sábado. 28.01.2023

Me incomoda profundamente hablar de un tema tan delicado como el aborto, un tema, asunto, eso (como diría Rajoy) con tantas implicaciones éticas, tantas aristas filosóficas y argumentos de derecho natural que resulta prácticamente imposible ceñirse al espacio de una simple columna de opinión. Me molesta que se juegue con el aborto de manera infantil e hipócrita, echando mano de razonamientos elementales que apelan a las vísceras en lugar de a la sensatez y la razón. Unos se ponen la careta del saduceo (Gallardón) mientras que otros acuden a la espada para acabar con un nudo gordiano que en una argumentación vital nos llevaría a conducirnos con un principio moral.

El aborto es un dilema demasiado profundo como para tratar de resolverlo con claves fundamentalistas. Yo estoy en contra (del aborto y de esta ley). Lo digo porque creo que para iniciar una discusión hay que dejar claro cuál es la opinión de cada uno. Para dialogar, hay que ponerse cerca de las nociones morales que compartimos. De lo contrario, estamos ante un debate de sordos, que es lo que siempre ocurre en España.

Se debe actuar según las bases de un comportamiento correcto, y aquí no hay justos, sólo miembros de una gran guardería. La vida es sagrada, sí, pero ¿de qué estamos hablando en realidad? ¿Es justo obligar a una madre a dar a luz un niño que vendrá a sufrir? ¿Resulta ético condenar a una familia a una vida de dolor? ¿Quién va a ayudarles una vez haya nacido el niño? Supongo que lo hará el ministro, que indulta a ‘kamikazes’ homicidas, o Ana Mato, tan acostumbrada al lujo que no ve cómo los ‘jaguar’ van acumulándose en su garaje,o las asociaciones que claman por el aborto cero, impermeables a la realidad que les rodea, asépticas a la pobreza y a la brutalidad que para muchos supone la vida…

Y luego están los otros, los que trivializan con la vida hasta convertirla en un simple órgano superfluo, en un pequeño tumor que puede ser eliminado quirúrgicamente sin más, sin dilemas morales, sin reflexión, sin responsabilidad. Todos ellos nos han llevado a este lugar infame en el que sólo unas cuantas voces parecen acudir a la cordura para resolver un dilema vital. Cada vez que una mujer aborta, toda la sociedad fracasa, pero este es un lugar inhóspito, enfermo, en el que se convive a diario con la miseria y la explotación de niños sin que nadie levante la voz. Y es que para ver el sufrimiento hay que conocerlo y los políticos prefieren no mancharse las manos ni la conciencia viajando a la realidad. Es mejor dictar leyes injustas.

Aborto ¿cero?
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