jueves. 08.12.2022

Joaquín Alonso Martín lleva 77 años tirando del badajo. Con siete años, siendo monaguillo en su pueblo natal, Villarrín de Campos, en la provincia de Zamora, se inició en un oficio del que no se ha jubilado ni espera hacerlo mientras viva. A sus 84 años acude cada dos domingos se sube al campanario de Veguellina de Órbigo para cumplir el ritual.

En esta localidad en la que fue cartero durante varias décadas disfrutan de la rareza de que las campanas no suenen por obra y gracia de un mecanismo eléctrico, ni una grabación. Las campanas siguen vivas y el badajo animado por las manos de este hombre que convirtió su afición en escuela.

Fue en 1986, en el vecino pueblo de Villavante donde se había establecido en 1963, cuando fundó la primera escuela de campaneros. Aún conserva las autorizaciones firmadas por las madres de algunos alumnos aventajados, como es el caso de Jorge Juan Fernández, que fue uno de sus pupilos en el año 1997.

Para entrenar a los jóvenes en el toque de manual de campanas utilizaba unas latas en las que introducía unas pequeñas piedras para simular los diferentes ritmos. A continuación pasó a utilizar las campanas para la transmisión de la sabiduría que había adquirido de niño y perfeccionado con el paso de los años y la devoción por el oficio que antiguamente se encomendaba a los sacristanes.

Joaquín Alonso difundió los secretos de las campanas de forma altruista y lo hubiera seguido haciendo, según comenta, aunque ya hace años que no toca en Villavante muy a su pesar. «No quiero que se pierdan los repiques ancestrales, ya que antes los habitantes de los pueblos conocían por el sonido que emitían las campanas, y los ritmos que se escuchaban, si tocaban por la alborada, concejo, fiesta o nube; en cambio ahora se está perdiendo esta tradición por falta de personas que enseñen los sonidos y ritmos de las campanas», explicaba el campanero a un periodista de Diario de León en agosto de 1998. Llegó a tener hasta 22 alumnos y alumnas.

Joaquín Alonso se tiene merecido, por nacimiento en Zamora y adopción en León, ser el campanero mayor del reino leonés. Y es un férreo defensor de la singularidad de este patrimonio inmaterial en las tierras leonesas y zamoranas: «La riqueza que hay de toques de campanas en Castilla y León, sobre todo en León y en Zamora no lo hay en toda España», apostilla. «En Valencia tienen el volteo», comenta. Y un aprecio popular que echa en falta por estas tierras. aunque destaca el vigor de la Escuela Itinerante de Campaneros de Zamora que difunde la labor y expande el amor por el badajo en las escuelas, pueblos y ciudades. La Diputación Provincial de Zamora ha sido aliada desde su nacimiento.

Entre sus toques preferidos destaca el de fiesta, uno de los más difíciles y que más aplausos recoge. En Veguellina hay gente que se asoma a la plaza los domingos solo para escucharlo. Alborada, para el amanecer; tente nube para las tormentas; rogativa para bendecir los campos y pedir agua; concejo, fiesta, vecera y fuego o rebato, angelus y oración, cada momento del año y también del día tenía su toque especial. Y, por supuesto, la muerte que distingue el toque de niño, el de hombre y el de mujer.

No irá el lunes a Madrid; dice que ya no tiene edad de andar por las carreteras tantos kilómetros en el mismo día, pero vive con entusiasmo el acontecimiento que van a compartir sus paisanos de Zamora. Y con el orgullo de ser del pueblo con más arraigo en exhibición y repiques de campanas. Allí donde este hombre de tradición tiene nombre de rockero, «el Bruce Springteen de las campanas».

Joaquín Alonso. Campanero mayor del reino leonés
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