendrá que haberla. Me da por pensar que es una superstición, en ese simbolismo enmarañado de los números. Hoy los motivos se amplían sin medida a la política, el deporte, los protagonistas de los acontecimientos de nuestro tiempo…

-Hay razones para todos los gustos –sentencia Tatiana aprobándolo.

-Ya.

Abandonamos el mercado al atardecer.

Las matrioskas de izmailovo
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