sábado 4/12/21
patrimonio minero

Trabajo de titanes

Además de la red de canales picados en plena roca durante 600 kilómetros, la mina de Llamas añade otro reto más a la ciencia y al turismo
Las posibilidades turísticas de la comarca son enormes.

Hay una deliciosa leyenda cabreiresa que explica, al modo mítico y siempre sugerente de la tradición oral, cómo fue creada la extensa —y única en el mundo— red de canales que los romanos picaron en plena peña para conducir hasta las Médulas rápidos torrentes de agua que ayudaran a extraer el oro de aquellas grandes minas. Cuentan que un rey moro tenía una bella hija cuya mano prometió al primero de siete hermanos que consiguiera llevar agua a unas tierras repletas de oro, de cuyas riquezas nadie hasta ese momento había podido beneficiarse. Se dice que todos empezaron desde los ríos excepto el pequeño, que comenzó desde la mina, y fue objeto de burla porque su canal estaba vacío. Hasta que se encontró con uno de los de sus hermanos y se llenó, cumpliendo con el encargo del rey. Así, del trabajo de los hermanos mayores salieron los canales altos, y del menor, el más bajo que bordea la falda de los montes.

A Roberto Matías, ingeniero de minas e investigador, le apasiona la Cabrera. Tanto, que no sólo conoce los profundos secretos de su subsuelo sino que narra con deleite sus cuentos populares —que también hunden sus raíces en la Historia— e incluso da los últimos toques a una casa tradicional cabreiresa que ha restaurado casi con sus propias manos. Matías es uno de los profesionales que mejor conocen los hercúleos trabajos que Roma emprendió en esta comarca leonesa, labores que prácticamente no tienen parangón en ningún otro lugar del mundo pero que, por extraño que pueda parecer, son poco conocidas a nivel popular y permanecen en el silencio institucional a pesar de la extraordinaria potencialidad turística —podría ser un revulsivo completo para una comarca tan necesitada de inversiones— que aún dormita en su interior.

Sus trabajos se basan principalmente en la red de once canales (nueve principales y dos secundarios) con los que los ingenieros romanos lograron trasladar, desde la Cabrera hasta las Médulas, el agua necesaria —en cantidad suficiente, y con la adecuada fuerza, rapidez y presión, un alarde de precisión técnica sorprendente en nuestros días— como para allí, en el Bajo Bierzo, ir desmenuzando el terreno y poder recuperar las ansiadas pepitas de oro. Pero también con un hasta hace poco completamente desconocido complejo minero, una serie de galerías y pozos directamente abiertos a pico en el vientre de la montaña y ubicados en los alrededores del pueblo de Llamas, en una abrupta ladera del valle de Valdecorrales conocida con el topónimo de La Casarina. Así, varias de las imágenes que ilustran este reportaje pertenecen a uno de esos túneles, descubierto en el 2002 y cuyo análisis, medición y alcances histórico y tecnológico acaban de ser concienzudamente estudiados por este ingeniero. Y es que Roberto Matías, autor de una decena de trabajos sobre el asunto, no tiene ninguna duda a la hora de afirmar que el complejo constituye «el mayor conjunto conocido de minería aurífera romana subterránea que se puede encontrar en el territorio español».

El descubrimiento del túnel fue todo lo casual que puede ser en una persona que conoce el terreno y que acude constantemente a él para estudiar huellas de la siempre ingeniosa tecnología romana aplicada con firme tenacidad a un fin. «Ya se contaban historias por aquí que hacían pensar en la existencia de oquedades, galerías y canales que comunicaran unas laderas con otras; por ejemplo, a un paisano se le perdía un perro y muy rápidamente aparecía al otro lado del monte», avisa. Además, los vecinos se cuidaban mucho de que el ganado se dirigiera a esta zona, ya que podían caer por alguno de los pozos verticales y morir allí. Pero en realidad toda la comarca, como Maragatos, como Valduerna, como Omaña, bulle de historias y leyendas donde la panza de los montes está trufada de oro, hay pellejos repletos de monedas guardados en viejos castros y mouros y otros seres mitológicos los custodian: buena prueba de un pasado en el que Roma «peinó» —como gustaba de decir el pionero de la investigación en la zona, el francés Claude Domergue— hasta el último rincón de cada una de estas vallinas en busca del oro necesario para embarcarse en nuevas conquistas. La primera bocamina encontrada en Llamas estaba casi completamente cubierta por una espesa vegetación y en un terreno muy escarpado, no obstante una cavidad llamó la atención de Roberto Matías, quien de inmediato comenzó a explorarla para acabar encontrándose con restos de una explotación «prácticamente intacta desde la paralización de las labores en el siglo I de nuestra era», precisa.

