miércoles. 01.02.2023

Para valorar debidamente el inquietante recorrido de la crisis griega, que ahora se encamina hacia unas inminentes elecciones generales que según las encuestas podrían dar la victoria a Syriza, la organización radical semejante a Podemos, es necesario recordar que la mayor responsabilidad en la desastrosa situación del país corresponde a los propios griegos, que labraron su particular infortunio: en 2009, cuando el socialista Yorgos Papandreu llegó al gobierno con mayoría absoluta, tuvo que reconocer que en las dos legislaturas anteriores, ambas gestionadas por el conservador Karamanlís, se falsearon estrepitosamente las cuentas públicas.

Naturalmente, el insoportable endeudamiento, unido a la pérdida de credibilidad del país en los mercados financieros internacionales, explica la necesidad de los rescates otorgados por la troika —Unión Europea, Banco Central Europeo, Fondo Monetario Internacional—, a cambio de drásticos recortes aplicados por los sucesivos gobiernos, que han terminado de laminar el exiguo crédito de la clase política griega. El Gobierno ahora dimisionario, encabezado por Antonis Samarás, líder de la conservadora Nueva Democracia, había sido elegido en las elecciones del 17 de junio de 2012, después de la imposibilidad de formar gobierno tras otras elecciones en mayo, y contaba con el apoyo del socialista Pasok y de Izquierda Democrática, formaciones que sin embargo no se integraron en el gabinete

La irritación de los griegos se ha nutrido, además de la desafección social provocada por el engaño de sus propios políticos, de la gravedad de las medidas que, por su profundidad e intensidad, han degradado hasta extremos intolerables la situación social del país. El sistema de protección social que ha quedado tras los ajustes no es capaz de sostener a jubilados, parados y dependientes, y la ciudadanía ha perdido los resortes que proporcionaban la cohesión que hacía habitable el país. Hoy, el futuro se le plantea muy difícil a la sociedad helena: compiten entre sí los partidarios de culminar el gran ajuste, del que ya empieza a salir el país —el 10 de abril, Grecia logró colocar en los mercados internacionales los primeros 3.000 millones de euros de deuda a un interés razonable del 4,95% a cinco años—, y quienes se rebelan contra el statu quo, exigen una reestructuración de la deuda —que supondría el impago de una parte— y abogan por la reconstrucción del estado de bienestar como principal urgencia para aliviar el sufrimiento de los griegos

El dilema no puede reducirse a una comedia de buenos y malos. Ninguna de las opciones es razonable completamente. Ambas opciones son respetables, y los europeos, que no hemos estado tampoco a la altura del problema, tendremos que aceptar la decisión de este pueblo antiguo que tiene el legítimo derecho a labrar su propio destino .

Culminación de un fracaso
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