lunes. 27.06.2022
                      Ángela Bernardo Álvarez, en los soportales del Ayuntamiento de Ponferrada, la ciudad donde arranca su libro. L. DE LA MATA
Ángela Bernardo Álvarez, en los soportales del Ayuntamiento de Ponferrada, la ciudad donde arranca su libro. L. DE LA MATA

Es leonesa por nacimiento y ascendencia familiar y berciana porque se crió en Ponferrada desde los dos años de edad. Ángela Bernardo Álvarez (León. 1988) descubrió en su infancia que por encima de la capital berciana hay un pantano. Le inquietaba que se rompiera la presa. Se licenció en Biotecnología y luego encaminó sus pasos por el periodismo científico. Es redactora en sanidad y políticas públicas en Civio y acaba de publicar su primer libro, Acoso. #MeToo en la ciencia española. Bernardo repasa con exhaustividad y fundamentos legales desde la misoginia e invisibilidad de la mujer en la ciencia, a situaciones reales de acoso sexual y discriminación por razón de sexo, las consecuencias individuales y sociales que acarrea y las formas para prevenirlo. Mientras lo preparaba se enteró, por un artículo de Carlos Fidalgo en este periódico, de que hay unas alarmas que avisarían a Ponferrada en caso de emergencia en el pantano. Y le sirvieron como metáfora en el arranque del libro, con el caso del exalcalde Ismael Älvarez como paradigma del acoso sexual más allá de la ciencia.

—Su libro hace luz sobre un secreto a voces en la ciencia. ¿Hay un #MeToo real en este ámbito?

—El movimiento #MeToo ha ayudado a que se visibilicen situaciones que antes pasaban inadvertidas o eran toleradas, y a que se tome conciencia sobre la importancia de prevenir, identificar y sancionar estos problemas. En ciencia, existe todavía discriminación hacia las mujeres y, al igual que en otros ámbitos de la sociedad, todavía se toleran conductas sexistas, que pasan desapercibidas o a las que se les resta importancia. En los últimos años ha habido un goteo lento de casos de acoso sexual en diferentes universidades. Sin embargo, pese a que haya habido avances en igualdad y que cada vez exista una mayor conciencia social, creo que todavía no estamos en una situación óptima ni deseable.

—¿La reaparición del caso Ismael Álvarez con el documental Nevenka, tuvo que ver con la génesis de su libro?

—No exactamente. El libro surge por parte de la editorial, Next Door Publishers, que ha lanzado diversos títulos de divulgación científica, en los que personas expertas hablan de su campo de trabajo de manera clara y sencilla para público general. En la primavera de 2019, Laura Morrón, la directora de la editorial y editora del libro, me propuso realizar un trabajo periodístico sobre el #MeToo en el ámbito de la ciencia. No soy experta en temas de género o en los problemas de acoso. Por eso, desde el principio quisimos que fuera un trabajo periodístico hablando con fuentes expertas, consultando informes oficiales, estudios científicos y sentencias judiciales que hubieran sido relevantes. Y, aunque el libro está centrado en los problemas de acoso sexual y acoso por razón de sexo en las universidades y en los organismos públicos de investigación de España, me parecía importante dar contexto sobre qué es el acoso, qué conductas encajan dentro de las situaciones de acoso y cómo se regula. Uno de los capítulos habla del caso Nevenka para explicar qué se entiende legalmente por acoso sexual. Pero, además, este caso muestra las consecuencias sociales del acoso: muchas veces, el foco recae en la víctima y, en ocasiones, las personas que sufren estas conductas se ven obligadas a dejar el lugar donde viven o donde trabajan. Es algo que, por desgracia, también puede suceder en ciencia.

—¿Cómo le marcó este caso?

—Cuando Nevenka Fernández denunció los hechos, yo era muy pequeña, tenía doce años. No era consciente de qué significaba aquello ni de la repercusión real que tuvo. Luego sí que he podido saber más de lo que ocurrió, por la hemeroteca, el libro que escribió Juan José Millás o, más recientemente, con el documental realizado por Newtral que se emitió en Netflix. Para la realización del libro, una de las fuentes expertas que entrevisté fue Adolfo Barreda, su abogado, para que me explicara qué barreras tienen las víctimas a la hora de denunciar y me diera contexto sobre el caso. Personalmente creo que aquellos hechos marcaron un antes y un después a nivel social, no solo en Ponferrada. Me parece que fue una persona muy valiente denunciando lo que le había sucedido, en una época donde no había tanta concienciación como ahora. Echando la vista atrás, creo que, por fortuna, ha habido muchos avances en materia de igualdad, aunque aún quede todavía mucho camino por recorrer.

