lunes 6/12/21
Catedral de Florencia. DL
Catedral de Florencia. DL

Les he hablado de La peste y de las ratas que invadieron las calles de Orán en la novela de Albert Camus. Se supone que estos días tenemos tiempo (y ganas) de leer.

Les he escrito aquí sobre Frankenstein, El vampiro y sobre el grupo de jóvenes del que nacieron esos dos mitos, encerrados durante tres días en Villa Diodati, un año sin verano. Y todo por la erupción de un volcán en Indonesia. De eso hace dos siglos.

Les he contado lo que me cuesta empezar a leer El crimen del Estrella del Mar, la novela de Joseph O’Connor sobre el viaje a Nueva York, en un ‘barco ataúd’, de un pasaje de inmigrantes irlandeses hacinados en camarotes estrechos que huían de la Gran Hambruna. Será sugestión o la atmósfera irreal que se apodera de mi edificio cuando se queda en silencio por las noches, será que en algún lugar de mi cabeza está naciendo la idea para un cuento, pero las dos veces que he abierto el libro y he leído el primer párrafo, que arranca con los paseos por la cubierta de un personaje cojo, me ha parecido oír ruidos en el desván. Y lo he dejado para otro momento.

Pero todavía no les he contado nada de una de las más grandes historias de confinados de todos los tiempos. O para ser más exactos, de ciento una de las más grandes historias nacidas de un confinamiento. Nada menos que los cuentos de El Decamerón de Boccaccio.

Estamos en la Italia del siglo XIV, durante la epidemia de peste negra que asoló Florencia en 1348, y un grupo de diez jóvenes de la alta sociedad (siete mujeres y tres hombres) se encuentran a la salida de la iglesia en una plaza vacía y deciden huir juntos de la plaga, cansados, dice Boccaccio, de desayunar con sus parientes, compañeros, amigos, a los que juzgaban sanísimos, y cenar con sus antepasados en el otro mundo. Así es como se refugian en una villa (mira que dan juego...) a las afueras de la ciudad. Y durante diez noches (de ahí el título) repartidas en una quincena y en medio de una campiña que el autor nos describe como un paraíso de la naturaleza en contraste con lo que ocurre en la ciudad, cada uno de ellos relatará una serie de historias sobre el amor, la inteligencia y la fortuna, y también el erotismo, para entretener al resto de confinados.

El Decamerón, libro prohibido por la Iglesia, obra maestra de la literatura y el humanismo, no se agota nunca. Y estos días gana todavía más peso. La vida, venía a decir Boccaccio, no es el tránsito hacia un mundo mejor, lo que resultaba revolucionario para la época. La vida tiene su propio valor.

Y ahora que ya pueden hacer pedidos a las librerías y acudir a recogerlos con cita previa, este es el clásico intemporal que pueden encontrar en todas las estanterías. Por mi parte, y si el fantasma que vive sobre mi cabeza me deja tranquilo, esta noche haré un nuevo intento con el Estrella del Mar.

El libro prohibido
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