jueves. 01.12.2022
Cuarenta y cinco años con las ovejas

El trashumante extremeño que ama los puertos de León

El extremeño Francisco Morgado Galet cumple 45 años en la trashumancia con las ovejas merinas. Los últimos cinco los ha pasado en los puertos de Vioba y Las Pintas de Lois y Salamón, en Crémenes.
"El trabajo más grande del pastor es la soledad"

«Están bonitos mis ovejas», dice Francisco Morgado orgulloso de su rebaño de 1.300 merinas que campan por el puerto de Vioba, a 1.800 metros de altura, como Pedro por su casa. El hierro de FJ —de Francisco y Juana, su esposa— se mueve a casi dos mil metros de altitud con los Mampodres al norte y el Espigüete coronando la vertiente más oriental, en una zona donde el único pero importante peligro es el lobo. Las ovejas conocen el terreno y saben donde encontrar el agua y los mastines están alerta para darse el aviso si huelen al lobo. «A las cinco de la madrugada no falla, se oye al lobo todos los días, pero tengo buenos perros», asegura el ganadero.

Francisco Morgado conoce mejor los puertos de la montaña oriental que la mayoría de los leoneses. Desde Isoba hasta Brañosera, en la provincia de Palencia, domina las alturas en las que sus merinas han pastado de junio a octubre desde 1992. «Guardé muchas ovejas trashumantes de León en Extremadura, conocía a muchos pastores y tenía ganas de venir», señala. Cuando en 1992 consiguió tener su propio rebaño empezó a subir a los puertos de la montaña leonesa y palentina y desde entonces no ha dejado de hacer la trashumancia.

Este año cumplió el sueño de subir andando gracias al apoyo del grupo operativo Ovinnova y la Fundación Monte Mediterráneo. Y le gustaría bajar también a pie: «Voy a proponer que en vez de 1.300, sean 2.000 ovejas». El reto solo es posible con apoyo suficiente para el camino. El viaje de subida fueron 34 jornadas desde el 15 de mayo, cuando salieron de las majadas de Torremocha en la provincia de Cáceres. «La única manera de recuperar las cañadas es subir un rebaño tras otro cada verano», sentencia.

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FOTO: GAITERO

Los puertos de Las Pintas, en Salamón, y Vioba, en Lois, son la residencia de verano de su rebaño en los últimos cinco años. Una cooperativa ganadera de Extremadura los había alquilado, pero no tenía pastores que quisieran subir. En este tiempo los pastos se han regenerado con el diente y el abono de las ovejas, que dejan dos kilos diarios por animal y suman dos toneladas por día. «El puerto mejora con el abono y las ovejas mueven las semillas. Puede estar repartiendo semillas tres o cuatro días, en las heces y hasta en la lana. Es el animal más completo», apostilla el pastor elogiando los valores ambientales y ecológicos tan olvidados como denostados están los rebaños y el oficio del pastor, para el que apenas se encuentra mano de obra. «Es un oficio atado y mal pagado», sentencia.

Paco Morgado empezó en la trashumancia con 14 años bien andados. En 1975 subió por primera vez con los rebaños que iban desde Extremadura hasta Ávila. «Llevábamos burros para la carga y los caballos para la sal», relata. Empezó de zagal y a los 18 ya era rabadán, se quedó al cargo del rebaño. Le tiraba tanto el oficio que cuando salió de la mili lo primero que hizo fue ir al puerto a bajar con el rebaño. Era octubre.

Tiene razones para pensar que «yo estaba destinado para esto. En 1981 estuve en la Academia de Policía y lo único que hacía era dibujar cabras y ovejas». Es más, le tienta la idea de animar a su hijo Pedro a que siga con el rebaño. «Nunca quise que siguiera mis pasos, pero ahora veo que puede tener futuro», confiesa.

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FOTO:GAITERO

Con 45 años largos de oficio a las espaldas, sin faltar un verano al trasiego con las ovejas de las dehesas a los puertos, Paco Morgado cree que «he hecho mucho por la trashumancia, pero no veo correspondencia», lamenta. Está dolido por la promesa del consejero de Fomento y Medio Ambiente que el año pasado aseguró que invertiría lo necesario para llevar el agua al chozo de Vioba y poner la ducha, De momento tiene que servirse de la palangana y la hospitalidad de amistades de Lois que le prestan su baño. «La trashumancia hay que mejorarla en el puerto, no con fiestas en el pueblo», comenta mientras muestra el manantial del que tienen que sacar el agua para llevarla hasta la majada vieja de Vioba.

Al lado de la caseta nueva se encuentran los restos del viejo chozo arrumbado. Un corro de piedras que sería fácil volver a colocar y coronar con las escobas como se hizo durante siglos para dar cobijo a los pastores en los puertos. Los restos de un salegar (donde echaban la sal a las ovejas, que necesitan en la montaña) y un alar —un semicírculo de piedra— para sujetar el ganado por la noche son huellas de la vida pastoril que las instituciones deben procurar que no se pierdan.

José Antonio Fernández se estrenó como motril siendo un niño en este puerto. Cada verano vuelve a subir a visitar a Paco y a recordar a aquel «mocoso» que tuvo que asumir responsabilidades fuera de la mirada protectora de su madre y de su padre y enfrentarse a la soledad «con ingenio». Le gusta volver a la majada, que aún sigue en pie. El chozo está caído. La única cabaña pastoril rehabilitado en Lois es el del puerto Grande. Se reconstruyó siguiendo las pautas de Argimiro Rodríguez, como se ve en el vídeo del Museo de la Lana Trashumante de Salamón.

Miro es un pastor de Tejerina que se casó en Lois y pasó de trashumante a estante en Extremadura, donde ahora, aunque ya jubilado, participa en el hito de reproducir las merinas australianas, de lana más fina y larga, en España. Es un extraordinario viaje de vuelta, pues la mayor potencia de la lana merina se cimentó con ganaderías leonesas exportadas en el siglo XIX.

«¡Mira qué bonitas están mis ovejas!», repite Paco Morgado a una hora en que el calor aprieta pero no ahoga en esas alturas porque algo de fresco corre. Tiene motivos para estar orgulloso. Son ovejas de catálogo, su perfil genético está en un libro genealógico oficial por su porte y características: con la moña proporcional, sin pintas y su capa negra.

El rebaño de este pastor que pone acento extremeño a la montaña oriental tiene descendientes de las hidalgas leonesas, que son «la mejor oveja, pero un poco floja», admite. En el puerto las ovejas cogen más peso y pueden vivir de media diez años. Aunque solo darán un parto al año, la trashumancia es rentable. «Allí cuesta más y descargas la finca, cuando llegas está en mejores condiciones», explica.

El movimiento de los rebaños desde los pastos de las dehesas a los de la montaña es una costumbre ancestral que alcanzó su época dorada en la Edad Media con la creación del Real Concejo de la Mesta. Hoy, lejos de la idea folclórica que la sociedad tiene sobre esta práctica, es una actividad sostenible de la que León debería sacar lecciones y partido en tiempos de cambio climático, como dice Manuel Rodríguez Pascual. Para ello, advierte el principal divulgador de la trashumancia, «las administraciones apuesten por ello y planifiquen no a cuatro años, sino a diez». La trashumancia pone en contacto dos recursos alejados entre sí y su punto de conexión son los pastores, las ovejas y los perros.

El trashumante extremeño que ama los puertos de León
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