—Acoso sexual y acoso por razón de sexo. ¿Hay que verlos por separado o se entrecruzan?

—Son situaciones diferentes, en las que encajan distintos comportamientos y se regulan de manera específica. El acoso sexual está tipificado como un delito en el Código Penal, mientras que el acoso por razón de sexo se establece a través de la Ley de igualdad, no se trata de un delito. Los comportamientos que encajan en un tipo u otro de acoso son diferentes. Por ejemplo, dentro del acoso sexual pueden encajar conductas como la atención sexual no deseada (contactos físicos innecesarios, que no se producen de manera accidental, realización de gestos o movimientos obscenos, etc.) o los chantajes sexuales (amenazar o coaccionar a alguien para mantener relaciones o realizar invitaciones reiteradas a cambio de algo). En el acoso por razón de sexo, existen comportamientos variados, como los mensajes despectivos y peyorativos, las expresiones de carácter sexista o el trato desfavorable o la ridiculización solo por el sexo de la víctima o por cuestiones relacionadas con el embarazo, la maternidad o la paternidad, los cuidados familiares, etc. Hoy en día la concienciación social sobre el acoso sexual es mayor, se tolera menos. En cambio, el acoso por razón de sexo, por desgracia, sigue estando muy normalizado, de forma que se tolera más. En el iceberg imaginario sobre la violencia sexual, en la parte visible, donde hay más conciencia social, nos encontraríamos el acoso sexual, mientras que, debajo del agua, es decir, de forma imperceptible, estaría el acoso por razón de sexo, que es más habitual, pero todavía es más tolerado. Eso sí, ambas conductas producen un entorno intimidatorio y atentan contra la dignidad de las víctimas.

—¿Ha vivido de forma directa o en personas muy cercanas estas situaciones de acoso?

—Yo no he vivido de forma directa situaciones de acoso en mi etapa universitaria, pero sí he conocido casos cercanos de terceras personas. Mientras escribía el libro o ya tras su publicación, me han comentado diversas personas lo que les había pasado. Aunque no hay muchísimos acosadores, lo cierto es que sí ha habido una losa de silencio e impunidad sobre este tema, lo que hace que, muchas veces, una persona que acosa ocasione varias víctimas. Y, todavía hoy cuesta hablar de ello, aunque el movimiento #MeToo haya sido un punto de inflexión.

—¿Hay espacios para escuchar y atender a las víctimas en las universidades y la academia?

—La ley de igualdad de 2007 obliga a que los organismos públicos tengan protocolos específicos contra el acoso sexual y el acoso por razón de sexo. Sin embargo, no siempre ocurre: hay organismos públicos de investigación, como el Instituto de Salud Carlos III, que no disponen de un protocolo propio. La mayoría de las universidades públicas, en cambio, sí disponen de estas herramientas. Sin embargo, los estudios plantean que pueden ser mejorables a la hora de garantizar la confidencialidad, la presunción de inocencia o de proteger a todas las potenciales víctimas (por ejemplo, en algunos casos están muy centrados en salud laboral, olvidando que el alumnado también puede sufrir estas conductas). También hay muchas unidades de igualdad de género, pero muchas veces se desconoce su trabajo o no tienen suficientes recursos. Es necesario potenciar los llamados espacios seguros, donde las personas puedan hablar de lo que les ha ocurrido y quienes les atienden puedan ayudarles a que sufran lo menos posible (por ejemplo, cambiando su itinerario académico en el caso de que la persona a la que denuncian sea un profesor que les da clase). Y también, si hay indicios, se debe abrir la puerta a que se investigue lo sucedido. Falta todavía mucho por hacer.

—Dedica un apartado a ilustrar que el acoso perjudica a la ciencia. ¿Hay conciencia o se minusvalora el perjuicio colectivo de este tipo de violencia?

