sábado 27/2/21
LA GAVETA

José Antonio Carro Celada

VIVÍA EN EL COLEGIO de San Ignacio de Ponferrada en los tiempos difíciles, como un príncipe de la cultura. Y ajeno a todo artificio, laborioso y bueno, fumador y amigo. Muchas veces yo iba a verlo, siempre me abría un camino. Y eso que él entonces era muy joven, apenas treinta años. José Antonio Carro Celada me recibía, como a todos, rodeado de libros, en su paraíso de música y paz. A mí él ya me había cautivado cuando yo tenía trece años y él justo el doble. En unas clases libres que el colegio organizó en el verano de 1966. Un mes de agosto en el que José Antonio Carro nos habló de Proust, de Kafka, de Joyce... Y de los escritores de León. Porque José Antonio siempre supo conjugar los dos horizontes: el universal, y el que nace muy cerca, en el pequeño reino de la tierra leonesa. Un reino que también termina siendo universal cuando el talento y la ironía lo edifican. Mucho tengo hablado con José Antonio Carro en aquellos tiempos oscuros, que se volvían luminosos en su despacho que también tapizaban los discos. Allí descubrí yo a Bach, a Schubert, a Beethoven, a Brahms... Allí hablábamos de Neruda y de Juan Ramón Jiménez. Y de Luis Cernuda, su lírico predilecto. Mientras, al otro lado del cristal, bullía una ciudad de metales y barros, alborotada por el carbón y la lluvia; por empresarios primitivos y por traficantes de solares. Junto a aquel cuarto estaba el de Lauro Rodríguez, gran amigo de José Antonio y el mejor amigo mío, en realidad un hermano. Lauro que me llamó el lunes desde Zamora para decirme que José Antonio había muerto. Tan joven y tan sonriente. Tan duramente puesto a prueba por la vida en 1974, cuando tuvo un accidente de circulación cerca del Órbigo, donde murieron su muy ilustre hermano Esteban Carro Celada y una sobrina adolescente. Yo estuve en aquel entierro terrible. En Astorga. Y quedé impresionado por su anciano padre. Por aquel carpintero del barrio de Rectivía que iba con toda la pena del mundo, y con toda la sobriedad también, detrás de los féretros. Como un filósofo estoico de la antigua Grecia. Pero no quiero hablar de cosas tristes ahora, aunque esté glosando una tristeza nueva. Porque José Antonio Carro sabía muy bien convertir el dolor y la melancolía en dignidad, en cariño, en cortesía. Con su estilo tímido y cordial. Quiero hablar de la luz que José Antonio Carro Celada esparció en Ponferrada y el Bierzo, en aquellos años 60 y 70. Recordar cómo pronto se convirtió en un mito accesible: el de aquel cura guapo, soñador y poeta que publicaba libros, que enamoraba a las chicas y que fascinaba a los chicos. Porque José Antonio era la mejor ventana que ofrecía la ciudad para descubrir otros mundos. De imaginación y sensibilidad, de hondura y vanguardia. Seguro que por eso le elegí yo para mí debut en la letra impresa. Mi primera colaboración en un periódico, en el otoño de 1972, fue una entrevista a José Antonio Carro Celada. Luego se fue a Madrid como director de la revista «Ecclesia», y aunque le vi muy poco a partir de entonces, siempre supe de él y de primera mano. Era una costumbre preguntarle a Lauro Rodríguez por José Antonio. Ahora se jubilaba, y supongo que en sus planes estaría pasar muchas temporadas en Astorga, la ciudad que tanto quiso y escribió, y donde había nacido, hijo de maragato y de berciana. Pero ya no podremos ver a José Antonio en Astorga, esa armonía de un paisaje y de un hombre. Ahora lo que nos queda es la pasión por la verdad de José Antonio Carro Celada, su ejemplo de curiosidad y transparencia. Ese ejemplo está vivo, vivísimo, y quienes le conocimos sabemos que podemos ir ahí, a ese lugar misterioso donde perdura su memoria, y regresar siendo mejores.

José Antonio Carro Celada
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