Entrar en ese lugar es sin lugar a dudas una experiencia fascinante. El pozo vertical por el que se desciende hasta uno de los túneles se abre al mundo en forma de enorme boca rodeada de enmarañados robles, peñas y escobas. En el interior sólo hay silencio, frío y gotas de agua, pero la pericia del ingeniero va mostrando a los neófitos los innumerables rastros del pico de hierro que lo cavó, las vetas de cuarzo, el suelo pulido por el trasiego de pies innumerables, los huecos —dispuestos a tramos regulares— en los que se encajaban las lucernas de sebo o aceite… trabajos agotadores hechos a fuerza de muchos brazos y regidos por férreas y calculadoras voluntades. Después de unos treinta metros, el túnel queda cegado: aún queda mucho por investigar, por saber, uno de los retos es conocer la profundidad exacta de estas galerías, piensa Roberto Matías. Y el técnico prosigue su explicación, en voz baja como instintivamente hablan los hombres que se adentran en las entrañas de la tierra.

Un espacio estratégico

Si tenemos que remontarnos al principio, habrá que decir que fue a finales del siglo I a.C. cuando todo el Noroeste hispano, último territorio de la Península Ibérica en escapar al control romano, es conquistado y pasa a convertirse, durante dos siglos, en la principal fuente de abastecimiento de oro del Imperio. «Un extenso territorio se verá sometido a una cuidadosa y exhaustiva exploración minera, sin precedentes en la antigüedad, que permitirá la explotación racional y sistemática de la práctica totalidad de los numerosos yacimientos auríferos existentes en la zona», recuerda Matías. Esta concentración de mineralizaciones de oro es una de las de mayor importancia a nivel europeo y se extiende por todo el noroeste peninsular, pero es en la Sierra del Teleno y Montes Aquilianos, como han puesto de relieve numerosos expertos, donde no sólo tiene lugar la mayor concentración de éstas sino que además se encuentra la mayor de ellas: las Médulas.

Todo el área, casi sin excepción, está profundamente marcada por la ‘fiebre del oro’ romana, y así lo dejaron claro autores como Domergue, Fernández Posse y Sánchez Palencia: las explotaciones se extienden desde las mismas cumbres del Teleno (2.188 metros) hasta la ribera del río Eria, en su falda sur, en un impresionante conjunto industrioso que rivalizan en magnitud y extensión con las mismas Médulas. «Sólo las explotaciones de la margen derecha del río Duerna, en la vertiente norte del Teleno (comarca de Maragatos), se prolongan casi sin interrupción durante 18 kilómetros», recuerda Roberto Matías.

En el caso concreto de la Cabrera Baja, los profesionales especializados en la materia han definido su sistema de canales en dirección a las Médulas como el mayor realizado en la antigüedad para el abastecimiento de minas: ninguna red hidráulica de cualquier otra explotación minera romana presenta las características de magnitud, complejidad y estructuración de la leonesa, con más de 600 kilómetros de recorrido (distancia equivalente a la que hay entre las ciudades de León y Huelva, por hacer una comparación).

En la zona que nos ocupa, la Cabrera Baja, las labores de extracción del oro fueron de dos tipos: el lavado de depósitos auríferos fluviales, de menor entidad, dejados por el río en épocas de grandes crecidas o como fruto de la erosión, unos trabajos que pueden hoy reconocerse muy fácilmente a simple vista por los característicos y abundantes montones de cantos (murias), y el ‘asalto’ del propio yacimiento primario, esta sorprendente mina de interior de Llamas de Cabrera. Profundizando mediante fotografías aéreas y exhaustivos reconocimientos de campo, Matías fue encadenando vertiginosamente los hallazgos hasta llegar a documentar más de 20 trabajos mineros subterráneos sobre filones de cuarzo y áreas explotadas por minería hidráulica que calificaban ya definitivamente el conjunto como un gran yacimiento de oro. Su propia red hidráulica de abastecimiento arroja la cifra de más de 26 kilómetros de trazado, repartidos en 5 canales y 11 depósitos de distribución. Toda una red de pozos y galerías que en algunos casos llegan hasta los 50 metros de profundidad y, además, excavados en una empinada ladera que presenta más de 350 metros de desnivel.

