sábado 8/5/21
setenta años de «El dorado» del bierzo

Lo que queda del wólfram

El Dorado del Bierzo estuvo en la peña del seo, hizo ricos a unos pocos y dejó más de un muerto. De todo aquello Apenas quedan las ruinas de un poblado y una mina llena de sombras
El poblado de la Peña del Seo alojó a trabajadores de la mina de wólfram entre 1952 y 1958.  Al fondo a la izquierda, las bocas de las galerías y las escombreras y a la derecha, el lavadero de arriba .

Los atraparon en los filones de la Cabarca del Infierno y Cango Blanco. Eran 32 hombres y habían subido a la Peña del Seo en lo peor del invierno para rapiñar wólfram. Pero la nevada no evitó que los descubrieran.

Llevaban un trabuco y no se resistieron. Eran los tiempos del comandante Arrecivita, del mito de Girón y los últimos guerrilleros escondidos en el monte, y aunque la fiebre del wólfram, el mineral que endurecía el blindaje de los tanques alemanes al mezclarlo con el acero —tungsteno le llamaban los aliados— se había terminado con la Segunda Guerra Mundial, extraerlo de la montaña todavía era una forma de ganar dinero fácil.

O al menos eso pensaban aquellos hombres de Oencia, sorprendidos por la Guardia Civil de Arrecivita un día de nieve y llevados a pie hasta Villafranca del Bierzo. «Durmieron una noche en la cárcel, pero la empresa les quiso perdonar y quedaron en libertad», cuenta en su casa de Ponferrada el nonagenario Eugenio de Paz, que fue jefe de servicio en la Compañía Minera Montañas del Sur —la sociedad que tenía la concesión del wólfram de la Peña del Seo— y recuerda muy bien el día en que Arturo López de Quereño, uno de los impulsores de la mina, fotografió a la cuerda de presos en la nieve.

Aquello ocurrió en el mes de febrero de 1951 —poco antes de que la compañía minera construyera el poblado que todavía se alza en la ladera de la Peña del Seo y comenzara a funcionar la explotación de wólfram— y fue el último coletazo de una locura que había comenzado en el verano de 1942.

Y el hombre que prendió la mecha fue un antiguo minero de Casayo (Orense), donde los alemanes ya explotaban el wólfram que usaban para endurecer los blindajes de acero y evitar que las ametralladoras y los cañones se recalentaran tanto que dejaran de funcionar. Aquel minero se llamaba Victoriano, según Eugenio de Paz, era de Sobrado, y había estado huido en el monte a raíz de la Guerra Civil.

Aunque no recuerda su nombre, sí se acuerda de él quien fue vigilante del poblado durante 22 años después del cierre de la mina en 1958, Jovino García, que a sus 88 años vive con su mujer en Cadafresnas (Corullón) y todavía conserva una piedra de wólfram de siete kilos en la cocina de su casa. «Como no tenía delitos de sangre, pudo volver y descubrió que la Peña del Seo era hermana de la mina de Casayo», asegura de Victorino.

Los habitantes de Los Mazos y Melezna —explica García— vieron a Victoriano caminar tantas veces aquel verano con sacos llenos de piedras negras a la espalda, entre la Peña del Seo y Sobrado, que empezaron a preguntarse qué es lo que sacaba de la montaña con tanto ahínco junto a otro vecino de Hornija del que nadie recuerda su nombre. Y la mecha explotó.

«El wólfram afloraba en vetas superficiales, en calicatas poco profundas y la gente se lanzaba a por él con pico, pala y pistola al cinto», explica el escritor Raúl Guerra Garrido, autor de la novela El año del wólfram, que en 1984 fue finalista del Premio Planeta fabulando sobre una época —y una épica— que dejó más de un muerto en la montaña.

No era extraño. El wólfram se pagaba muy bien. Cuando no eran los alemanes los que lo compraban a través de intermediarios, eran los aliados, que todavía no dominaban la técnica de la aleación con el acero, pero pujaban por el mineral para que no terminara alimentando la industria de guerra de los nazis, y en especial, los misiles V-1 y V-2 que martirizaron a las ciudades inglesas durante los últimos meses de la guerra. «La rivalidad entre alemanes y aliados por el control y la compra de mineral posibilitó esta alza sorprendente de su precio. El Bierzo se convirtió en una especie de campo de batalla por dominar la extracción del metal en donde dominaba la ley del más fuerte y sólo tenían sitio los más audaces y temerarios, o los que tenían en esa aventura poco que perder y mucho que ganar», escribe José Ángel Ascuence en la edición que Cátedra editó en el 2010 de El año del wólfram.

Jovino García y su mujer Milagros, que más de una vez recogieron mineral cuando «la montaña era libre» y no había ninguna concesión sobre la Peña del Seo, recuerdan que eran frecuentes los robos a punta de pistola. Jovino se acuerda sobre todo a una banda que venía de Busmayor (Barjas) y sembraba el terror entre los lugareños. Guerra Garrido, por su parte, habla de «un grupo organizado de Oencia que hasta tenía nombre, la Brigada del Gas, y que actuaba en connivencia con la Guardia Civil». Todo un escenario para un western, reconoce el autor madrileño de ascendencia cacabelense, que terminó abruptamente cuando acabó la guerra y que se llevó por delante —cuenta Jovino García en Cadafresnas— a sus dos descubridores, aplastados por un desprendimiento de piedras. O al menos eso dice la leyenda que se ha fraguado en torno a ellos.

