domingo 22/5/22

Los últimos carboneros

El carbón se resiste a desaparecer. Alimenta aún las calderas en las comunidades de vecinos y en las cocinas ‘bilbaínas’ de la provincia. Ni las directivas europeas, ni las legislaciones nacionales ni las cartas de la Junta han podido con él. Esta es la historia de los últimos hogares del carbón, de sus carboneros y fogoneros
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Noel González García 'Josepín' delante de una de las montañas de carbón de su almacén en Fabero. L. DE LA MATA

La resistencia la encabeza gente de 90 años y familias pudientes que viven en el centro de León. Se niegan a abandonar el carbón. Sus casas se calientan con antracita. Y no piensan en cambiar. No hay nada como el calor del carbón, que lo sepan en Europa, dicen. Es su lema.Van a la contra y tienen la partida pérdida.

En Fabero, Josepín nieto carga la pala y llena una cesta. En realidad se llama Noel González García pero su abuelo, Josepín González, hizo fama con su negocio en la cuenca y él ha heredado también su nombre. Así que este Josepín es la tercera generación. Y uno de los últimos carboneros.

No hay estadísticas de cuántos quedan aún en la provincia. Sí hay en cambio un censo de las calderas de carbón que resisten: cuatrocientas en comunidades de vecinos, cien de ellas en León ciudad. Las individuales se cuentan por miles. Y, de momento, ni las cartas de la Junta amenazando con sanciones han logrado acabar con ellas.

El carbón languidece pero no ha desaparecido. No importan las directivas europeas ni las legislaciones nacionales y autonómicas. Las calderas echan aún humo. También las cocinas económicas, las famosas ‘bilbaínas’, que prenden mineral en buena parte de la Montaña leonesa.

El señor Fernando trajina en su casa de Caboalles de Arriba en la ‘bilbaína’, la famosa cocina de hierro que se mantiene en la mayor parte de los pueblos de la Montaña leonesa. DL

Cada mañana, en Caboalles de Arriba, de septiembre a mayo, el señor Fernando coge unas cerillas, echa unas astillas y una palada de carbón y enciende su cocina. Luego pone la olla para que el cocido —o la sopa, o el guiso— se vaya haciendo a fuego lento. Un ritual que le dura de toda la vida. De mucho antes de quedar viudo. Desde pequeño lo vio en su casa. A sus ohentaitantos años largos no va a cambiar. Deja las tarteras sobre la ‘bilbaína’ y se va a sus otras labores, al huerto y al paseo diario. Cuando vuelve a casa, el manjar está listo para ser servido en el plato.

La otra ventaja de la cocina de carbón es que calienta toda la estancia. Y mantiene el calor a fuego lento, como la olla.

En la Montaña, y en otros pueblos del llano y las vegas donde también se resisten a dejar entrar otra forma de calor, las cocinas no se apagan nunca. Quedan latentes con el rescoldo que mantiene templado el hogar durante la noche.

Como hace el señor Fernando en el valle de Laciana, cada mañana en los últimos hogares del carbón se limpian las escorias con el gancho y se vuelve a avivar el fuego. En mayo, cuando se anuncia el buen tiempo y los frutales florecen, se vacía la cocina, se repasan recovecos y conducciones, se eliminan restos de carbón y cenizas y se ‘sella’ con una plancha hasta septiembre. Encima tal vez se coloque una planta y algún útil para cocinar, quizá la cafetera. Apenas tres meses de descanso. En septiembre, la carbonera estará de nuevo llena, esperando a que vuelva el frío.

Es la parte más penosa del trabajo del carbonero. Ni las heladas, ni la lluvia, lo peor es dónde están las carboneras.

Con el carbón se van oficios. El de fogonero, por ejemplo. Sustituye a otro que también ha desaparecido, el de portero

«Cuando construían las casas nunca pensaron en nosotros», cuenta con guasa Roberto Rodríguez Morillas, que empezó como carbonero con Pepín el de Llanos de Alba y terminó cogiéndole el traspaso. Carga sin rechistar al hombro los 37 kilos que caben en cada cesta —ahora de goma, 27 cestas por tonelada, 280 euros metida en la carbonera— pero otra cosa es subir las escaleras hasta un cuarto y más penoso aún agacharse para llevar el mineral hasta un cuchitril.