El descubrimiento por parte de los romanos de este filón, en caso de no haberse conocido anteriormente por la población local, pudo deberse —cree Matías— tanto al rastreo sistemático mediante el bateo de arroyos como a la construcción de los propios canales de las Médulas, cuyo trazado atraviesa directamente el yacimiento. El hecho de que hasta en el último rincón, en la última vallina, de esta comarca se perciban restos de inspección, movimiento de tierras y extracción de materiales nos habla de que hasta qué punto llegaba la avidez y la necesidad de Roma por el oro cisastur.

Pozos verticales permitían el acceso a una serie de galerías ingeniosamente dispuestas y en las que aún hoy se aprecian los huecos (peteras) que en su día contuvieron piezas de madera que aseguraban los lugares conflictivos. «Por las huellas de picado es posible afirmar que estas labores subterráneas fueron realizadas con útiles metálicos, como martillos y punterolas, cuidadosamente afilados; aunque se constata también la utilización de fuego para romper algunos segmentos de roca muy dura». Además, se aprecia la existencia de un sistema de drenaje en las galerías mediante estrechas cunetas de desagüe que corren por los bordes.

Una vez fuera del túnel —que no se derrumbó por las lluvias, como se llegó a decir—, la bocamina también necesita su propia explicación: aquí, el cuarzo aurífero arrancado del interior era molido para reducirlo a un fino polvo y así liberar las pequeñas partículas de oro contenidas en su interior. Esta labor se realizaba mediante el machaqueo en morteros de piedra y una trituración posterior realizada con molinos rotativos.

Por añadidura, la explotación del yacimiento de Llamas de Cabrera supuso la destrucción de casi toda la red meridional de canales rumbo a las Médulas, por lo que necesariamente, al estar interrumpido el suministro principal de agua, ya tenía que haber cesado la actividad en ellas. «Este singular aspecto abre un nuevo horizonte en la investigación sobre la minería aurífera del noroeste hispano al aportar causas fehacientes sobre la paralización de la más importante mina de oro del imperio y de las del resto del entorno». Incógnitas y desafíos a los que habrá de enfrentarse tanto la ciencia como las instituciones.

Un oceáno de posibilidades

Así pues, el verdadero reto es hacer útil este asombroso conjunto, ponerlo a disposición de toda la sociedad. Porque no es sino un gran museo al aire libre de minería histórica y patrimonio natural que aúna arqueología, ecología y etnografía en un entorno verdaderamente único. Un gran parque que conectaría con el complejo de Médulas, Patrimonio de la Humanidad, y sacaría del olvido a una comarca fascinante en múltiples sentidos. La asociación Promonumenta, por ejemplo, lleva más de una década limpiando y desbrozando por su cuenta muchos de los canales romanos, y desde diferentes ámbitos se ha pedido la declaración de Bien de Interés Cultural para éstos. En la actualidad se ha habilitado para el senderismo un tramo de canal, junto a Llamas, de seis kilómetros y medio, muy atractivo y en el que se puede ver hasta la ‘firma’ de uno de los trabajadores, un grafiti de 2.000 años de antigüedad (Endius Carancinus), pero las posibilidades del área son inmensamente mayores.

De hecho, Matías elaboró en 2009 un proyecto de itinerario cultural, una red de senderos por todos los canales, entre Cabrera y Médulas, que costaría apenas 350.000 euros y que de hecho fue aprobado por el grupo de acción local Asodebi, pero el riesgo de que no se lleve a cabo es casi total, ya que los promotores han de adelantar el dinero, cosa imposible ahora mismo para Roberto Matías y el Patronato de Turismo del Bierzo. El reto, pues, permanece intacto. Y el filón, también.

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