miércoles. 29.06.2022

El arrabal que ha dejado la obra del tren

Las negociaciones entre Ayuntamiento y Adif para el nuevo plan de ámbito territorial se inician casi un año después de acabar la integración
                      La valla que pone la linde a las dos ciudades que dejó en superficie la integración del tren. FERNANDO OTERO
La valla que pone la linde a las dos ciudades que dejó en superficie la integración del tren. FERNANDO OTERO

Luis Miguel García Copete es el hombre fuerte de la operación, el designado por el alcalde para defender los intereses de la ciudad de León ante los intereses de Adif. Hay diferencias en la gestión de los sobrantes de la integración del tren en la ciudad; más allá del resultado definitivo, con la valla metálica que acordona el perímetro de la vía bajo losa, la comisión de trabajo interadministrativa tiene una tarea por delante por resolver.

La comisión de trabajo, entre Adif y el Ayuntamiento de León, aireó ayer como un éxito el primer encuentro de una serie que tiene por objetivo ventilar un nuevo Prat (plan regional de ámbito territorial) para este entorno urbano, convertido en un arrabal, con sobrantes extensos que mantienen las lindes del oeste de la ciudad absorbidos por un espacio de exclusión, que ha convertido en zona suburbial un área que se vendió como ejemplo de reconversión urbana, y es fuente impermeable entre dos caras de la ciudad, un reverso a espaldas del desarrollo.

La comisión de trabajo toma contacto casi un año después de que los raíles de la estación pasante se conectara a la red general, cuatro meses después de que la máxima autoridad municipal se reuniera con la presidenta de Adif y acordara un equipo técnico para definir los límites entre las propuesta de las dos partes.

Redefinir el Prat que quedó liquidado nada más que se aprobó, hace ya más de tres lustros, cuando se la base del negocio, aquellas cientos de viviendas y sus plusvalías y los edificios de veinte alturas nació viciada por la utopía. La valla que frena y afea la ciudad es prioritaria.

Pero hay otros elementos de discordia en la fluidez que debería acompañar ya al fruto de la integración, que permanecen inertes.

El pasillo de los lucernarios, que el Ayuntamiento se niega a asumir por entender que son elementos funcionales de la estructura; que aportan luz y ventilación al interior del túnel ferroviario que ampara los andenes de la estación pasante; Adif cree que son elementos decorativos.

Sin saltar al lado oeste de la valla se encuentra también el aparcamiento en superficie, contiguo al armazón exterior de la nueva estación, que permanece cerrado, y con la vigilancia celosa del personal de seguridad contratado por Adif. Zona prohibida en un espacio que debería estar ya al servicio de los usuarios que requieren de áreas para estacionar los vehículos cuando llegan a la estación.

Con tanto clamor reivindican los taxistas acercar la parada a las puestas de la salida de la estación, también orilla vedada para los usuarios del tren que tienen que caminar en procesión para llegar al servicio de taxi, alejado en los aledaños de la vieja estación, con perjuicio para los que demandan esta prestación.

Las casetas de las empresas de vehículos de alquiler ya deberían estar cobijadas en la estructura de la propia estación de ferrocarril representan otra secuencia discordante en los avances de la ordenación del entorno.

Hasta la jardinera de las escalinatas se une a esta secuencia de desajustes en los intereses urbanos de la ciudad y lo que defiende Adif.

Y detrás de este escenario que aparece aseado a simple vista, la valla; y detrás de la valla, un solar infinito que anuncia el fin de una ciudad y el comienzo de otra.

El arrabal que ha dejado la obra del tren
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