domingo 6/12/20

Maciel de Lorenzana

Un leonés fundador de las reducciones jesuíticas del Paraguay

Vino al mundo en nuestra ciudad en el año de 1565, en el seno de una de las familias nobles de la misma, aunque desconocemos con precisión quiénes fueron sus progenitores. Lo cierto es que los Lorenzana, en la segunda mitad del siglo XVI, como ha señalado la Dra. Torres Sevilla, ocupaban altos cargos en el cabildo y en la iglesia local, así como entroncaron con algunas de las grandes familias de la nobleza leonesa del momento. El desconocimiento que tenemos sobre su persona en los primeros años de su vida hace que se proyecte, incluso, en su mismo nombre, puesto que podemos encontrarle en la documentación y en las obras de los jesuitas como Maciel, Marciel, Marcial y Marcelo.

En 1572 comenzaba a funcionar en nuestra ciudad el colegio jesuítico de San Miguel y los Ángeles, gracias a los esfuerzos realizados por el obispo San Millán, como se puede apreciar en los estudios que sobre el mismo han realizado la Dra. Viforcos Marinas y el Dr. Llamazares Rodríguez. La falta de centros docentes de importancia lo convirtió pronto en el más relevante de la ciudad y en él debió de estudiar Maciel y probablemente también allí surgió su vocación jesuítica. Lo cierto es que antes de decidirse a ingresar entre los ignacianos había pasado a estudiar Leyes en la Universidad de Alcalá de Henares y el 18 de octubre de 1583 ingresaba en la casa jesuítica de Villagarcia de Campos (Valladolid). Es probable que regresara a Alcalá para finalizar sus estudios y por fin recibiría las órdenes menores el 21 de diciembre de 1591.

Como fue habitual entre los jesuitas, con aquellas órdenes pasó a las Indias, en concreto a Lima, en la expedición del P. Diego de Zúñiga, llegando a aquella ciudad virreinal en 1592. A partir de ese momento, su deambular por la región del Plata fue casi continua. Poco después de llegar a Lima se le destinaba a la misión de Tucumán para evangelizar en el Chaco. Al año siguiente pasaba a Asunción para colaborar en las tareas evangelizadoras con otros jesuitas llegados de Brasil; las dificultades existentes para mantener la mencionada casa hicieron que se enviase un visitador, que decidió su cierre en 1600, con lo que nuestro leonés tuvo que trasladarse primero a Santiago del Estero y luego a las misiones populares de Córdoba (Argentina), donde permaneció destinado hasta 1605 en que se volvió a reabrir la casa de Asunción. Parece que su destino le permitió viajar por la zona, pues tras el sínodo de 1603, el obispo Martín Ignacio de Loyola, sobrino del fundador de la Compañía de Jesús, en un viaje que hacía por barco de Asunción a Buenos Aires encontró como náufragos al leonés y a su amigo el P. Cataldino. Al volver a Asunción en 1605 fue nombrado superior, coincidiendo en 1607 con la creación de la provincia jesuítica del Paraguay, que incluía los actuales territorios de Paraguay, Argentina, Uruguay, y parte de Chile, Bolivia y Brasil .

A tierra de los guaraníes

Parece que por expreso deseo del obispo de Asunción y del primer provincial jesuita, el zamorano Diego Torres, fue enviado a tierras de los guaraníes, en compañía del P. San Martín, saliendo de Asunción el 16 de diciembre de 1609. Después de pasar por las misiones de los franciscanos en la zona para recibir información, los dos religiosos se entrevistaron con el cacique Arapizandú, que quedó gratamente sorprendido de aquellos dos jesuitas y les permitió actuar entre los suyos y hacer su fundación. Se trataba de la misión de San Ignacio Guazú, creada el 29 de diciembre de 1609, aunque oficialmente no sería reconocida en la Orden hasta el año siguiente, cuando pasó a organizarla de forma definitiva el P. Roque González de Santa Cruz, que acabaría siendo canonizado y que en aquellos primeros tiempos de las reducciones fue un ferviente colaborador del P. Maciel. De hecho, el mencionado Santo había pasado a formar parte de la Compañía de Jesús gracias a la intervención de nuestro leonés, ante las dudas que le había planteado su ingreso cuando era todavía sacerdote secular.

Maciel de Lorenzana dirigió la reducción de San Ignacio Guazú hasta 1612, en que le sustituyó el mencionado P. González de Santa Cruz. Lo cierto es que desde aquella fundación nuestro leonés envió a los padres Cataldino y Maseta hacia el Guayrá, donde fundaron, en las cercanías de la confluencia del Paranapanema con el Paraná, las reducciones de Nuestra Señora de Loreto y de San Ignacio Miní. Desde ambas reducciones los jesuitas desarrollaron su tarea misional fundando otras que se extendieron hasta el río Tibagiba, en dirección a Sao Paulo. Por tanto, San Ignacio Guazú fue el punto de partida para la ocupación del territorio paranaense por los jesuitas y un modelo de evangelización del que luego hablaremos.

