martes 07.07.2020
LA CRISIS DE LA MINERÍA

Cómo enterrar 465 millones de euros

El cierre de la minería de interior supondría abandonar la inversión de los últimos 25 años para acceder a unas reservas de 50 millones de toneladas de carbón
Cómo enterrar 465 millones de euros

El plan de la Hullera Vasco Leonesa para sobrevivir a un concurso de acreedores que desde el pasado 28 de mayo (tras solicitar el preconcurso en febrero) busca una salida a una deuda acumulada de más de 53 millones de euros pasa por cerrar la minería de interior y centrarse en la explotación del cielo abierto en la cuenca minera Ciñera-Matallana. En dos años, con apenas 60 trabajadores, certificaría el cierre de más de un siglo de brillante historia minera; y con ella de la forma de vida de toda una comarca de la montaña leonesa.

El portazo final a los pozos de Santa Lucía de Gordón y Llombera enterraría además una inversión acumulada en los últimos 25 años de 465 millones de euros, desde que el proyecto de la Nueva Mina, que comenzó a funcionar a finales de los años 90, abrió el paso a la modernización de la histórica empresa carbonera hasta la preparación de nuevas capas en los últimos años en el Grupo Competidora del Pozo Emilio del Valle, para asegurar el acceso tecnológicamente más avanzado a las grandes vetas de carbón que esconde esta zona de la cuenca.

Es el abandono de una inversión que el despropósito de la política minera en los últimos años ha precipitado, contribuyendo al descalabro en la gestión de la empresa. En un momento además crucial para el futuro del sector: la política energética europea camina con paso firme hacia la generación limpia y el desplome en los precios de las materias primas internacionales hace prácticamente inviable cualquier intento de competir sin ayudas de las explotaciones de interior locales.

Mientras el proceso concursal decide si el cierre debe ser el futuro de la minería subterránea en la cuenca, o se aceptan las propuestas externas para intentar hacer viables las explotaciones, la amenaza del fin pende sobre una historia que comenzó en 1889 y que con el paso de las décadas fue aglutinando las pequeñas explotaciones que salpicaban los 50 kilómetros cuadrados de montaña entre Ciñera y Matallana de Torío, desde Villasimpliz al norte del valle de Fenar, hasta consolidar una de las grandes empresas mineras del país.

En los años 20 se inauguró el Pozo Ibarra, referente y hoy emblema de historia minera, que estuvo operativo hasta 1996, cuando la Vasco inauguró una nueva etapa. En manos de la familia Del Valle desde principios de los años 40, en la década de los 80 comienza a plantearse la necesidad de planificar el acceso a las reservas de la compañía, a través de una profundización para acceder a nuevas capas.

Nueva Mina

Las obras de la Nueva Mina se iniciaron con la década de los 90, un ambicioso proyecto que supuso la inversión de 300 millones de euros, buena parte de ellos de dinero público. En 1998, cuando la moderna explotación arranca, las expectativas de la empresa fijaban su rendimiento anual en 2,5 millones de toneladas, un ritmo al que en 25 años se daría cuenta de la reserva calculada en la zona de 50 millones de toneladas. Preveía entonces su plantilla propia en un millar de mineros.

La expectativa duró poco: prácticamente a la vez el Plan del Carbón impuso un camino descendente en la producción que acabó fijando en un millón de toneladas anuales la aportación subvencionada de la empresa. Los incumplimientos de los últimos años de Gobierno y eléctricas llevaron a un mínimo de producción en 2014 de menos de medio millón de toneladas. El año que acaba de concluir ha pasado en blanco, con la mina prácticamente paralizada.

La inversión de la empresa para mantener las expectativas de acceso a sus reservas no se quedó ni mucho menos en la Nueva Mina. Desde 1999 se han destinado 165,4 millones de euros para preparar la explotación de nuevos macizos, que garantizasen la actividad de la empresa a medio plazo.

A pesar del panorama de incertidumbre que ha acompañado al sector en los últimos 20 años, la compañía consideró que una producción estable de un millón de toneladas anuales podría mantener la actividad con las reservas estudiadas al menos hasta 2030; y ese fue el escenario en el que diseñó las estrategias de inversión más recientes, por ejemplo la preparación de los nuevos macizos del Pozo Emilio del Valle, en el Grupo Tabliza.

Se preparó primero la explotación de los macizos 5 y 7, y luego el acceso al 9 y al 11, de la capa de carbón comprendida entre las plantas 865 y 740 (cifras que indican el nivel sobre el mar). El Proyecto Competidora seguía avanzando, con galerías cuya sección libre de labores oscilaba entre los 9 y los 15 metros cuadrados, aunque llegaba a alcanzar los 40 metros cuadrados en algunos puntos.

En estos años se han mantenido también las inversiones en investigación geológica, con sondeos tanto en la mina de interior (en el Grupo Competidora y en el Grupo Flanco Sur) como en el cielo abierto (la Destroza, que tiene unos 4 kilómetros cuadrados y cuya ampliación acaba de ser autorizada).

Todo para mantener la explotación de una cuenca con capas de carbón de gran potencia (anchura), una hulla antracitosa además que está entre los minerales de más calidad de los que se extraen en el país, según los ingenieros. La potencia de las capas es especialmente ancha en la zona más cercana a Santa Lucía, con una media actual de 15 metros, «hay pocas así en el mundo», señalan los expertos. En algunos momentos de la explotación, hace años, la capa llegó a tener cien metros de potencia. «No se conoce ninguna que llegara a tanto en todo el mundo». Eso sí, son capas irregulares, que obligan a «adaptarse continuamente a lo caprichoso de la naturaleza».

Y eso siempre hace difícil calcular los costos de explotación, algo cada vez más importante en un competitivo mercado internacional en el que el precio manda. Más cuando la mayor parte de la producción mundial procede de enormes cielos abiertos, con costes mucho más ajustados que el interior.

En el panorama nacional, eso reduce las expectativas de viabilidad de la minería subterránea a prácticamente tres explotaciones: las de Cerredo y Carbonar, además de la Vasco; las que tienen capas anchas, o muy regulares que permiten incrementar el uso de la tecnología en la producción. Y eso ajustando al máximo los sistemas de laboreo, para rebajar un precio que fuera capaz de competir en térmica. Un escenario realmente incierto y complicado.

Cómo enterrar 465 millones de euros