domingo. 04.12.2022

Un ‘bufido’ de muerte en el taller

Los mineros que sobrevivieron notaron «un soplido» en el interior de la mina. Comenzó una agónica carrera por la vida

Más allá de las múltiples hipótesis y conclusiones que los muchos informes periciales aportan a la causa sobre el accidente del Pozo Emilio del Valle de la Hullera Vasco Leonesa, y fuera cual fuera el origen de la invasión masiva de grisú que inundó talleres y galería de la Planta 7ª, lo cierto es que los seis mineros fallecidos murieron, según las autopsias, por «anoxia oxipriva, ocasionada al respirar en una atmósfera con gran cantidad de metano». Tal cantidad, expulsada de forma súbita, que a seis experimentados mineros no les dio tiempo siquiera de echar mano a sus autorrescatadores.

Más allá de las diferentes interpretaciones de las causas que dieron lugar al siniestro, y de las responsabilidades que se desprendan del juicio, la descripción de cómo se vivió desde dentro de la mina la angustia del enorme escape de grisú, el drama de la asistencia para mantener con vida a las víctimas que sobrevivieron, además del rescate de los fallecidos, es un estremecedor relato de la dureza del trabajo que durante más de un siglo se escarbó bajo tierra en el ya desaparecido (ojalá nunca olvidado) León que vivió y generó riqueza con la minería.

El relato que los informes oficiales aportan a las diligencias de este complejo proceso judicial describe con detalle lo que muestran tanto las auditorías como los libros y registros del entramado de vigilantes del organigrama de seguridad en los que la empresa archivó lo ocurrido en el último mes de explotación de la zona del accidente.

Y recoge también cuanto vivieron quienes aún pueden contarlo. Un relato cronológico y científico que describe los hechos aquel día. Las secuelas de cuanto ocurrió para quienes aún pueden contarlo forman un capítulo aparte en este complejo proceso penal.

El informe oficial sobre lo ocurrido justo en el momento del accidente que costó la vida a seis experimentados mineros recoge cómo lo vivieron quienes aún pueden contarlo. Y señala que alrededor de la una de la tarde del día 28 de octubre Amancio Viñayo, Javier Cabello y Abel Viñuela comían su bocadillo en el banco del transversal de la Planta 7ª del Macizo 7º del Pozo Emilio del Valle. Hacia las 13.20, cuatro minutos antes de la hora en la que oficialmente se fija el enorme escape de grisú, Cabello se dirigía a la explotación en la zona Este. El minero declaró que hacia la mitad del camino vio venir una nube de polvo y notó «un bufido o soplido», tras lo que se agachó para protegerse e intentó salir rápidamente.

Los otros dos mineros que comían con él le ayudaron a salir hasta el pozo, donde Amancio y Javier se pusieron el autorrescatador y entraron de nuevo en la galería. Mientras, Abel intentó arrancar los motores eléctricos de las turbinas, aunque no lo consiguió; y avisó a los compañeros de la 6ª planta y de la calle para que enviasen refuerzos.

Así llegaron Santiago Lage y Miguel Ángel González, este último entró con Abel en la galería, por donde salían, Amancio y Javier «tambaleándose».

Según explica el informe, «un poco antes de la rampa, a la altura del cuarto páncer», se encontraban cinco de los fallecidos. Llevaban el autorrescatador con ellos, pero no lo habían utilizado. Todos ellos estaban en la galería, cinco a veinte metros de la explotación, y el sexto a cuatro metros del pase del taller.

Santiago y Miguel Ángel intentaron sacar entonces a José Luis Arias,una de las víctimas mortales; pero en el camino encontraron caído a Javier Cabello, al que sacaron hasta el pozo. También Amancio había caído inconsciente en el suelo, y lo sacaron.

Los refuerzos que fueron llegando llevaron hasta el pozo a las víctimas mortales del escape de grisú; pero durante las tareas de rescate Juan Manuel Menéndez y Roberto Julián Crespo se desmayaron y cayeron al suelo. También fueron rescatados por sus compañeros.

Los accidentados fueron llevados al pozo, en una zona de ventilación principal, donde se realizaron las tareas de reanimación de los heridos. En un primer momento, por parte de sus compañeros.

Según el testimonio que prestaron, los mineros que consiguieron reanimarse bajaron por su propio pie, o ayudados por otros, hasta el cargue de la planta 740, y de ahí salieron al exterior. No consiguieron reanimar a Juan Manuel, que junto a las víctimas mortales fue trasladado en camilla hasta el cargue, de ahí hasta el embarque del pozo en los vagones del tren y desde el embarque al exterior en la jaula del Pozo Emilio del Valle.

Con autorrescatadores

Todas estas tareas de rescate y reanimación tuvieron que realizarse en «una atmósfera baja en oxígeno», por lo que fue necesario el uso de autorrescatadores. Utilizaron tanto los que llevan continuamente los trabajadores, como los que fueron trayendo de otras plantas.

Pocos minutos después de ocurrir el escape de grisú se avisó al Servicio Médico de la empresa. Eran las 13.30 horas, y se trasladaron al pozo en una ambulancia. Ya en el pozo se fueron encontrando a los accidentados, y ya en los primeros exámenes se observó que las lesiones se debían a asfixia por falta de oxígeno. Salieron de nuevo al exterior con el último de los accidentados graves, Juan Manuel. Desde allí fueron evacuados al hospital.

Amancio Viñayo, Juan Manuel Menéndez y Roberto Crespo fueron reanimados en el pozo y ayudados a salir, y trasladados después al hospital. Arpad Acs no estuvo en la planta donde sucedió el accidente, y se dedicó a transportar autorrescatadores. Pero también se encontró mal y tuvo que ser ayudado a salir al exterior. Fue ingresado también en el hospital. Por su parte José Manuel Díez Coque salió por su propio pie y se fue a su casa, pero después tuvo que acudir al hospital y también fue ingresado. En total fueron seis los mineros que quedaron ingresados aquella noche, y se consideran «accidentados de gravedad». Aunque del conjunto de los mineros que participaron en el rescate son ocho en total los que han padecido secuelas graves, tanto físicas como psicológicas, sobre las que ahora reclaman compensaciones.

Los informes señalan también que desde las 13.30 de aquel 28 de octubre se prepara la Brigada de la empresa, cinco miembros que una hora después, terminadas las operaciones de rescate, entraron en la zona del accidente para inspeccionarla y realizar las mediciones de contenido de los gases.

Un ‘bufido’ de muerte en el taller
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