jueves 23/9/21
Día 56

El crimen del Estrella del Mar

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El Estrella del Mar zarpó para Nueva York desde el puerto de Queenstown, al sureste de Irlanda, en el octavo día de noviembre de 1847, en plena hambruna provocada por la plaga que había echado a perder la cosecha de patatas. Viajaban a bordo cientos de emigrantes que huían de la miseria, hacinados en camarotes estrechos, y el primer día de navegación, con los aparejos superiores cubiertos de hielo, ya hubo que encerrar a un camorrista en el calabozo, completamente borracho, aislar en la bodega a un caso sospechoso de fiebre tifoidea, y entregar al océano los restos de tres pasajeros de tercera clase que habían muerto a causa de «una prolongada inanición», según dejó escrito el capitán en su diario; la joven Margaret Farrell, de veintidós años, casada y natural del Enniscorthy, en el condado de Wexford; el adolescente de diecisiete años Joseph English, aprendiz de carretero y nacido en el condado de Cavan; y el bebé James Michael Nolan, que apenas tenía un mes y ocho días, había venido al mundo por tan breve espacio de tiempo en Skibbereen, condado de Cork, y era hijo de madre soltera.

Los pasajeros del Estrella del Mar tenían por delante 2.768 millas náuticas en línea recta hasta Nueva York y veinticinco días de travesía, aunque el capitán Josias Tuke Lockwood escribió en su registro que el barco de doscientos pies de eslora, con proa de clíper, tres mástiles de vela cuadrada aparejados para navegar, una chimenea, carbón de mala calidad y lleno de escoria como combustible, una rueda de paletas lateral para propulsarlo y filtraciones en el techo y los mamparos del entrepuente que obligarían calafatear el casco en dique seco, se desviaría para aprovechar los vientos del Oeste.

La tripulación, en el momento de zarpar, estaba formada por treinta y siete hombres y el pasaje exacto era de «cuatrocientos dos adultos y medio de tercera clase» –como era costumbre, un niño contaba como medio hombre– y quince viajeros alojados en los camarotes de primera; entre ellos un conde arruinado y una condesa, sus hijos y una sirvienta irlandesa que escondía «un secreto abrumador», un conocido columnista del New York Tribune, de vuelta a casa, un cirujano anatómico de Dublín y su hermana, Su Alteza Imperial el marajá Ranjitsinji, «personaje principesco de la India», según lo definió el capitán Lockwood, y un reverendo, doctor en teología y ministro metodista de una localidad inglesa recién ascendido. También viajan a bordo un aspirante a novelista, un compositor de baladas revolucionarias y «un asesino ávido por consumar su venganza» antes de que acabaran los veinticinco días de travesía.

A leer esta novela de Joseph O’ Connor, El crimen del Estrella del Mar, quería haber dedicado el día de ayer. Pero el teletrabajo, que no falte, y la compra en el supermercado, con una escala previa en la farmacia para aprovisionarme de mascarillas, me han obligado a posponerlo. Ahora cae la noche, la ciudad duerme, mi gata ronronea satisfecha y no se oye ni un solo ruido en el vecindario. Por fin paso de la cubierta (del libro) y me adentro en el Estrella del Mar. «Durante toda la noche -leo en el primer párrafo- aquel cojo, seco como un palo, procedente de Connemara, de hombros caídos y ropas color ceniza, se dedicaba a pasear por el barco, de proa a popa, desde el crespúsculo hasta las primeras luces del alba». Entonces escucho un sonido de pasos, como si alguien arrastrara una pierna al caminar, en el desván de mi edificio. Y cierro el libro.

El crimen del Estrella del Mar
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