martes. 31.01.2023
Querido hermano: Pues sí que estamos listos. La cosa fue de vientecillo de nada. Caen cuatro falispas y nos ponemos todos tarumbas. Los del tiempo y los que mandan en eso que llaman Protección Civil se van patas abajo y avisan a los caminantes que mucho ojo, que se acerca la de Dios es Cristo, que nadie se mueva de sus casas, y al final falsa alarma. Las cocinas de hoy en día no sirven para nada; ni barajas, ni braseros, ni cuentos y truculencias de los abuelos, ni Dios que lo fundó; la vitrocerámica relegó al borrajo y la «tele» coceó a la tertulia larga y medio a oscuras de bombillina de 40, o candil aceitero porque el ventarrón había tumbado el tendido. Ahora, nos asustamos por nada, y en Astorga ni olimos el temporal; o sea un fiasco. Te lo digo hermano, el tiempo no es lo que era ni su caricatura; se fueron, y bien idas, muchas cosas, pero añoro aquellas nevadonas de entonces, aquellos resbaletes y los «chupetes» de carámbano que empalmaban el techo de paja con el barro. Como añoro, querido, la presencia y aquellos ratos largos que disfruté de la compañía de Dolores. Mal hemos iniciado este 2003; sin nieve y con la marcha de Dolores, la alcancía y memoria de la artesanía textil en Val de San Lorenzo, la maestra del auténtico artesanado, la impulsora y guardadora del folclore maragato, la mantenedora de los viejos romances, la fiel notaria de la tradición tejedora en un pueblo de maestros tejedores, la estampa siempre querida de Val de San Lorenzo. Dolores Fernández Geijo, simplemente Dolores, fue encumbrada por derecho propio, sin ella proponérselo, como la embajadora plenipotenciaria de la artesanía textil maragata. Dolores, bien los sé, despreció los cantos de sirena que desde Cataluña le lanzaban, una y otra vez, para levantar su telar y familia rumbo a las ramblas, pero ella prefirió mantener su telar de 200 años en el viejo tabuco donde se inició con la lanzadera, al lado de su madre Carolina y la sempiterna compañía de su tía Antonia, ambas historia andante de la comarca, dicharacheras, sabias por naturaleza, simpáticas y socarronas a la vez. Y Dolores, viuda jovencísima, se enfrentó a la dura vida de la posguerra para sacar adelante a sus dos hijos. Desde aquel cuarto, ahora enmudecido, al son de la devanadera, al compás de la carda y el golpeteo del telar, se entonaban los romances de «Marquitos» y «Gerineldo», las baladas maragatas, las coplas, surgían los refranes populares, sonaban los cantares de la tierra, que Dolores guardaba en lo más profundo de su almario. Y a diferencia del poeta, Dolores le decía su cantar a cuantos se lo pedían, llegaran de donde llegaran; por eso, en más de una ocasión me decía: «me han mandado tres libras esterlinas de la BBC», o de Canadá, o de Alemania. Eran sus escasos derechos de autora por canciones grabadas hace muchos, muchos años; de España, qué cosas, nunca le dieron nada. Y jamás lo pidió. Aquel gran corazón de Dolores, hermano, aquella pasión que ella sentía por la tierra, nunca se quedó enredada en su telar, expandiéndose por el pueblo y comarca, fundando, alentando, ensayando y enseñando a los más jóvenes bailes y canciones tradicionales; que si hoy el Val puede vanagloriarse de tener, acaso, el grupo más singular de la zona, gran parte del éxito se lo debe a Dolores. De ella, de sus cantares, de sus decires, de sus cuentos, refranes, dichos y romances, podría escribirte muchas cartas. Para cerrar la de hoy, solamente quiero decir que espero, y deseo que en el Val no la olviden. Ni en Maragatería, ni nadie que ame la tradición, porque Dolores fue, en puridad, la esencia de la artesanía textil en los últimos tres cuartos de siglo; muchos, sí, muchos le debemos mucho. Como cada martes, cuando te encontraba en el mercado, Dolores, un beso.

Dolores