Dedicado a las tareas misionales en aquellas tierras viajó por el río Uruguay y la región de los tapes y gracias a su celo, aunque ya no fuesen fundaciones directas de él fueron apareciendo en el tiempo que duró su vida, entre otras, las ya mencionadas de San Ignacio Miní y Loreto, en 1610; de la La Encarnación, en 1615; la de Concepción, en 1619; etc. Lo cierto es que en el momento de la expulsión de los jesuitas de los territorios americanos de España, en 1768, los de la Compañía administraban 30 pueblos en la región del Paraná.

Pero su labor fue más allá de los asuntos de evangelización y de fundaciones, pues se destacó como un vigoroso defensor de los indios, acusando el descenso de su población por las malas artes de los españoles, como lo denunció respecto de Villarica y su entorno. De hecho, en 1611 fue uno de los colaboradores en las llamadas Ordenanzas de Francisco Alfaro, por entonces oidor de la Audiencia de Charcas, de la que dependía Paraguay, por las que se suprimirían, entre otras cosas, los servicios personales de los indios, su traslado, la prohibición de su compraventa, etc. De hecho, los jesuitas de Paraguay consideraban que los indios eran vasallos del rey de España, pero no de particulares.

En 1613 era nombrado superior de las casa de Asunción y ejerció el cargo hasta 1622, volviendo a ocupar el cargo unos años antes de su muerte, acaecida el 12 de septiembre de 1632. En todo ese tiempo no descuidó su interés por las reducciones que se habían fundado y se seguían fundando.

Las reducciones

Hacia la segunda década del siglo XVII, los padres jesuitas ya habían logrado generar un espacio propio para la expansión del cristianismo y con algunas dificultades habían conseguido sustraerlo a los intereses de los encomenderos. Este espacio era de grandes dimensiones y se extendía desde el río Guayrá hasta la región del Iberá; aunque no se detenía en esos límites, sino que continuaba hacia el Este, comprendiendo la cuenca del río Uruguay y la zona más oriental del Tapé.

Las reducciones jesuíticas han sido uno de los temas americanos que más ríos de tinta ha hecho correr en la Historia de América y con especulaciones de todo tipo. Su originalidad y eficacia han dado pie para ello. Como hemos visto, el fundador de la primera reducción y el promotor de las siguientes sería un hombre de nuestra tierra que, como sucede casi siempre con nuestros leoneses más universales, resulta ser un desconocido en su propio lugar de nacimiento. Curiosamente, como otros leoneses de los siglos XVI y XVII fue un pionero en las labores misionales. Él en Paraguay, como otros jesuitas, Gonzalo de Tapia y Hernando de Villafañe lo fueron en Sinaloa; o como fueron pioneros los miembros leoneses de otras órdenes, como el franciscano Martín de Valencia y el dominico Domingo de Betanzos en la Nueva España o el agustino Luis Álvarez de Toledo en Quito.

La función de aquellas reducciones tuvo una definición muy temprana por mano del P. Montoya, que hablaba de ellas como de concentraciones de pueblos dispersos y que los miembros de la Compañía de Jesús redujeron a poblaciones y a la vida civilizada. Es cierto que esto les ha valido muchas críticas a los hijos de San Ignacio, pero lo cierto es que gracias a este sistema se logró sacar a los indios guaraníes de la codicia de los españoles y de los portugueses. Bajo la dirección de los jesuitas se organizaron con sus propias autoridades y desarrollaron una actividad económica que les permitió mantenerse con gran autonomía respecto de las autoridades de Asunción y de Buenos Aires, toda vez que con su producción agroganadera podían pagar sus tributos e incluso comerciar, aunque esto lo hicieran esencialmente a través de los intermediarios jesuitas. Esa autonomía llegó hasta tal punto, que, bajo el control de los de la Compañía, llegaron a constituir su propio ejército para hacer frente a las entradas de los bandeirantes paulistas; incluso permitiría rebelarse a los de las reducciones de la banda oriental del río Uruguay contra el tratado de límites de 1750. Como consecuencia, tanto la corona española como la portuguesa vieron en estas reducciones un peligro para sus intereses, que finalizaría con la expulsión de los jesuitas de América, por parte de Carlos III, en 1768.

Hasta tal punto generaron una forma propia de vida, que dieron lugar a un urbanismo muy peculiar, de plano de cuadrícula con manzanas rectangulares, en torno a una plaza excéntrica presidida por la iglesia, el cementerio y la casa y colegio de los jesuitas; amén de que en ella se ubicaban otros edificios públicos. Algunos han visto en esas manzanas rectangulares una pervivencia de la oga o casa propia de las familias extensas guaraníes.

La discusión sobre las reducciones es casi tan antigua como su propia existencia. Por todas partes le han surgido defensores y detractores. Su peculiaridad ha hecho que se hable de utopía jesuítica o de imperio de los jesuitas, dependiendo de los autores. Lo cierto es que fue el método misional más efectivo que conocemos en América y cuyo primer promotor había sido nuestro leonés Maciel de Lorenzana.

Maciel de Lorenzana
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