sábado. 04.02.2023

Jóvenes dioses a los que el corazón les revienta en pleno esfuerzo

La muerte súbita de Miklos Feher en Portugal aviva la alarma social sobre estos sucesos en deportistas de élite, supuestamente examinados y preparados. Los expertos reclaman más medidas de control y admiten la incidencia del dopaje.
Cuando en el año 490 antes de Cristo, el guerrero Filípides salió de Maratón para correr durante 42,195 kilómetros hasta Atenas y anunciar la victoria griega sobre los persas, iba a propiciar el primer caso de muerte súbita en la historia del deporte. Desde su óbito al llegar a su destino hasta hoy, el hombre libra una batalla imposible para erradicar este fenómeno. Ahora, las desgracias se retransmiten en directo y en horario de máxima audiencia. La última sacudió toda Europa el pasado domingo, cuando el futbolista húngaro del Benfica Miklos Feher, de 24 años, cayó desplomado en el campo del Guimaraes antes de morir por motivos todavía desconocidos. Cada vez que fallece durante un partido un deportista de alto nivel, que supuestamente pasa periódicos controles y está considerado modelo para amplias masas de jóvenes, se dispara la alarma social. Las drogas, la paulatina implantación de exámenes obligatorios y el debate sobre qué debe prevalecer, si la voluntad del individuo o la medicina preventiva, están en el fondo. Primero, cabe aclarar qué es la muerte súbita: aquella que se produce durante la práctica deportiva o en la hora posterior. Después, la primera pregunta casi siempre es la misma: ¿Por qué sigue manifestándose en atletas de élite? La respuesta, perogrullada o no, también suele repetirse: sólo le sucede a quien sufre una enfermedad, aunque no sea consciente de ella. Entre el 74 y el 94% de las muertes no traumáticas ocurridas durante la práctica deportiva se deben a causas cardiovasculares. El deporte, saludable en general, aumenta el riesgo de muerte súbita, con 1,6 fallecimientos por cada 100.000 practicantes, y 0,75 en los no deportistas. Aunque la ciencia avanza, algunas muertes son prácticamente inevitables, según Pedro Manonelles, secretario general de la Federación Española de Medicina del Deporte (Femede) y coordinador del Registro de Muerte Accidental y Súbita en Deportistas. «Hay causas de difícil diagnóstico, por no decir imposible. En menores de 35 años, la primera manifestación de algunas anomalías coronarias congénitas o la rotura de un aneurisma congénito cerebral, habituales antes de los 20, ya se producen en el instante mismo de la muerte», explica. Boraíta también apunta que «algunos síndromes arritmogénicos no se ven en las pruebas». Pero asegura que «cuantos más reconocimientos cardiológicos antes de la participación deprotiva (RCPD) se realicen, más probabilidades habrá de detectar una dolencia que pueda desencadenar una muerte súbita». Series registradas En nuestro entorno, el más exhaustivo trabajo sobre el tema lo realizaron M. Paz Suárez-Mier y Beatriz Aguilera, de la Sección de Histopatología del Instituto de Toxicología de Madrid. En el artículo Causas de muerte súbita asociada al deporte en España recogieron 61 casos entre 1995 y 2001. El estudio, publicado en abril del año 2002 en la Revista Española de Cardiología, destaca que un 31,2 % de las muertes de menores de 30 años se produjeron por motivos desconocidos. Otras muchas desgracias se podían haber evitado. Según el trabajo de Suárez-Mier y Aguilera, en 16 casos eran conocidos antecedentes patológicos, pero en sólo tres la muerte se produjo por la enfermedad diagnosticada anteriormente. De todos modos, ante esta circunstancia, las autoras consideran que el deportista debía haber consultado a un cardiólogo. El drama tiene nombre y apellidos conocidos en España. El maratonista Diego García, que llegó a proclamarse subcampeón de Europa, falleció en marzo del año 2001, ya retirado, mientras entrenaba en Azpeitia. Lo hacía junto al vigués Alejandro Gómez. Poco antes de caer desplomado y morir, le dijo: «Para, para, que me encuentro mal». El gallego Javier Gómez Noya Esta misma semana, tras el caso de Feher, la Femede alarmó sobre una potencial de muerte súbita en Galicia: la del actual campeón del mundo sub-23 de triatlón. En una nota enviada a los medios de comunicación, aseguraba: «Todos los médicos que han visto al deportista coinciden en el diagnóstico de una malformación cardíaca de Javier Gómez Noya, consistente en una valvulopatía aórtica. La práctica del deporte en esta enfermedad puede provocar la progresión en la enfermedad y desencadenar un episodio de muerte súbita». El deportista ferrolano siempre ha insistido en que dispone de informes positivos de sus propios especialistas, pasa revisiones periódicas y es el primer interesado en no asumir riesgos. El pasado mes de noviembre, Gómez Noya, de 20 años, consiguió que el Consejo Superior de Deportes le autorizase a competir en pruebas internacionales bajo su responsabilidad. Tras ese visto bueno, logró el título mundial en Nueva Zelanda con la selección española, a la que antes no tenía acceso porque los cardiólogos del CSD que debían evaluar su salud no le veían apto para la alta competición. Miguel Santiago, especialista en medicina deportiva y profesor del INEF Galicia, explica que en este tipo de casos de muerte súbita «hay una cuestión normativa y otra ética». Por una parte, cree que «debe ponerse todo el sistema legal al servicio de la salud de los deportistas, sobre todo de élite, quienes están más expuestos a situaciones de riesgo». Y por otra, plantea un debate: «¿Qué pasaría si en la pista central de Roland Garros muere un tenista español? De fondo, hay un claro conflicto. Las administraciones promocionan el deporte como práctica saludable para evitar el sedentarismo, con unos modelos sociales e iconos que son los jugadores de alta competición. Pero, qué deben hacer los responsables políticos ante una situación de riesgo: dejar que prevalezca su libre elección para competir o hacer como en países como Italia, donde prohíben taxativamente situaciones de esta clase». Detrás de otros muchos casos también se encuentra el consumo de sustancias prohibidas. Muchos médicos empiezan a pronunciar la palabra tabú: dopaje. Juan María Irigoyen, autor del libro Cardiología y deporte (Editorial Gymnos) y médico oficial de la Vuelta Ciclista a España desde el año 1976, cree que la mejor forma de afrontar el problema es reconociéndolo. «Si ha habido dopaje extendido en el ciclismo, también lo habrá en otros deportes. En el fútbol se empiezan a conocer más casos y parece que se ha extendido. Es una realidad que está ahí; afrontándola, ya empezamos a erradicarla, aunque sea casi imposible», señala. Irigoyen insiste en que «la EPO (eritropoyetina) puede producir muerte súbita y probablemente esté detrás de muchos casos, aunque no se pueda señalar con el dedo si no se tiene la certeza». Boraíta aporta sus datos: «Pueden producirse casos así porque la cocaína está relacionada con la muerte súbita. En España no hay ningún fallecimiento registrado por drogas de abuso. En EE. UU. sí hubo un jugador de béisbol y otro de fútbol americano que murieron por cocaína y efedrina».

Jóvenes dioses a los que el corazón les revienta en pleno esfuerzo
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