La maldición de los partidos de centro

ramón gorriarán | madrid


Tras el descalabro de Ciudadanos del pasado domingo resucitó el debate sobre si en España hay espacio político y electoral para los partidos de centro. La reciente historia demuestra que existe, aunque su vida sea efímera. Ese espacio político ha sido para quien lo ha intentado ocupar un agujero negro, «un lugar invisible del espacio cósmico que absorbe por completo cualquier materia o energía situada en su campo gravitatorio», según la Real Academia.



«El centro existe»


Albert Rivera afirmó en su discurso de despedida que «el centro político existe. Muchos españoles necesitan votar centro». Por distintas razones, España es una excepción en el panorama europeo. Las fuerzas centristas aparecen y desaparecen y nunca han ejercido el papel de bisagra que cumplen en otros países del entorno. No han desempeñado esa tarea porque han tenido pretensiones hegemónicas o porque no han sido requeridas para jugar ese rol. En todo caso, tienen un denominador común, una vida efímera.


De todas maneras, sería imprudente dar ya por muerto a Ciudadanos. El pasado domingo obtuvo 1,6 millones de votos, tiene diez diputados, cogobierna en tres comunidades, cuenta con centenares de cargos institucionales y dispone de una estructura nacional, pero su porvenir es problemático. Aunque si se observa la trayectoria de las fuerzas políticas que antes reivindicaron ese mismo espacio, su futuro parece sombrío. Existen similitudes y diferencias con sus antecesores, pero los puntos comunes deberían inquietar a los rectores del partido naranja. El primer experimento fue el de la UCD, que no era un partido como tal, sino una amalgama de franquistas blanqueados, democristianos, liberales, socialdemócratas y arribistas de toda condición. Aunque se reivindicó como fuerza centrista, su ideología, por la diversidad de sus integrantes, siempre fue difícil de etiquetar, y si se mantuvo unido fue por el liderazgo del carismático y pragmático Adolfo Suárez. Mientras su líder mantuvo el ascendiente sobre el partido, todo fue sobre ruedas, pero las luchas intestinas liquidaron el proyecto en 1983. Después de haber vencido en las dos primeras elecciones de la democracia reciente, protagonizó sin Suárez el más espectacular de los derrumbes, de tener casi el 40% de los votos a la nada. El fallecido expresidente, convencido de que había espacio entre la derecha y la izquierda, articuló el Centro Democrático y Social. De golpe y porrazo, se convirtió en 1986 en la tercera fuerza política, pero en siete años desapareció. A la par que el CDS otro proyecto centrista saltó a la arena política, el Partido Reformista Democrático, encabezado por el nacionalista Miquel Roca, que se estrelló a las primeras de cambio.