jueves 20/1/22

«Llevo tres días sin pegar ojo, temo por mi vida»

El drama se extiende entre los vecinos, que contemplan con impotencia cómo las llamas arrasan todo a su paso sin nada que hacer.
El ancestral árbol de la plaza de Forna está calcinado. RAMIRO
El ancestral árbol de la plaza de Forna está calcinado. RAMIRO

PABLO RIOJA | ENCINEDO

Los dramas humanos comienzan a extenderse por La Cabrera casi al mismo tiempo que las llamas parecen ganar la batalla en todos los frentes. El desánimo, el miedo a nuevos focos y la indignación se mezclan en una especie de coctelera que no todos ‘somatizan’ igual. Con el paso de los días crecen las caravanas de automóviles militares circulando sin rumbo aparente como si de una película de guerra se tratase. Los vecinos no salen de su asombro, ni se atreven a moverse de las cunetas por si la cosa empeora. En Iruela una octogenaria se desahoga como única terapia posible para aceptar una situación provocada «por un vecino de Encinedo, según dicen». Con las llamas a unos pocos metros de su casa, confiesta que lleva tres días sin pegar ojo. «Temo por mi vida, cuando cae la noche es lo peor porque eres consciente de que los medios aéreos no trabajan y nadie sabe hasta dónde podrán contener el fuego las brigadas de tierra». En su caso, cada vez que ‘Morfeo’ llama a la puerta no puede por menos que levantarse con una taquicardia. «Supongo que es el instinto de supervivencia».

Otros, incluso conscientes del peligro y las prohibiciones, se la juegan igualmente para echarle de comer a las gallinas en Trabazo, uno de los pueblos desalojados hasta nueva orden. «Hemos pasado la noche en el pabellón de Encinedo, pero ahora quisimos volver para darle alimento a los animales». Las viviendas no corren peligro aparente, pero el humo hace que el ambiente sea casi irrespirable. Peor se pusieron las cosas en Forna, donde el fuego acabó literalmente con parte de las históricas casas de piedra que yacen abandonadas en plena montaña. Al fondo, un grupo de voluntarios se afanan por devolver la normalidad a lo que podría llamarse carretera principal, una especie de camino agrietado que parece conducir al paraíso. Una de las veraneantes con casa en la localidad habla del terror vivido en las últimas horas. «No sabes muy bien qué hacer, si enfrentarte por tu cuenta al fuego a riesgo de cometer un delito o resignarte a perderlo todo».

La rápida y eficaz labor de los diferentes profesionales que trabajan a destajo en la zona ha evitado hasta ahora que la cosa se convierta en un drama mucho mayor. El paisaje tardará en cerrar la cicatriz, pero seguro que regresa con más fuerza. No correrán la misma suerte la multitud de especies animales que si hablasen, bien podrían proclamar que ellos sí que lo han perdido todo. «Desde Encinedo a Truchas podías cruzarte cada día en la carretera con dos o tres corzos, jabalíes y ciervos, ahora no queda nada, el 100% de la fauna ha muerto o huye desorientada hacia otros lugares», confiesa una vecina.

Sin agua limpia

Otro problema que se avecina es el del abastecimiento de agua en localidades como Santa Eulalia o Ambasaguas. Según comentan algunos oriundos, el arroyo del que beben no podrá utilizarse «en al menos seis meses» porque —cuando el fuego acabe— quedarán las cenizas y los escombros, que lo contaminarán todo. Daños colaterales que ahora importan poco, pero que se notarán a medida que discurran las semanas.

«Llevo tres días sin pegar ojo, temo por mi vida»
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