miércoles. 06.07.2022
Urbanismo

La integración ferroviaria deja a León con casi treinta mil metros sin uso

Descampados vallados sin utilidad e inmuebles cerrados acordonan la traza soterrada del ferrocarril
Vista del edificio de la vieja residencia, ahora cerrada, desde la calle Astorga. FERNANDO OTERO

No hay rastro de aquel espacio de ensueño que se diseñó al calor del primer plan de soterramiento del tren en León. No más que el concepto esencial que fundó el proyecto, basado en colocar la vía integrada a media docena de metros de la superficie.

El resto de esta transformación urbanística que llegó a la par de la intervención para retirar las vías de la vista, sacarlas de la lista de obstáculos que venían a condicionar la movilidad, se quedó en una idea; y ahora, somete la reforma de la ciudad en el pasillo exterior que da continuidad a la traza ferroviaria en una incertidumbre; en una secuencia de metros cuadrados que no tienen uso definido, y que esperan una determinación del Gobierno para no acabar con el descontento vecinal por el resultado final de la operación. Cerca de treinta mil metros cuadrados esperan destino, integrado en la ciudad, lejos de ese rellano de descampado que rompe la línea urbana y amenaza con abrir zonas de exclusión.

El golpe visual que no admite disimulo se encuentra en el costado de la vieja estación de tren, donde casi dos hectáreas se acumulan entre el vallado de perímetro al pasillo de los luceros de colores de la galería subterránea que es la nueva traza para el ferrocarril por la ciudad y el sostén de los edificios de uso ferroviario que superaron el rigor de la piqueta. Hay otras manchas a mayores; de menor entidad y casi el mismo calado, que amenazan, con hacer de la herencia ferroviaria de la ciudad una secuencia interminable se solares sin destino práctico. Manchan la zona contigua a los edificios que nacieron con la reforma, o subsitieron a ella. Casi treinta mil metros cuadrados es una cifra con el suficiente empaque para que la administración dueña de ese suelo se implique en darle una función adecuada a las necesidades de la ciudad.

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Con los solares al raso y pendientes de medidas que no pasan de un vallado de protección al exterior, con el soterramiento sin estrenar tras cinco años de obras, y el fondo se saco que lo motivó sin eliminar después de una década de trabas en la circulación y fluidez de los trenes en la ciudad, se eleva sobre todos los condicionante la renegociación y el replanteamiento del Prat, que los máximos responsables del Ministerio de Fomento declararon obsoleto.

Esa es la solución más inmediata para tanta superficie suelta que se desprendió del espacio ferroviario de la capital leonesa; hoy, condensado en una estructura de hormigón de cerca de un kilómetro, deja al aire los descuidos de una gestión urbanística que no se ajustó del todo a la realidad o a la necesidad del entorno en el que se intervino para mejorar. De aquella idea de ensueño que replicaba en torno a la nueva estación de tren el florecimiento de una segunda urbe, con edificios rascacielos sacados del catálogo que se empleó en otras ciudades para el mismo fin, no queda otra aplicación que el paso deprimido del tren.

La integración ferroviaria deja a León con casi treinta mil metros sin uso