sábado. 02.07.2022
La ruta de la semana

El rincón maldito de Ponferrada

La polémica por el abandono y el gamberrismo devuelve a la actualidad un espacio que siempre tuvo un atractivo para los chavales, con su Cueva de la Mora
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Una persona hace deporte por los caminos que incluye la ladera. L. DE LA MATA

Tras el Castillo de Ponferrada se esconde un rincón singular. Es la ladera orientada al oeste, hacia el río Sil, que facilita una especie de mirador desde el que se contemplan barrios como La Puebla, la Estación, Flores del Sil, el Polígono... todo ello encuadrado entre el Pajariel en la zona sur y el Monte Castro en el norte.

Una especie de minipulmón verde, con árboles y paseos por toda la pendiente que baja hasta la orilla del río, pero donde la naturaleza comparte territorio con el patrimonio, con el lienzo oeste de la fortaleza y con las diferentes edificaciones conocidas popularmente en la ciudad como Cueva de La Mora. Y es que desde el Castillo desciende una gruta muy pronunciada hasta la parte baja de la colina, donde un torreón esconde en su interior el lugar usado para conseguir agua con facilidad sin exponerse al riesgo de salir del recinto al aire libre. Una Cueva que durante muchos años vivió, como todo el conjunto de la fortaleza, en el más absoluto abandono, a merced de todo tipo de ‘hazañas’ a las que al menos se consiguió poner freno con la instalación de una verja.

Aunque esta zona agradable de paseos también tiene su pasado negro. En forma de todo tipo de mensajes que invitaban a las familias a desaconsejar el acercarse al paraje. Pero quizá eso incitaba aún más a las ‘expediciones’ de chavales atraídos por esa Cueva y esos espacios donde se han sucedido andanzas de la más diversa índole. Y es que la permanente presencia nocturna de ‘aventureros’ parece que incluso se ha disparado. Ahora renace la polémica tras la queja del técnico de museos de la ciudad, sobre el abandono que existe y que facilita las pintadas y daños en las piedras centenarias. Una circunstancia a la que cabría añadir la existencia de constantes reuniones en forma de ‘botellones’, que se alternan con otros lugares también polémicos, por tratarse de monumentos de la ciudad, como el que reúne reiteradamente a cientos de jóvenes detrás de la Basílica de la Encina.

La ladera hacia el río Sil ha recibido periódicamente inversiones para intentar convertirla en un espacio integrado en la ciudad, con sus caminos y zonas verdes, y un cierto mobiliario urbano. Pero la cruda realidad de ser un espacio con fácil acceso a todas las horas posibles anima una degradación que si ha sido constante de nuevo vuelve con toda su crudeza en estos últimos años.

Parece que esa especie de condena al abandono, de maldición permanece en el tiempo a pesar de su capacidad de sorprender a los visitantes. En el medio de una ciudad de repente se facilita un área que invita al descanso, a una sensación de trasladarse a un lugar remoto, en medio de la naturaleza, a los pies de una muralla centenaria aderezada con las torres de la fortaleza que tradicionalmente se conoce como templaria, aunque muchos de sus muros son bastante posteriores. Y a los pies de todo esto, el río Sil en una zona tranquila, avanza pausado, con esa especie de oasis en medio de las calles y las casas, donde incluso se han podido ver animales salvajes por las noches que se han aventurado hasta la zona aprovechando las riberas del río.

Al fondo, en el sur, el Pajariel, donde se encuentra el Sil con el Boeza, que llega a Ponferrada por debajo de La Borreca tras recoger las aguas de todos los ríos del Bierzo Alto y de la zona de Molinaseca y su Meruelo.

Mirando al norte lo primero que se contempla es el centenario puente de la avenida de La Puebla, el conocido como ‘puente de Cubelos’ donde la ciudad tiene sus raíces. El paso fundamental del noroeste hacia Galicia, inicialmente hacia Santiago de Compostela, que puso en marcha el Obispo Osmundo y que hoy es una gran mole de hormigón únicamente destinado al tráfico interno de la ciudad, gracias a la construcción de las sucesivas rutas de circunvalación que sacaron la ‘nacional de Galicia’ fuera del centro de Ponferrada.

Enfrente al mirador de la parte trasera del Castillo permanece a la espera de su desarrollo lo que en su día fue el barrio de la ‘Calleja del Río’. Hoy convertido en avenida y paseo al que no le han llegado aún todas las casas previstas. Un espacio afeado que en su día estaba lleno de casitas a las que se intentó sin éxito dar una alternativa. Quizá para evitar que brille este espacio abocado a los ‘castigos’.

El rincón maldito de Ponferrada
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