domingo. 29.01.2023

Miedo y sumisión bajo la ocupación rusa

Registros de móviles, presión psicológica, amenazas y sobornos enmarcan la vida de los ucranianos bajo el yugo de Moscú
                      Un miembro de emergencias entretiene a los niños con pompas de jabón en Kharkiv en un bombardeo. SERGIY KOZLOV
Un miembro de emergencias entretiene a los niños con pompas de jabón en Kharkiv en un bombardeo. SERGIY KOZLOV

Muchos ciudadanos se han visto obligados a vivir en un ambiente de miedo y sumisión durante un largo tiempo en el que el Ejército del Kremlin ha tenido regiones ucranianas bajo su yugo. La vida bajo la ocupación rusa en Jersón y Zaporiyia ha estado enmarcada por los sobornos, la incertidumbre y el temor a que las balas atravesaran sus cabezas y sus cuerpos fueran enterrados en fosas comunes. «Era increíblemente aterrador, toda la ciudad estaba llena de extranjeros armados», exclama Anton Ovsharov, de 44 años, exingeniero de la central nuclear de Zaporiyia. Su ciudad natal aún está controlada por Moscú, pero no la región al completo, por lo que mantiene la esperanza de que las tropas ucranianas liberen el territorio en el menor tiempo posible y, a su vez, todo el país.

Durante la ocupación, el principal objetivo de los soldados rusos parecía ser hallar los teléfonos de los residentes que no pudieron huir a su llegada, según relatan los propios ciudadanos, ahora ya tranquilos después de que Kiev liberara Jersón de las garras de Vladímir Putin. «Iban de casa en casa con sus armas. Juntaban los teléfonos móviles en un balde y se iban», cuenta Liudmila Shevchuk, de 56 años. ¿Por qué estos dispositivos? Según la mujer, los rusos temían que comunicaran su posición a las fuerzas ucranianas. Tanto ella como su marido, Oleksandr, los guardaban bajo tierra para evitar que se los llevaran. «Muchos los enterrábamos. Los que no lo hacían a tiempo se quedaban sin ellos», afirma.

Estos registros también se llevaban a cabo en las calles, como le pasó a Irina Myhailena, agente inmobiliaria de 43 años, a quien los soldados pararon cuando caminaba con su hija por una vía de Berdiansk, en la región de Zaporiyia. «Agarraron mi bolso y buscaron el móvil», recuerda la mujer, cuyo temor por su vida y la de su hija aumentó sobremanera en ese preciso momento. Ese mismo día, agrega, «la hija de 12 años de una amiga iba sola por la calle y también la pararon y registraron», relata recordando el miedo que pasó tanto la pequeña como sus padres cuando les contó lo ocurrido.

Los ciudadanos también recibían amenazas si se mostraban contrarios al Ejército invasor. «Teníamos que borrar todos nuestros mensajes. Y cuidado con nosotros si decíamos cualquier cosa contra Rusia», explica Myhailena, quien afirma que en esa situación «nadie se sentía seguro». Ante este panorama, fueron muchos los que intentaron huir de la zona controlada por Moscú, pero no sin un pago previo.

Los sobornos estaban a la orden del día. Olga, vecina de 57 años de Dudchani, en la región de Jersón, asegura que numerosos soldados rusos estaban dispuestos a conducirlos hasta las posiciones ucranianas. Al principio con ofrecerles vodka era suficiente, cuenta, pero posteriormente «había que pagarles siempre». En ocasiones, los pagos consistían en entregar las llaves de sus vehículos. «Luego les vimos circulando con nuestros coches», señala Oleksandr Shevchuk. ¿Y qué pasaba después? «Los rusos nos llevaban y luego ellos volvían para apoderarse de nuestros bienes», asegura Olga.

Shevchuk recuerda la «presión psicológica» ejercida por los invasores para que los habitantes fueran evacuados hacia Crimea, península anexionada por Moscú en 2014. Los ocupantes también confiscan empresas rentables como los hoteles en Berdiansk. «Vienen con el comandante, señalan con el dedo lo que quieren y ya lo tienen», lamenta Myhailena.

La sumisión no es siempre la respuesta para los ucranianos, hartos de los ocupantes tras nueve meses de guerra desde que Putin ordenara invadir el país vecino el pasado 24 de febrero. Algunos, aunque tengan miedo a las represalias, sacan pecho ante la adversidad y se enfrentan a Moscú. ¿Cómo? Oleksandr Gorbonosov, por ejemplo, es uno de los ciudadanos que en múltiples ocasiones ha echado azúcar en los tanques de carburante del Ejército ruso para dejar inoperativos sus vehículos, aunque fuera de forma temporal. No obstante, «luego comprendimos que eso no servía para nada, pues los rusos iban donde los agricultores y les amenazaban con quemar su material si no les entregaban carburante», señala Gorbonosov, de Energodar, en la región de Zaporiyia. Aunque, como tantos otros, dejó su ciudad natal «cuando me enteré de que los rusos sabían dónde vivíamos. Tienen tantos informadores...», declara este ucraniano que logró escapar a tiempo a territorio controlado por Kiev.

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