miércoles. 01.02.2023
DESDE MI MÁS tierna infancia, y ya va para largo, me he visto envuelto en lo que daban en llamar los sociólogos, «dinámica de la tierra» o sea labriegos o labrantines. Y como daba la feliz casualidad que había dado en caer en los espacios rurales de la ciudad de entonces, no tuve más remedio que entrar en el juego de la labranza, del respigueo y de los hurtos de hierba para los conejos. Por añadidura, mi madre que era una hazañosa mayorazga, para cubrir el tiempo libre de mis vacaciones, me compraba un corderillo y me encomendaba la tarea de cuidarle, hasta que se convertía en un carnero con poderosos cuernos, capaz de obtener un precio razonable en el mercado. Para completar esta función de pastoreo, en la época del respigueo nos colocábamos detrás de los labradores de buen aire, que diría Miguel Hernández, y recogíamos la mies sobrantes con la cual manteníamos la banda de gallinas que nos daban huevos para el mercado de los sábados en la plaza Mayor. Y por las vísperas, el Tomasón nos contrataba por lo cómodo para el cuidado de las vacas en los Arrotos, al otro lado del río. O sea, que muy bien podía considerárseme como un labrador del mejor aire. Y cuando en estas reflexiones me encontraba, recojo del periódico nuestro de cada día no una noticia, sino un comentario que nos sorprendió. Procedía de Don José Puxeu, secretario de Estado de Agricultura y por tanto con méritos y conocimientos superiores para permitirse opinar sobre temas del campo, de la tierra y del trigo, si venía a cuento. Y entre las opiniones que vinieron a intensificar mi asombro, aparecía la siguiente: «Algunas asociaciones de agricultores deberían llorar menos y trabajar más». Releí varias veces la frase, no fuera que incurriera yo en un pecado de ligereza pero pude confirmar que efectivamente el señor secretario de Estado de Agricultura está convencido de que el labrador llora mucho y trabaja poco. Y esto sí que es alarmante. Porque si el labrador español no trabaja, empleando sólo su precioso tiempo en llorar, en lugar de producir el trigo y las lentejas y las patatas y los garbanzos, que son el manjar tradicional del cual se han mantenido todos los españoles desde Asdrúbal hasta el presente, entonces si esto es así de cierto, a los españoles nos amenaza una catástrofe alimenticia, dado que tendremos que solicitar el trigo a Ucrania, el café al Brasil y las alubias a Chile, en lugar de estimular el trabajo del labrador para que produzca tanto como el pueblo fiel necesita, con lo cual el déficit alcanzaría niveles de tragedia. Y como da la circunstancia de que como yo no creo que el traballador da terra que dicen los gallegos, que son los que dicen mejor las cosas que duelen, dedique su tiempo al lagrimeo, en vez de emplear sus sabidurías y sus herramientas en la producción de trigo, si esto se comprueba y que no es una argucia de los manipuladores del precio de las cosas nos veremos impulsados a ofrecer a estos y otros secretarios de Estado, que en lugar de acusar a los labradores de llorones y vagos se encarguen ellos, los principales, de cubrir la cosecha en lugar de tener que utilizar inmigrantes rumanos o tanzanios, por un jornalillo de hambre. ¡Qué eso sí que es para llorar!

Traballadores da terra
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