jueves 19.09.2019
josé maría lasalle escritor, exsecretario de estado de agenda digital

«Se apropian de nuestra alma y nos hacen creer que somos dioses»

raquel p. vieco
raquel p. vieco

Advierte de que los magnates de la nueva economía están a punto de acabar con la humanidad como la hemos conocido hasta ahora, en una suerte de Matrix, un mundo en el que la promesa de la vida eterna y la felicidad del final del trabajo abran las puertas a un transhumanismo distópico, un universo dominado por la Inteligencia Artificial en la que el sentido vital nos lo aporten los algoritmos. José María Lasalle acaba de publicar Civerleviatán (editorial Arpa), un ensayo en el que alerta de los peligros que la tecnología entraña en la creación de un proletariado cognitivo, una nueva clase social a la que se desahuciará de su humanidad, en aras de un mudo feliz dominado por el soma de la tecnología, y propone un nuevo pacto social en el que el liberalismo y la Ilustración vuelvan a colocar al hombre como medida del mundo.

—En el ensayo se refiere a la nueva clase social que surgirá con el advenimiento del dios tecnológico, el proletariado cognitivo, una suerte de plebeyos que vivirán de una renta garantizada de ciudadanía y requerirán pan y circo. Ya hay varias instituciones que han hablado de la necesidad de implementar una RGC y de que las máquinas ‘paguen impuestos’. ¿Podría explicar a los lectores qué es el proletariado cognitivo y a quién afectará? ¿Quiénes formarán o formaremos parte de esta clase?

—El proletariado cognitivo ya lo somos todos potencialmente, en la medida en que vivimos desapoderados de la gestión de nuestra huella digital y de cualquier capacidad decisoria o negociadora sobre ella. Consumimos contenidos digitales a través de aplicaciones que van haciéndonos más eficientemente nosotros, sin autonomía para salir del carril tecnológico en el que vivimos cotidianamente. Los algoritmos deciden sobre nosotros dentro de una alienación perfecta.

—¿Es esta la nueva expulsión del paraíso? ¿Son los líderes del futuro trashumanista que nos amenaza prometeos o la serpiente del Edén?

—Son Mefistófeles que van apropiándose de nuestra alma haciéndonos creer que seremos dioses.

—Los magnatess de la economía tecnológica propugnan la esperanza de la vida eterna mediante la muerte del cuerpo, como si la mente fuera un órgano autónomo, una simple inteligencia artificial. Sin embargo, el dolor, el placer, la imaginación, la creatividad, el sueño, la memoria, la enfermedad, la falibilidad y la muerte lo que nos hace hombres en suma, está intrínsecamente unido al organismo. ¿Cómo será este nuevo hombre?

—Afortunadamente es todavía una hipótesis. Pero nos enfrentamos a algo parecido a lo que las hermanas Wachowski nos describieron cinematográficamente en Matrix. La película tiene veinte años y cada vez es más actual.

—Cada vez tenemos más acceso a la información, pero al tiempo los algoritmos que utilizamos para encontrarla mediatizan y censuran nuestra capacidad. Nunca como ahora el medio ha sido el mensaje. ¿Qué posibilidades tenemos de escapar de este número diabólico que suponen los algoritmos?

—Posibilidades, ninguna. Los algoritmos, como los datos, han llegado para quedarse. Lo que hay que conseguir es que lo algoritmos no contribuyan a deshumanizarnos y hacernos más dependientes de ellos. La clave es regularlos y someterlos al control del debate democrático. No tiene sentido que regulemos exhaustivamente la composición y caducidad de un yogur y no haya regulación sobre los algoritmos que, por ejemplo, deciden si alguien puede tener una hipoteca o una tarjeta de crédito.

—El mundo no es como es sino como somos nosotros. El caos y la capacidad humana para la confusión, para resultar indescifrables e insólitos puede terminar debido a la abdicación que estamos haciendo en las máquinas y la Inteligencia Artificial. ¿Cómo podemos rebelarnos?

—Exigiendo que la transformación digital que vivimos sea expuesta al debate público y al control democrático de la legalidad. La tecnología sin regulación puede llevarnos a la distopía. Con regulación, puede ser una fuente de progreso y bienestar infinitos.

—Habla del final del trabajo y de lo que supondrá para la conciencia que el ser humano tiene de sí mismo. ¿Qué hay de las universidades?

—La Inteligencia Artificial y la robótica, así como el resto de los procesos de automatización van a acabar con el trabajo. Al menos como lo entendemos desde la revolución industrial. Sobre todo con el especializado. ¿Cómo vamos a explicar a nuestros universitarios en estos momentos que las herramientas diseñadas para el éxito profesional hace 15 años están obsoletas? Lo vivido por los taxistas lo empiezan a padecer los abogados, y después lo sufrirán los ingenieros… La clase media occidental está en crisis porque la transformación digital está proletarizándola. La solución es pensar en un empleo humano que dé sentido a las máquinas.

—Habla de que las diferencias culturales entre China, Estados Unidos y Europa creará diferencias a la hora de enfocar este futuro que nos está arrasando. Defiende que la tradición ilustrada en Europa hará más fácil una ‘contrarreforma’ que impida el fin del liberalismo y las democracias como las conocemos en la actualidad. ¿No podría ocurrir que Europa, simplemente, se convierta en una colonia? ¿Cree que tenemos alguna posibilidad en un continente en el que cada país parece defender sus propios intereses?

