sábado. 10.06.2023
                      Monolito de Miriam, Toñi y Desirée en el cementerio de Alcasser. JUAN CARLOS CÁRDENAS
Monolito de Miriam, Toñi y Desirée en el cementerio de Alcasser. JUAN CARLOS CÁRDENAS

El triple crimen de Alcàsser ofreció a la sociedad española una gran lección sobre los límites éticos y morales que no deberían traspasarse en el tratamiento de sucesos, pero 30 años después ha sido poco lo aprendido: muchas prácticas utilizadas entonces, y duramente criticadas después, aún se aplican. Los expertos coinciden en que el secuestro, violación y asesinato de las tres niñas de Alcàsser no ha servido para hacer un mejor periodismo en sucesos de gran impacto, en los que se sigue recurriendo al sensacionalismo y la «espectacularización».

La aparición, el 27 de enero de 1993, de los cuerpos de Miriam, Toñi y Desirée, tres chicas de Alcàsser de entre 14 y 15 años desaparecidas dos meses antes mientras hacían autoestop para acudir a una discoteca cercana, convirtió a este pueblo de la provincia de Valencia en un gran plató de televisión. Fue la época en la que acaban de nacer las cadenas privadas (Antena 3 y Tele 5) y existía una fuerte lucha por la audiencia, directamente vinculada a los ingresos publicitarios, señala la periodista y profesora de Comunicación Audiovisual de la Universitat Politècnica de València (UPV) Nadia Alonso.

Las televisiones vieron en este suceso una manera de ganar espectadores y usaron todos los recursos a su alcance para sumar audiencia. Apelaron al morbo, manejaron información personal, explotaron la emoción de los familiares y hasta retransmitieron el entierro de las niñas en directo, recuerda Alonso.

Incluso durante el juicio, lo que ocurría dentro de la sala tenía poco que ver con lo que se contaba fuera, y todavía hoy hay personas que siguen creyendo que hay cuestiones que no han quedado claras, cuando no es así, señala el periodista y profesor Joan Manuel Oleaque.

Todos los estudios y análisis concluyeron que lo que se hizo en esos días, con familiares deambulando por los platós de televisión, desde los que se alimentaban teorías de la conspiración y se contradecía a los propios investigadores, excedió todos los límites.

«No, no se hace mejor periodismo tras Alcàsser», lamenta. Se mantiene el sensacionalismo y la superficialidad.

Lo que nos enseñó el crimen (y nunca aprendimos)
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