Josepín y Roberto conocen bien este mundo. Ambos son descendientes de mineros. Al tajo bajaban ya sus abuelos, picadores, barrenistas, lampistas, gente de la mina. Varias vidas en el tajo, de los tiempos de mula y carro, de pitillo en la boca y miedo al grisú. Noel Josepín fue además minero, un año en el pozo Santa Cruz, en Uminsa. «Sé de dónde sale, lo que cuesta sacar el carbón», dice sin disimular su orgullo.

La calle Mateo Garza, en Ponferrada, con las trampillas para volcar el carbón en las comunidades de vecinos. L. DE LA MATA

Como las cuencas, ellos también ha tenido que hacer la reconversión minera, del carbón a los gasóleos y ahora al pellet. Porque con la mina ha desaparecido el cupo que las empresas daban a sus trabajadores. Una estrechez más para el negocio pero no suficiente como para que se asfixie.

En León entra el carbón de fuera. De lejos. De Ucrania y Polonia, fundamentalmente. Llega en cargueros a los puertos del Norte y de ahí a los almacenes. El mineral nacional ha desaparecido prácticamente pero Noel Josepín se niega y, como un acto de romanticismo, mantiene contrato con una mina asturiana en la que aún quedan quince trabajadores. De todos los montones que tiene en su almacén, sólo una pequeña montaña es de carbón español. «Una lástima», se duele.

Josepín tiene además del almacén de combustibles la gasolinera familiar en Fabero. Roberto Rodríguez ha vendido a una empresa más grande su negocio pero sigue llevando la gestión.

La gestión y una agenda con sus clientes. La encabeza un vecino de Orzonaga que acaba de cumplir 90 años. Le pide el carbón por teléfono un sobrino. No porque él no pueda, cosas de la sordera.

 

Los clientes de los últimos carboneros son las comunidades de vecinos, cien todavía en León ciudad, y los dueños de las ‘bilbaínas’. Se niegan a cambiar de calor

 

Los otros clientes de los últimos carboneros son las comunidades de vecinos de León. En la ciudad quedan todavía cien edificios que se calientan con calderas de carbón. Sobre ellas pende la advertencia de la Junta de que se acaba el tiempo para su sustitución. Apenas un año. Porque aunque el cambio de la caldera de carbón a biomasa o cualquier otro combustible no es obligatorio —no se pueden colocar calderas nuevas pero sí arreglar las que hay y que sigan funcionando—, la sala de máquinas tiene que estar registrada en el Servicio Territorial de Industria. Y ahí está la cuestión. Sólo cinco comunidades de vecinos tuvieron en su día la previsión de conservar una copia del registro de Industria, de antes del incendio. Son las que se van a salvar. Las demás no tienen papeles.

Con las calderas se extinguen palabras y se pierden los nombres de las cosas: guaje, galleta, galga, granza, grancilla... Las recita de memoria Manuel Lamelas Viloria que, entre otras cosas, fue empresario minero. «Los almacenistas sí que ganaban dinero. Mucho. El menudeo era buen negocio», resume.

«Esa [la de los carboneros] era la mina más productiva», dice con sorna Viloria.

También se van viejos oficios. El de fogonero, por ejemplo.

Carboneras con sus palas de trabajo en el valle de Sabero. MUSEO DE LA SIDERURGIA Y LA MINERÍA

Sustituye a otro que también ha desaparecido, el de portero. Vivían en una casa más pequeña, en el patio o en las azoteas, apartados de los vecinos, marcando distancias en el ser y tener, y entre sus obligaciones estaba, entre otras, atizar la caldera. Ahora lo hacen empresas.