—Nunca como hasta ahora hemos de defender e impulsar más la idea de Europa. Solo desde nuestro continente puede volver a hacerse ilusionante la democracia y la libertad porque nuestra civilización sigue aceptando que se aprende del error. Y los europeos constatamos que nuestra democracia liberal es imperfecta y ha cometido errores. Por eso queremos defenderla para renovarla y transformarla. Seguimos siendo un espacio para la esperanza a pesar del cerco que sufrimos a través de los nacionalismos, los populismos y un fascismo que ha vuelto a llamar a nuestra puerta. La batalla de la libertad hay que darla en Europa.

—La sociedad que promete la IA de las grandes empresas tecnológicas es peor que la del panóptico de Bentham porque en este caso sabremos que nos ven y no nos importará por lo que recibiremos a cambio. ¿La individualidad ha dejado de ser un valor?

—Ha perdido peso y gravedad ante el apetito gregario y de comunidad que despierta la percepción colectiva del miedo e incertidumbre que nos acompaña a diario. Fuera del grupo hace mucho frío.

—Este ciberleviatán que da título al ensayo implica un sistema de censura perfecta de la que nadie querrá ni sabrá salir. ¿Cómo podemos defendernos de este nuevo sistema autoritario?

—Impidiendo que se consolide en sus matices neo-totalitarios. Hace falta mucha más capacidad crítica.

—¿La tecnología es liberación o servidumbre?

—Depende de nosotros esa decisión. Pero en el proceso de decidir hemos de aceptar que la técnica no es nunca neutra. Es voluntad de poder y no tiende a admitir límites por sí misma.

—Se habla incluso del final del lenguaje como lo conocemos. Con la tecnología perderemos referentes y conceptos, con lo que las palabras que utilizábamos para referirnos a ellos también desaparecerán.

—Es cierto, el lenguaje conceptual se degrada un poco más cada día. Sucede como con las especies de nuestro biomedio. Pero eso no significa que estemos en los umbrales que nos lleven a una hibridación del concepto y la imagen… Si fuera así no me preocuparía. Podríamos ensayar una neolengua que sea capaz de expresar mejor lo que pensamos y sentimos. El lenguaje debe ser capaz de hablar, no de callar. El problema no creo que sea ese, sino que la técnica reprima inconscientemente nuestra capacidad de pensar y sentir.

—Propone un nuevo pacto social, un nuevo contrato con el que consigamos ser nosotros los que controlemos la tecnología. ¿Podemos enfrentarnos a las grandes corporaciones, tan grandes que tienen más poder que muchos Estados?

—Todavía sí, pero requiere un política más audaz de lo que es ahora. Europa puede dar la batalla de la regulación. Sumados, los países europeos tienen capacidad de decisión. Separados somos un cero a la izquierda.

—Cada vez hay más capas sociales que se desenvuelven en su día a día con miedo. Nunca hemos vivido mejor, pero la incertidumbre que ha surgido por esta nueva economía hace que el futuro parezca cada vez más negro. Ese es el mejor caldo de cultivo para los populismos y los nacionalismos. En este mundo, usted propone un regreso a las ideas liberales, en franco retroceso en todo el mundo. ¿Cómo se defiende la incertidumbre y la libertad cuando es más sencillo ser esclavo?

—La mejor manera de vencer al miedo es no dejarse arrastrar por él. El miedo sirve a los dispositivos de poder que buscan silenciar la libertad.

— Decía Rousseau que un hombre libre era el que rompía con su pasado y no necesitaba comparecer ante ningún tribunal. Todo lo contrario a lo que ocurre en la actualidad. No es ya que estemos dispuestos a justificarnos constantemente, estamos dispuestos a que nos digan lo que debemos pensar, comprar y sentir.

—Exacto. El algoritmo nos ayuda a ser más eficientemente nosotros. Nos reconocemos mejor en él que en la incomodidad del espejo analógico. Atrapados por la exigencia de vivir en tiempo real, solo podemos palpar nuestra existencia a través de la piel de los dispositivos inteligentes. Deberíamos pensar más en ello.

—Habla de China, de Europa y de Estados Unidos. Incluso plantea la posibilidad de que Europa tienda un puente con Hispanoamérica para mantener el liberalismo democrático. ¿Qué ocurre con los países musulmanes? ¿Cree que la umma con la que viven, sienten y piensan hará más difícil la teocracia tecnológica?

—Creo que Europa puede tejer complicidades con Iberoamérica, con África y con el mundo mediterráneo. El Islam no es homogéneo. A pesar del asalto que sufre por el islamismo, aloja en su seno heterodoxias muy potentes que tienen una visión tolerante y humanista de la religión que pueden convertirse en cómplices en el proceso de humanizar la tecnología.

—¿Es la tecnología el soma que preconizó Huxley en ‘Un mundo feliz’? ¿Preferimos la nada al dolor?

—Algo así. El nihilismo es hoy por hoy el gran aliado de la técnica. Pero no tiene por qué ser así. La celebración es lo opuesto a la nada y parte también del cuerpo y de sus experiencias. La técnica debe ser cómplice de una humanidad aumentada no de una humanidad disminuida.

«Se apropian de nuestra alma y nos hacen creer que somos dioses»
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