jueves 19.09.2019
gustavo martín garzo

«Somos ladrones de vida»

Filandón
«Somos ladrones de vida»

Vuelve a sus orígenes Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948). El escritor retoma en su última novela, Y que se duerma el mar (Lumen) las claves y el territorio de El lenguaje del fuentes, su catapulta y premio Nacional de Narrativa en 1994. Es «una celebración de la vida y la maternidad», para «humanizar y devolver al mundo a María», la joven madre de Jesús que le «exigió» contar su historia con su propia voz. María de nuevo es un ser imperfecto e inmaduro que se mueve en un territorio en el que la frontera entre fantasía y la realidad es muy difusa.

—¿Cierra ciclo con esta vuelta a sus principios?

—No sé. Quizá ningún escritor sepa por qué hace cada libro. Te impulsa la necesidad, sin explicaciones. Personajes e historias te marcan el camino y descubren territorios imaginarios en los que se dan hallazgos. Escribir es volver cada día a ese nuevo lugar y ver qué pasa.

—En este caso, el territorio es conocido.

—El mismo de El lenguaje de las fuentes, donde quise contar la historia de María desde su punto de vista y fui incapaz. Me atraía el personaje, que pertenece a mi infancia, a mi cultura católica y a mi imaginario. Tuve el hallazgo de José, que cuenta lo que vio desde fuera. Tenía algo pendiente: hasta que el personaje, María, me pidió que contara su verdad.

—¿La infancia es una mina para su literatura?

—Tiene que ver con el mundo del relato al que le soy fiel. El pensamiento infantil, mágico y abierto a lo más inesperado, no es racional. El mundo del niño no es cerrado como el del adulto. El crío se mueve muy bien en ese mundo ambiguo en el que conviven lo más bello y lo más terrible. Quería moverme en ese terreno de la naturalidad infantil, con el mundo aún por crearse. Pensar que todos participamos en la creación del mundo con gestos, decisiones y palabras.

—Primera y última novela vinculadas a la Biblia. ‘El Jardín dorado’ al mito del Minotauro. ‘La princesa manca’ a las mil y una noches. Sus ‘Tres cuentos de hadas’ con los relatos de Grimm y Andersen.. ¡Qué filón!

—Es el poder de las historias eternas. Mi obra está íntimamente ligada a esos mitos, al sustrato primigenio que albergan esos mitos protectores del pensamiento del que hablaba Salvatore Quasimodo. Ahí nace nuestro pensamiento, al que aún recurre Platón para confirmar su filosofía y conformar al mundo y al hombre. Lo mismo pasa con las sagas orientales y nórdicas, que nos acompañan, consuelan y dan sabiduría. Es importante no olvidarlas. Es una petulancia decir que son historias agotadas. Son universales, circulan de unas culturas a otras y tienen cosas que decir.

—¿Todas vigentes?

—Claro. No soy un folclorista empeñado en recrearlas. Si vuelvo a ellas es porque las siento vivas en mí. Me reclaman y me permiten afrontar mis historias cotidianas. Adquieren nuevos sentidos en función de quién y cómo las cuente. Esta novela habla así del hombre y la mujer de hoy desde la sensibilidad de hoy.

—María es manca, como su princesa ¿Por qué esa recurrente invalidez de sus personajes?

—Son siempre distintos, diferentes. El ser normal no tiene historia. La deformidad, el defecto, expresan de forma simbólica nuestra naturaleza. El ser humano está siempre haciéndose. La vida es una sucesión de pérdidas y de seres incompletos. La novela forma además díptico con El lenguaje de las fuentes y no debía desmentirla. No puedo inventarme ahora una María con las dos manos. Es un ser idealizado al que se representa con la idea de la perfección. Yo quería devolverla al mundo, y hacerla imperfecta es la mejor manera de humanizarla.

—¿Le fascinan tanto los ladrones como los tullidos?

Alí Babá y los cuarenta ladrones me subyugó. Entran en un lugar ajeno y se lleva lo mejor. Los escritores hacemos lo mismo: asomarnos a otros mundos en busca de algo valioso, con el poder de iluminar la vida. El escritor parte de lo que han escrito los demás y de lo que escucha. Es un ladrón de experiencias, emociones, sentimientos e historias. Es un ladrón de vidas que roba de aquí y de allá.

—¿De dónde surge el título?

—Es un verso de Simónides de Ceos sobre el mito de Danae. La nana que una madre aterrada canta a su hijo en medio de un mar agitado. Le pide al mar que se duerma, para que su hijo pueda seguir viviendo. Las nanas son un círculo mágico y protector. Este libro tiene que ver con la maternidad, los temores del embarazo y del nacimiento. Como dice un personaje, en el silencio de una madre que contempla a su hijo que duerme está la verdadera historia del mundo. Te demuestra que lo maravilloso pertenece al mundo y que está en los ojos de quien lo contempla por primer vez, los niños, los amantes, los poetas, quizá los locos.

—El amor ¿es el motor de todo cuanto escribe?

—Como en cualquier vida y en cualquier obra. La vida es insoportable si no le encuentras algún sentido. Si algo se lo da, es el sentimiento amoroso. Ese encantamiento, esa dulzura, hacen el mundo habitable. Como la poesía transforma al mundo en una casa acogedora, según Octavio Paz. Lo valioso es lo que da sentido a la vida, y ese es el tesoro que se busca en tantos cuentos y en mis narraciones. Sin olvidar que la vida y la muerte, la luz y al oscuridad, van de la mano, que existe el desamor y el sufrimiento, y sabiendo que vivir supone mantenerse a flote entre e un mar de contradicciones, como decía Scott Fitzgerlad.

—¿Cómo un narrador de cuentos de hadas adora a Kafka?

—Es el escritor supremo. El último gran escritor de cuentos de hadas. No se le lee bien. Sus personajes vienen de mundos fantásticos de los que recoge fragmentos. Nos enseña que hemos sido expulsados del paraíso y que el paraíso está en el mundo. La fantasía es quizá la mejor manera de aproximarse a la realidad, que no es solo lo visible y lo palpable. Nuestros sueños y deseos también son reales, aunque no se puedan formular.

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