martes 24/5/22

Leía hace unos días, en este mismo espacio, un artículo titulado Barbarie y Libertad firmado por D. Jesús Epalza. Se trata de un artículo valiente, profundo y acertado en su análisis sobre la destrucción de la libertad, más que de la destrucción de Ucrania. Occidente ha derivado en la actualidad hacia una escala de valores donde el dinero, la comodidad y un hedonismo desaforado ocupan los primeros puestos, y donde la «libertad, la igualdad y la fraternidad» están pasando a mejor vida. Queda claro que el ser humano es profundamente egoísta y acomodaticio; y es, en el fondo, bastante cobarde. Y no solamente es cobarde sino, también, en el asunto de Ucrania, torpe al creer que el mal se arregla poniendo paños calientes.

La Historia, esa gran maestra y notario de la vida, nos demuestra cómo la andadura del ser humano está salpicada de muchos actos de valentía, pero también de cobardía, de traiciones, de abusos «humanos» (esclavitud, violaciones, despojamientos, genocidios, etc.), frutos, todos ellos, de la llamada cultura. En contrapartida, esa misma cultura ha generado el Arte en todas sus expresiones y ha declarado, enfáticamente y en principio, una retahíla de «derechos humanos» de obligado cumplimiento; es decir, en teoría, que luego en la práctica es otra cosa. Ha buscado, a través de nobles intenciones, mitos, dogmas, misterios, etc. fórmulas de entendimiento, de amor al prójimo, de trascendencia, pero con una gran diferencia de acierto, una vez más, entre la teoría y la práctica, es decir entre el deseo y la realidad. No tiene nada de extraño que, ante ese balance entre lo que se dice y lo que se hace («por sus actos los conoceréis»), la idea y el temor de un apocalipsis más o menos cercano nos tenga encogida el alma; vamos, debatiéndonos entre la impotencia y la cobardía.

Pero, ¿a quién se le ocurre, pequeño David, enfrentarte al gigante Goliat? Por mucha moral que tengas y confíes en la piedra de tu honda certera, no dejas de ser un temerario, con un previsible y cruel resultado final, le advierten algunos que se definen como sensatos y realistas. Y el pequeño David les responde que prefiere morir de pie que vivir de rodillas. Y la piedra del pequeño David ha dado, de momento, en el blanco, en la frente de Occidente pretendiendo que reaccione, que le escuche, que entienda el mensaje, que en ello va su supervivencia, la de sus valores, la del vivir libre y de pie.

Occidente ha escuchado el mensaje, tal ha sido la contundencia y el ejemplo del mensajero que no cabía otra opción, y ha reaccionado enarbolando uno de los grandes valores que le han construido y definido, el amor al prójimo. Sin embargo, la respuesta dista mucho de alcanzar el objetivo del pequeño David que sigue blandiendo su honda dando ejemplo de coraje, de valentía. Quiero ser europeo, estar en vuestro seno. Espera, ahora no, es pronto, ponte a la cola, le responden. Comprende que si hacemos eso nos pones en un brete, que es complicado e incluso peligroso, que se puede armar gorda, que ya conoces al matón. Y Occidente se muestra dolorido, compungido ante el abuso del matón que golpea inmisericorde y pretende despedazar la esperanza del pequeño; pero no se atreve a intervenir, salvo indirectamente. Tú defiéndete, lucha, arriésgate a morir, te proporcionaremos armas y munición, pero, compréndelo, nosotros no podemos intervenir. Es lo que se denomina la diplomacia, la de estamos contigo, no lo dudes, que ya te ayudaremos a reconstruir tu país cuando el matón lo haya dejado para el desguace. ¿Cobardía? ¿Impotencia? ¿Prudencia y sensatez? Seguramente un poco de todo, pero se me antoja que tanto cálculo, tantas premisas, tanta necesidad de asegurarse de no cometer errores, esconde una buena dosis de cobardía disfrazada y de egoísmo subterráneo; no vaya a ser que nuestro estado de bienestar se resienta.

Ignoro si la Historia contará con un nuevo episodio del pequeño judío David derribando al gigante filisteo Goliat o si, por el contrario, Numancia volverá a la actualidad más dolorosa. Lo que no me cabe la menor duda es que si esto último ocurre, Occidente habrá pasado por estar «acojonado» ante las amenazas del matón de turno y haber demostrado preferir vivir cobardemente de rodillas mejor que defenderse con valentía para tratar de vivir de pie. Ojalá que Occidente supere su propia etimología latina (occidere, «caer al suelo») y enarbole sin complejos y con valentía los principios y valores que le hicieron grande y poderoso.

¿Cobardía, valentía, impotencia?
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