sábado 10/4/21

«No soy el testaferro de don Juan Carlos»

Don Juan Carlos se hospeda en el hotel The Surrey de Nueva York. De incógnito. Fue el titular que una revista de papel couché lanzó en septiembre de 2018. Viaja solo, con un escolta. El rey emérito seguía manteniendo entonces su agenda como miembro activo de la Familia Real, que abandonó por decisión propia en junio del año siguiente. Perfil bajo. Desde su abdicación, en realidad, siempre estuvo de salida, nunca se le encontró un encaje. El padre del Rey, no obstante, ya estaba señalado por la justicia.

Sólo un par de meses antes de su viaje de placer a Manhattan habían salido a la luz las grabaciones en las que Corinna Larsen contó al comisario Villarejo, y al mundo, las andanzas de don Juan Carlos. Desveló la empresaria alemana que el emérito había recibido una cuantiosa comisión del AVE a La Meca, 65 millones de euros que acabaron en su cuenta bancaria tras pasar por la fundación panameña Lucum. Aquellas palabras no se las llevó el viento. Fueron el origen de todo. El fiscal suizo Yves Bertossa las escuchó y tiró del hilo.

En septiembre de 2018, ‘Juanito’ —así firmó aquella misiva— escribió a su primo lejano Alvaro de Orleans-Borbón para agradecerle que le sufragada, de nuevo, otro vuelo. El enésimo. El primero, en 2007. Incalculables los favores que el acaudalado noble con residencia en Mónaco —aunque llegó a decirse que sus cuentas están a cero— le hizo a don Juan Carlos.

Tangible el montante de los vuelos que costeó entre 2007 y el de septiembre de 2018 a Nueva York: ocho millones de euros. Por estos pagos en especie, don Juan Carlos acaba de abonar a la Agencia Tributaria 4.395.901,96 euros. «Sin requerimiento previo», se ha encargado de recalcar su abogado, Javier Sánchez-Junco. Y sin, al menos que se sepa, investigación abierta al respecto.

MAL ASESORADO

El dinero, según ha trascendido, ha salido de préstamos —no donaciones— de una decena de amigos, «los que tan mal le están asesorando», dicen fuentes cercanas a Zarzuela, que no llegan a entender del todo esta operación. «Unos amigos ponen dinero para aclarar los regalos de otro».

Este otro es Álvaro de Orleans-Borbón, que a través de su bufete de abogados se desvincula del movimiento de don Juan Carlos y dice que «es una decisión ajena a mí, una iniciativa de una tercera persona, un contribuyente español, que tributa por las rentas de que ha dispuesto. No me afecta en ningún caso».

La Fundación Zagatka se constituyó en 2003 con el objetivo de gestionar a nivel administrativo y financiero una parte del patrimonio de este primo lejano de don Juan Carlos y al mismo tiempo «materializar su ayuda a la Casa Real española, como parte del legado transmitido» por su padre, Álvaro de Orleans-Borbón y Sajonia-Coburgo-Gotha, y su abuelo, el infante Alfonso de Orleans y Borbón -padrino de boda de Sofía de Grecia-, «específicamente a don Juan Carlos, rey en el momento de la creación de la misma».

«Como es sabido, como parte del objetivo de la Fundación y fruto del compromiso heredado de su padre y de su abuelo, don Alvaro puso voluntariamente a disposición del rey Juan Carlos ayuda financiera a través de la Fundación Zagatka para la atención de gastos de viaje», dicen sus abogados, al tiempo que insisten en que «la Fundación Zagatka pertenece única y exclusivamente a don Álvaro de Orleans-Borbón, fundador y único propietario de la misma», que eliminó a don Juan Carlos y a sus hijos como beneficiarios tras el golpe en la mesa que propinó Felipe VI en marzo del año pasado al conocer que su nombre figuraba ahí.

Por tanto, «es falso que la Fundación Zagatka sea una sociedad pantalla o instrumental o esté acusada de serlo».

«No soy el testaferro o fiduciario de don Juan Carlos», sostiene don Alvaro de Orleans-Borbón, para quien el origen de «todos estos males» es Corinna Larsen: «Su relación ha sido inoportuna para la institución de la Corona». Tal es su enemistad que el primo lejano del rey emérito hizo que la empresaria alemana le abonara tres millones de euros por su parte de disfrutar de los vuelos que había costeado a don Juan Carlos durante once años.

«No soy el testaferro de don Juan Carlos»