Rodrigo González tiene en nómina a quince fogoneros. Van mañana y tarde a limpiar, encender y mantener las calderas de cien comunidades de vecinos que aún se calientan con carbón. Casi todas en el centro de la ciudad. Casas acomodadas que han ido aplazando el cambio y sorteando los imperativos legales.

Antes de que den las 8 de la mañana, los empleados de Combustibles Garbosa ya están pala en mano recargando calderas. Un horario estricto para garantizar que el desayuno se hace en caliente. Antes de que venza la tarde vuelven otra vez, para que las noches de interior sean templadas.

Las últimas cartas de la Junta a las comunidades de vecinos han hecho algo de mella. Rodrigo González tiene ya aviso de que quince de sus clientes han sustituido las calderas y otros quince lo harán este verano.

Él, como el resto de los carboneros, se ha reconvertido y hace tiempo ya que inició la transición energética hacia otros combustibles.

Nunca fue fácil la vida del carbón. Paz Martínez Cota y su hermana eran carboneras. En Sabero. Recogiendo el mineral de los trenes de la Hullera. Trescientos kilos de carbón al mes. 800 pesetas ganaba. Si había suerte, 900.

Paz narró su vida, antes de fallecer, en un documento histórico que custodia el Museo de la Siderurgia y la Minería de Castilla y León, el Museo de Sabero. Tenía entonces 81 años y una memoria vívida de una vida de penurias y esfuerzo.

«Mi hermana tenía 10 años más que yo y, bueno, yo tiraba por el cajón más que ella, pero nos sacábamos 60 vales y a veces 60 y pico al día. Cuando acabábamos, tenías el carbón tuyo a la puerta y había que subirlo a la buhardilla. Qué remedio quedaba».

Casi 80 años después, Noel Josepín y Roberto Rodríguez comparten esa expresión.

Un fogonero alimenta una caldera de carbón en una comunidad de vecinos en la calle Joaquín Costa, en pleno centro de León. FERNANDO OTERO PERANDONES

Paz y su hermana tuvieron suerte, pues en la bocamina había otras mujeres que iban a barrer y recoger el carbón para llevar a casa porque no tenían vales. Habían quedado viudas. Doble desgracia. «Ellas iban al amparo de los hijos, los hijos se habían casado y ellas quedaban sin carbón, y el carbón que había caído por ahí lo barrían ellas para su cocina», relata Paz Martínez Costa en ese documento visual que es memoria de la minería.

José Lorenzo tiene en Josepín a su carbonero de confianza, como uno tiene médico de cabecera o tasquero o peluquera a quienes hacer alguna que otra confidencia. Lo sabe bien, pues es propietario de un hotel en Carballino. No importa que le separe de la carbonería de Fabero 183,9 kilómetros y dos horas y pico por la N-120. Su abuelo ya le compraba carbón a los Josepines y él lo sigue haciendo.

En el Hotel Lorenzo, la cocina de carbón no se apaga ni de noche ni de día. Y sobre la plancha cocina la hija de José, Carmen Lorenzo, guisos, potajes, caldos, estofados y carnes y pescados a la plancha. En ocasiones deja que el potaje se haga durante toda la noche, apartado en el extremo en el que la cocina calienta pero no quema. Uno puede imaginar el suave borboteo y hasta el aroma.

Roberto Rodríguez Morillas carga carbón en una cesta en su almacén en el Alto del Portillo, en León. Es uno de los últimos carboneros. MARCIANO PÉREZ

Las últimas paladas del día permiten a esta familia de hosteleros de Carballino mantener la calefacción y el agua caliente para sus clientes. Temen el día en que se acabe. «Los clientes vienen aquí por esto», dice Carmen Lorenzo. «A veces avanzamos y otras tantas retrocedemos. Ya sabes cómo es la política. En ocasiones en el camino perdemos mucho...».

Quedan aún señales de ese viejo mundo que lucha por no desaparecer. En las trampillas de algunas calles, por ejemplo, por donde se volcaba el carbón para dar fuego a las calderas de la comunidad. Huellas de un pasado que en breve casi nadie recordará.

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