La extracción del wófram, sin embargo, todavía resultaba interesante para la industria del acero, aunque los precios ya no fueran desorbitados. Si durante la guerra circulaba el rumor de que los aliados tiraban el wólfram al mar después de comprarlo, la Compañía Minera Montañas del Sur, propietaria de los derechos de explotación de la Peña del Seo —Mina Currito la llamaron los dos socios que la registraron, Arturo López de Quereño y el comandante de Marina manco Joaquín Bugallo— logró que el Gobierno norteamericano le adelantara un crédito de 230.000 dólares y le firmara un contrato por cinco años para explotar la montaña de forma industrial.

Estamos en 1951 y la Peña del Seo, que ya contaba con la Casa de la Campa, construida a mediados de la década anterior, vio venir a un aluvión de obreros que levantaron un lavadero, ensancharon un sendero para convertirlo en carretera hasta Cadafresnas y con un presupuesto de 250.000 pesetas que recibió Construcciones Corominas, edificaron un poblado de 40 viviendas en la ladera de La Piela. El diseño de aquel poblado, un lujo residencial para los mineros de la época, con agua corriente, y caliente, y luz eléctrica, fue obra del arquitecto Ramón Cañas, que además era presidente de la Diputación provincial de León. La mina acabó definitivamente con los tiempos en los que el wólfram berciano se compraba de estraperlo, y el episodio de los 32 vecinos de Oencia —¿alguno de la Brigada del Gas?— arrestados en la nieve fue el último caso de furtivismo masivo, recuerda el jefe de servicio Eugenio de Paz.

La mina comenzó a producir bajo la dirección del ingeniero José González Sabariegos, y después de que hubiera que limar la esquina de una casa en Cadafresnas para que el primer camión ligero pudieran subir hasta la mina y de construir una línea eléctrica de 20 kilómetros desde Corullón para alimentar a los compresores de aire de los martillos de barrenar.

El nacimiento de la mina se produjo, sin embargo, en medio de algunos sobresaltos. Durante la construcción, un hombre llamado Domingo, recuerda Eugenio de Paz, murió asfixiado en la cantera de la que se extraía la arena para las construcciones, después de resultar aplastado por una enorme raíz desprendida de la ladera. «Fue el único accidente mortal que tuvimos en la mina y fue de la manera más tonta», asegura De Paz. Y Severino, un trabajador de la confianza de Bugallo porque le había cargado a la espalda durante la guerra, cuando la metralla le había alcanzado en la pierna que después le amputarían, «se pegó un tiro» allá por mayo de 1951, prácticamente en la misma semana en la que Arrecivita daba con el guerrillero Girón en las Puentes de Malpaso. Faltaban wólfram de los almacenes, cuenta De Paz, y a Severino le habían amenazado con llevárselo al cuartel de Villafranca para interrogarle.

El Currito comenzó a dar trabajo a dos centenares de mineros, a los que cacheaban siempre antes de dejar la explotación. Algunos de ellos se alojaban en las casas del poblado. Los solteros dormían en los sótanos y tenían un comedor común atendido por dos cocineras, pero también había matrimonios, como el de Eugenio de Paz y su esposa Salomé, o familias enteras como la del propio Jovino y Milagros García, que tuvieron en la montaña a sus dos hijos. El primero, Luis García, hoy pedáneo de La Válgoma (Camponaraya), fue además el primero en nacer en el poblado el 3 de junio de 1953. Detrás de él vinieron una docena de niños y un maestro primerizo llamado Ángel Álvarez, que dio clase a una veintena de chavales en la escuela.

La mina de wólfram pagaba mejores sueldos que la cementera Cosmos en Toral de los Vados y se llevó los mejores trabajadores de Corullón. Los mineros de interior podía ganar «dos mil o tres mil pesetas al mes», cuenta Eugenio de Paz. En aquella época, los americanos pagaban el kilo de wólfram a unas 260 pesetas, recuerda, y durante los primeros años, se extraían entre cinco mil y siete mil kilogramos al mes. La explotación contaba con un teleférico desde la mina hasta el lavadero de la Cabarca del Infierno, y después, con un segundo lavadero en la ladera superior, que nunca fue rentable y comunicado por una vía desde la mina.

Bugallo tenía como socio al médico Francisco González — por don Paco, le conocían en el poblado— y después entró en la sociedad José Parga Mouré. Pero el contrato con los americanos había terminado y aunque la sociedad trató de vender el wólfram a Alemania, apenas pagaban 80 o 90 pesetas por kilo. La mina murió en 1958, el Banco Central vendió la maquinaria después de embargarla y no quedó nadie en la Peña del Seo, excepto la familia de Jovino García. «Durante 22 año, fui yo el jefe, con todas las llaves y no se movió ni un tornillo sin autorización mía», cuenta el último vigilante del wólfram, que dejó el poblado en 1980, pero todavía peleó, junto a su esposa, por evitar su decadencia en las dos décadas siguientes.

Después de unos años sin pisar por allí, Jovino García, que todavía paga la contribución de su antigua casa y de otra vivienda que conserva algo del tejado —todo lo demás, hasta las rejas de las ventanas, se lo acabaron llevando otro tipo de furtivos— subió hace unos días a la mina con este periódico y con el pedáneo de Cadafresnas, Ernesto López, para echar un vistazo a lo que queda del wólfram. Y apenas quedan las ruinas de dos lavaderos, del transformador y los hangares de los compresores, tres bocas de mina pintadas con mensajes de visitantes fanfarrones, y el esqueleto de lo que fue su casa en el poblado invadido de matorrales «Lo vi nacer y lo vi morir», dice. Y parece que la montaña le esté escuchando.

Lo que queda del wólfram
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