—En España no existe esa conciencia todavía. En otros países, como Estados Unidos, se plantea que los problemas de acoso no solo dañan a las víctimas, sino que también perjudican al conjunto de la comunidad investigadora. Se dice que se produce un perjuicio a la integridad científica: por ejemplo, porque la persona afectada abandone la ciencia o se vea mermado su trabajo en investigación por lo que ha padecido. En nuestro país, sin embargo, los problemas de integridad científica se relacionan más con el plagio, la fabricación o la manipulación de datos, etc. Creo que sería un buen paso para que el conjunto de la comunidad investigadora y académica tomara conciencia sobre estos problemas señalando que causan un daño enorme a las víctimas, pero también al conjunto de la ciencia. Sería una forma de concienciar, visibilizar y dar un paso al frente contra estos problemas. Porque no olvidemos que actuar contra el acoso es una responsabilidad moral, pero también una obligación legal.

—Los planes de igualdad en los institutos y universidades, ¿están siendo eficaces?

—Como decía antes, es importante contar con protocolos contra el acoso sexual y por razón de sexo, pero no siempre son suficientemente efectivos. Además, en otros países también se trabaja en lo que se llaman intervenciones sobre potenciales testigos (bystander interventions), para concienciar y formar sobre cómo actuar si una persona conoce una situación de acoso. Creo que puede ayudar a prevenir, identificar y actuar contra estos graves problemas.

—¿Es suficiente con trabajar este asunto dentro de la institución académica?

—No se debe limitar solo a la institución académica, creo que es importante la colaboración entre las diferentes unidades de igualdad, que exista una mayor formación en estos problemas para mejorar los mecanismos de prevención y detección precoz. También es importante que exista mayor transparencia y rendición de cuentas sobre los casos que aparecen y las medidas que se ponen en marcha al respecto. El Ministerio de Ciencia cuenta con un buzón electrónico para denunciar casos, pero otro punto interesante sería contar con un teléfono de atención para que las personas afectadas pudieran pedir ayuda o información sobre qué hacer o cómo actuar ante una situación que estén viviendo. No siempre se identifica bien qué conducta encaja dentro del acoso y esto dificulta que las víctimas y su entorno puedan ser conscientes de lo que está ocurriendo y de pedir ayuda.

—Hay una deuda histórica con las científicas, invisibilizadas y a veces maltratadas ¿Cómo se puede saldar en España?

—Trabajar a favor de la igualdad en el ámbito de la ciencia, visibilizar los problemas que padecen muchas investigadoras (no solo las situaciones de acoso) es el camino a seguir. Hemos avanzado, pero queda mucho camino por andar. No estamos en una situación óptima ni deseable.

—¿Qué casos le han impactado más de los que repasa en el libro?

—No podría elegir uno en concreto. Todos los casos muestran el dolor que sufren las víctimas cuando padecen un problema de acoso. Pero también hay otras sensaciones que, muchas veces, dificultan que puedan hablar sobre ello, como la vergüenza o la culpabilidad. En todos los casos, de una forma u otra, el acoso ha provocado un fuerte impacto en las víctimas: quienes las acosaban eran personas de su entorno; además, el acoso se ha ido produciendo de forma gradual y, sobre todo, ha terminado causándoles una humillación y un hostigamiento muy grandes. Conocer su experiencia en primera persona o el relato que me cuentan los profesionales de la abogacía con los que he podido hablar ha sido duro. Pero también me ha enseñado claramente que las personas pueden recuperarse, superar lo ocurrido y convertirse en supervivientes. Su testimonio es muy valioso y creo que puede ayudar a otras personas a no pasar por lo mismo, por ejemplo, sabiendo qué comportamientos pueden padecer o qué consecuencias puede haber.Les agradezco mucho la ayuda.

—¿Seguimos sin reconocer las señales de alarma ante las conductas de acoso y misoginia que lastran carreras científicas?

—Sin duda. Por ejemplo, el CSIC realizó una encuesta entre más de 6.000 personas y, cuando les preguntaban si habían sufrido acoso sexual, solo el 1,9% respondía que sí. Sin embargo, cuando les preguntaban si habían padecido conductas concretas, relacionadas con el acoso sexual, cerca del 10% afirmaba que sí. Esto muestra que, pese a que en los últimos años hemos escuchado hablar mucho de acoso, no sabemos identificar bien qué comportamientos encajan dentro del acoso sexual. Hay mucha menos concienciación social acerca del acoso por razón de sexo, por lo que, por desgracia, son conductas que son más toleradas y están más normalizadas.

«El acoso en la ciencia daña a las víctimas y a la integridad científica»
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